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QUÉ ES EL EXILIO?

¿QUÉ ES EL ?
2008-07-05.
Rev. Martín N. Añorga

Para algunos, un traslado, un cambio de dirección. Una aventura
secretamente deseada que de pronto se hizo realidad Para muchos una
deplorable travesía hacia lo incierto.

Para los que eran afortunados, tenían propiedades bien adquiridas y
disfrutaron de las comodidades propias de un intenso trabajo, el exilio
fue la pobreza impuesta arbitrariamente, el cambio de los palacios por
el estrecho cuartucho de un hotel sin estrellas. Pero fue también la
exaltación del decoro, el despliegue de la más arriesgada expresión de
la valentía y la máxima manifestación del patriotismo.

Para otros, un ascenso, un salto a mejor economía y a vivir sin mayores
problemas.

Habrá quienes crean que el exilio es una bendición: viajamos, tenemos
casas más holgadas, manejamos automóviles, y hasta buenas cuentas en el
banco. Son los que han anestesiado su dolor por Cuba, inyectados por la
ambición desmedida por el dólar.

Hay los que asocian el exilio con la amnesia. Para estos sus vidas
empezaron aquí, con imperdonable olvido de los años vividos allá. Son
los que cambian de nombre y de idioma, los que se han dejado subvertir
la y han aceptado calladamente una nueva geografía.

Están los que se han insertado en el cómodo espacio de la indiferencia.
No creen en las organizaciones y por eso no las apoyan. Son los que se
pasan la vida criticando a los héroes del pasado y se han dejado clavar
en la frente la dolosa marca de la resignación.

Y están también los traidores y tramitados. Los que abandonaron un
pedazo de tierra, porque patria no tenían, y han venido para esparcir
falsa ideología, para crear divisiones y para servir en este ámbito de
al tirano que ha sembrado en la Isla atropellada el crimen, el
odio y la opresión.

En el exilio he visto, sin , a campesinos que han fabricado su
nueva en tierra ajena sin abjurar jamás de aquella de la que
se despidieron.

He visto en el exilio a médicos y profesionales reconstruyendo sus
carreras al tiempo en que trabajaban mal pagados en fábricas hacinadas.
He conocido a escritores que sostenían la escoba en sus manos sin
olvidar la pluma que les reclamaba el regreso al romance de su vocación
literaria.

He conocido en tierras de libertad a mujeres y hombres con la altura
moral de una empinada asta de bandera, que llegaron de Cuba cuando eran
niños, prendidas sus manos de manos desconocidas. Los padres, allá, en
la tierra convulsa se separaban lagrimosos de sus criaturas con la
ilusión de que éstas vivieran en tierra libre, con esperanzas vestidas
de limpio. Los asombrosos niños de Peter Pan son honra del exilio
cubano. Sus logros exaltan la fertilidad del y la libertad.

Una de las experiencias más dramáticas del exilio, para mí, es la de
despedir en un cementerio local a un cubano que se murió con hambre de
Cuba. Pudiera intentar una larga lista, pero siempre cometería impropias
omisiones. Voy a mencionar a un íntimo amigo que a punto de exhalar su
último suspiro, me dijo con entrecortada voz: "no me duele morir, lo que
me duele es morir fuera de Cuba".

El exilio es una rara combinación. Para unos, gloria, triunfos,
reflectores, aplausos y riquezas. Para otros, pobreza, soledad, escasez,
insomnio y desespero. Este exilio, que se ha ido integrando por etapas,
es diverso. Para la gente de mi edad, Cuba es innegociable, la queremos
libre, sin zurcidos en el traje. En ese empeño hemos ido dejando pedazos
de juventud. Los que han venido llegando después no pueden tener de Cuba
el mismo recuerdo que el nuestro. Han dejado atrás una tierra
encadenada, un sistema de opresión feroz y un amargo sentimiento de
frustración que es perdurable.

Cuando oigo a algún recién llegado hablando despectivamente del exilio
histórico, se me sale de seno la rebeldía. Estos cincuenta años de
destierro contienen un cúmulo de heroísmo, sacrificio y patriotismo que
únicamente pueden negarlo los que estén ciegos por el odio o tienen
corrompido el corazón por la maldad.

El exilio es sueño interrumpido, sonrisas que alternan con lágrimas,
nostalgias que invaden el alma, despedidas que han dejado incurables
cicatrices, es andar al frente con el corazón mirando hacia atrás. No
importa lo que hayamos alcanzado ni la importancia que hemos
conquistado. Para el verdadero exiliado nada hay que valga más que la
ansiosa ilusión de una patria redimida.

Hoy día existen puentes de comunicación entre el exilio y la Isla
aherrojada. Hay quienes van a la Isla con un equipaje de sorpresas y un
plan empaquetado en carcajadas. Son los que han cambiado el traje de
desterrados por el uniforme de turistas. Pero hay otros que van a dar el
beso último a la madre enferma y llevan como equipaje pan para saciar el
hambre y medicinas para aliviar el mal. Es, evidente, sin embargo, que
estos trámites de los viajes a Cuba, sea cual fuere el motivo, cobran el
precio del silencio por parte del viajero..

A nosotros, en las primeras décadas del destierro nos tocó una etapa
dolorosa y cruel de aislamiento total. Conozco personas -más de lo que
quisiera-, que no pudieron cerrar los ojos al padre moribundo, ni
visitar a sus enfermos y seres más amados, que en tierra cubana clamaban
por un abrazo y por una limosna de cercanía. Cuando veo a algún cínico
sonreír malévolamente, cuando hablamos del dolor del exilio cubano,
tengo que cerrar mis puños para no golpearlo. El que no es capaz de
entender el dolor ajeno ha dejado de ser humano.

El exilio podrá tener sus momentos de alegría, sus horas de disfrute de
abundancias y sus conquistas felices; pero no por eso deja de ser
fundamentalmente un exilio triste. Cuando se apaga la última nota de la
música, se queda vacía la copa en que celebramos la felicidad y
regresamos a nuestro íntimo reencuentro con la almohada y desnudamos,
ante Dios, nuestra alma sin que nos importe el pudor, sabemos que no
tenemos patria, que Cuba nos ha sido robada, que nos espera una tumba
bajo cielo extraño y que, a fin de cuentas, por mucho que creamos tener,
nada somos. La risa es pasajera, la tristeza es resurgente.

Soy un exiliado, un viejo exiliado. En Miami tengo hijos, nietos y
biznietos, amigos y hermanos. Pudiera decir que, a mis años, nada me
falta; pero eso sería engañarme. Me falta Cuba, y mientras no la tenga
no seré más que un errante caminante que anduvo por sendas que jamás le
pertenecieron.

Sé que moriré fuera de Cuba, como un exiliado más; pero el consuelo que
me queda es el de que Cuba seguirá viviendo más allá de mi muerte. Otras
manos, otras voluntades rescatarán a Cuba de la ignominia. ¡Y ese día
celebraré en el cielo, con millares de mis amados compatriotas, la
fiesta más grande que haya conocido la eternidad!

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=16057

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