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Cuerpos en venta Pinguerismo y masculinidad

Cuerpos en venta: Pinguerismo y masculinidad
ABEL SIERRA MADERO | Miami | 13 Jul 2013 – 10:37 am.

El turismo es un sector económico clave y muchos jóvenes
descapitalizados, económica y culturalmente, recurren al sexo para
satisfacer sus necesidades básicas y acceder a otros bienes y servicios.
En La Habana, entre 2008 y 2009, el autor realizó de manera
independiente una investigación sobre el tema. Hablan algunos de sus
testimoniantes.
En la jerga del mercado sexual cubano, pinguero es el sujeto masculino
insertado dentro de la economía informal de placeres ligada al turismo,
que se involucra en relaciones sexuales —fundamentalmente con
extranjeros— por dinero, bienes materiales u otros beneficios.

En cierta medida, el término es correlativo al de jinetera, que se
utiliza para la negociación del estigma del término prostituta.

Los pingueros aparecieron en la Isla durante los años noventa, cuando la
crisis económica generada en Cuba luego de la caída del bloque
socialista provocó una apertura al capital extranjero y al desarrollo
del sector turístico. Con una situación “excepcional” en que funcionan
dos economías —una en dólares estadounidenses o pesos convertibles
(CUC), en la que se encuentran los bienes y servicios más importantes, y
otra en pesos cubanos de poco poder adquisitivo—, los sectores populares
han tenido que poner en práctica otras estrategias de sobrevivencia que
muchas veces están en la delgada frontera de la ilegalidad.

De esta manera, surgió el término “lucha”. La expresión, utilizada
recurrentemente por el discurso oficial, fue resemantizada por amplios
sectores populares con exiguos salarios en pesos cubanos, para referirse
a sus estrategias cotidianas de sobrevivencia. Estar en la “lucha” le
otorga al sujeto social cubano contemporáneo una cierta libertad para
moverse en un amplio campo de acciones, más allá de las leyes y de
valores éticos y morales. El término “luchador” o “luchadora” sirve para
negociar el estigma y la censura que adquieren sus prácticas en el
discurso social.

Así se define Reinier, un joven pinguero: “Yo soy un luchador. Eso
significa que tengo una meta y voy a hacer todo lo que pueda para
alcanzarlo, es no tenerle miedo a nada ni a nadie. Yo sé que hay muchas
personas que ven mal lo que yo hago, que me ven como un antisocial, como
un delincuente, pero me gustaría que me vieran como lo que realmente
soy, como una persona que tiene aspiraciones en la vida y que lo hago
por ser alguien. Yo vivo sin pena ni remordimiento de ningún tipo, lo
único que siempre me ha dado vergüenza es no tener un peso en el bolsillo”.

Aunque se acueste con hombres todas las noches, Reinier no se piensa a
sí mismo como pinguero o “prostituto”, sino como un sujeto “al que le ha
tocado vivir momentos difíciles”. La metáfora de la lucha tiene una
función instrumental y sirve para negociar la masculinidad y para tomar
distancia del estigma que implica involucrarse sexualmente con hombres.

Hombre nuevo y pingueros

El sujeto social cubano ha estado muy interpelado por el discurso de la
guerra durante los últimos cincuenta años. El Gobierno articuló una
retórica nacionalista que tuvo en el discurso de la guerra uno de sus
anclajes fundamentales para el control social y el desarrollo de las
políticas. En medio de la Guerra Fría, con un modelo de plaza sitiada a
partir sus diferendos con EEUU, la Isla se vio inmersa en un proceso
transnacional de construcción del socialismo —liderado por la URSS y el
bloque socialista del Este— que descansó en muchos sentidos en el
discurso de la guerra y, especialmente, en el concepto de hombre nuevo.

Popularizado en Cuba por Ernesto Guevara en 1965, el concepto de hombre
nuevo formaba parte de un proyecto político que planeaba, entre otras
cosas, barrer a la burguesía como clase para poder construir un nuevo
tipo de sujeto social, “superior”, con una nueva mentalidad y nuevos
valores. Asimismo, lo conectaba a la vez con un modelo de masculinidad
tradicional y una ideología política proveniente de la teoría de la
revolución y la construcción del socialismo en el bloque soviético, que
llegó a ser central en la retórica revolucionaria.

Las lógicas que se implantaron en Cuba a partir de los años 90, se
alejaron cada vez más del marco político y los valores del socialismo, y
fomentaron la emergencia de otros más ligados al consumo y a
expectativas que nada tienen que ver con la retórica política actual. En
ese sentido, el pinguero constituye un correlato que desmiente en gran
medida el proyecto revolucionario y su aspiración de crear al hombre nuevo.

El sistema político cubano, en virtud del control ideológico, provocó
por mucho tiempo que la familia se vaciara de contenido, y que la
educación y socialización de niños y jóvenes fuera gestionada
fundamentalmente por el Estado. Con la crisis, la función de un Estado
paternalista se vio bastante resquebrajada. A partir de ese momento, y
con la creciente desigualdad social creada por la economía dolarizada,
se puede apreciar un resquebrajamiento también en el terreno de los valores.

Ante la crisis, muchas familias, sobre todo las más pobres, tuvieron que
readecuar sus expectativas educacionales y formativas y “hacerse de la
vista gorda” sobre las acciones de sus hijos, porque ellos mismos
tuvieron que involucrarse en las dinámicas de la lucha para poder
sobrevivir.

Al respecto, Alejandro, un pinguero de veinte años, comenta: “Mis padres
no saben nada de esto, no saben en lo que ando, mi mamá sospecha pero no
me dice nada, parece que siente vergüenza. Y tampoco le dice nada a mi
padre para no disgustarlo. Él piensa que yo vengo a La Habana a hacer
negocios, a traer queso y carne para vender, y que estoy enamorado por
acá, pero yo creo que es porque no quiere saber, no quiere ni enterarse,
porque el queso no da para tanto y yo cuando voy llevo bastante dinero y
con ropa nueva y cara”.

Para algunos pingueros, el discurso de la lucha no solo es un
instrumento de (des)identificación homoerótica y de negociación de la
masculinidad, en ocasiones es también un modo de evitar la categoría de
trabajador sexual. Entre mis entrevistados no encontré consenso respecto
a los términos que sirven para describir sus prácticas. Algunos no se
sienten cómodos dentro de la categoría de trabajador sexual, porque ven
la “lucha” como algo temporal y alternan con otros oficios y
actividades. En cambio, otros sí quisieran ser considerados trabajadores
“normales”.

Tal es el caso de Roberto: “Esto es un trabajo como otro cualquiera; lo
que pasa es que para la sociedad yo soy otra cosa. Si algunos trabajan
en la agricultura y otros en la construcción yo no sé por qué yo no
puedo pinguear, yo ni sé sembrar ni poner un ladrillo, hago lo que sé
hacer para salir adelante y no le hago daño a nadie. Después de todo
cada quien hace con su cuerpo lo que quiere y a mí nadie me da un plato
de comida. En mi pueblo no hay casi trabajo para los jóvenes, sólo me
queda ir pa’ la agricultura, la construcción o meterme a policía, y eso
ni muerto, prefiero seguir así”.

Para el discurso revolucionario, las prácticas y las dinámicas que
acontecen dentro del fenómeno del sexo transaccional constituyen un reto
y un desafío al proyecto y a la moral socialistas. Si durante muchos
años la erradicación de la prostitución se ostentaba como uno de los
logros y conquistas revolucionarias, con su resurgimiento se evidencia
que ese marco ha quedado sin respuestas a la crisis y sin herramientas
para entender las múltiples intersecciones y variables que se conjugan
con este fenómeno.

Los pingueros no solo son mirados con reservas por el discurso oficial,
sino también por muchos homosexuales, que los ven como jóvenes a los que
no les gusta trabajar, sin una configuración homoerótica genuina y sin
una clara definición de identidad basada en la sexualidad (Abel Sierra,
Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación
cubana, Casa de las Américas, La Habana, 2006; Noelle Stout, “Feminists,
Queers and Critics: Debating Cuban Sex Trade”, Journal of Latin American
Studies, Vol. 40, No. 4, 2008).

El pinguero está siempre bajo sospecha, no solo por su ambigüedad y
opacidad identitaria, sino también porque significa un reto a la
estabilidad de las categorías de trabajo, deseo, placer e identidad con
las cuales la cultura ha operado tradicionalmente.

La Habana: capital de todos los cubanos.

La mayoría de los itinerarios y rutinas de estos sujetos están marcados
por su relación con la policía. Esto va a incidir no solo en sus modos
de actuar, de moverse, sino también en cómo negocian su masculinidad con
los clientes. Muchos prefieren permanecer tiempos largos con sus
clientes para estar menos expuestos a redadas e interpelación policial y
para ganar más dinero. Si bien es cierto que no existe ningún reglamento
legal que regule explícitamente la actividad de los pingueros, las
autoridades, amparadas en otras leyes —al igual que sucede con las
jineteras—, establecen un férreo control sobre los sitios de alta
circulación turística.

Así, el Decreto 217 de 22 de abril de 1997 sobre las regulaciones
migratorias internas para La Habana ha servido de cobertura para multar,
encarcelar y deportar a aquellos pingueros y jineteras que no poseen
“residencia legal” en la capital. Este decreto, además de imponer una
serie de requisitos burocráticos para las personas con interés en
residir en esta ciudad —independientemente del lazo de parentesco que
hubiera entre el interesado y el propietario de la vivienda—, proponía
una especial vigilancia en aquellas “zonas especiales o declaradas de
alta signiicación para el turismo”.

La ley estipulaba que para todo aquel que “proveniente de otros
territorios del país se domicilie, resida o conviva con carácter
permanente en Ciudad de La Habana, sin que se le haya reconocido ese
derecho, 300 pesos y la obligación de retornar de inmediato al lugar de
origen”.

Yamel comenta al respecto: “Siempre tengo una reservita de dinero para
la policía [...]. Ellos se cuidan bastante, aunque nos extorsionan se
cuidan de no recibir ni un peso de la mano nuestra. Están en combinación
con los dependientes de los lugares como el BimBom y me han dicho que el
dinero se los deje con ellos, que después van a buscarlo. Te amenazan
constantemente para llegar a un arreglo y se hacen los difíciles para
que uno les suba la parada”.

Un sistema altamente burocratizado como el cubano, en el que los
funcionarios públicos son muy mal pagados, es propenso a la corrupción y
a la informalidad. Existe un mercado informal donde por 30 CUC pueden
comprarse los permisos de residencia temporal y renovarse cada 3 meses.

Y no solo el Decreto 217 otorgó legitimidad a la policía para realizar
detenciones, existen además otras figuras delictivas sancionadas por el
Código Penal cubano: “asedio al turismo”, “peligrosidad, etc.

La ‘mecánica’ y la negociación de la masculinidad

Existen algunas metáforas populares que recrean las interacciones de los
pingueros con los extranjeros. Entre las más interesantes se encuentra
“la mecánica”, advertida por la investigadora Gisela Fosado (“The
Exchange of Sex for Money in Contemporary Cuba. Masculinity, Ambiguity
and Love”, tesis de doctorado, University of Michigan, 2004) durante su
trabajo de campo a fines de los años 90. La mecánica conjuga una serie
de estrategias que hacen que muchas veces, los pingueros no pidan dinero
de antemano a los turistas, sino que desarrollen narrativas que los
hagan parecer ante ellos como víctimas del sistema, con proyectos de
emigrar o encontrar el amor verdadero.

Asimismo, la mecánica influye en las relaciones sexuales y servirá
también para negociar la masculinidad. En ese sentido, los pingueros
utilizan la penetración como un capital para pedir más dinero o para
obtener mejores beneficios. El consentimiento a ser penetrado por el
otro foráneo, tiende a empoderar al extranjero de turno, y al mismo
tiempo es una estrategia “para ablandarlo y sacarle más dinero”.

Sobre esto comenta Andrés: “Yo siempre digo que soy activo y cuando dejo
que me penetren les invento una película… que es la primera vez y que
lo hago porque de verdad es importante, que es una prueba del afecto.
Finjo estar nervioso y hasta los rechazo, me doy un poco de lija para
tenerlos ahí. Si no, todo es muy fácil y pierden el interés. La idea es
mecanicearlos pa’ que te paguen más y sean más espléndidos. Les hago
saber que es que son especiales y que han sido los primeros, que yo
nunca lo había hecho antes y así los voy ablandando. Y al final ellos
piensan que están acabando”.

Resulta interesante la noción de ablandamiento que utiliza este sujeto:
un acto que pudiera ser leído desde la subalternidad, se traduce en
empoderamiento y “control” sobre el otro. En ese sentido, se describe
una acción consciente en la cual la penetración tiene un valor de uso y
la masculinidad es “cedida” en virtud de intereses concretos.

Insertarse en una relación de “amistad” en la que el dinero no sea el
centro de las mediaciones, aseguran algunos, genera mejores dividendos
porque los turistas son más “espléndidos”. Según Amalia Cabezas, esto se
debe a que una transacción comercial directa cerraría otras
posibilidades como matrimonio, viajes, regalos, y confirmaría una
identidad como prostitutos que ellos no desean (Amalia Cabezas, “Between
Love and Money: Sex, Tourism, and Citizenship in Cuba and the Dominican
Republic”, Journal of Women in Culture and Society, Vol. 29, No. 4,
2004, pp. 987-1015).

Si bien es cierto que el discurso de la penetración funciona muchas
veces como resorte y herramienta de distinción entre los pingueros, y la
clasificación a partir de roles sexuales apegados al marco binario de
penetrador/penetrado influye en las prácticas y en las interacciones con
los extranjeros, la sexualidad de estos sujetos es más fluida y compleja
de lo que parece a simple vista. Al respecto, resulta interesante lo que
dice Andrés: “En esta vida he aprendido mucho de este mundo y de la
calle y también de mí mismo. Antes yo me creía más macho que nadie y me
apartaba de todo lo que me oliera a homosexuales, pero para sobrevivir
hay que relacionarse con travestis, gais, lesbianas porque los yumas van
a buscarnos en esos lugares, donde está ese ambiente. Por mucho que los
discriminé tuve que evolucionar para poder sobrevivir”.

El testimonio de René, un joven holguinero con una configuración
genérico-sexual adscrita a una masculinidad más tradicional, contrasta
con la idea sobre los pingueros como sujetos activos, “penetradores” de
cuerpos extranjeros. Señala: “Todos quieren penetrarme, hasta la más
loca quiere penetrarme, no sé por qué. Los pingueros aunque se dejen
penetrar dicen que son activos, siempre buscan una justificación para no
decir que son pasivos, aceptar eso es decir que son homosexuales. A
veces me canso de esto porque ellos vienen a mí a penetrarme o a que yo
los penetre, todo se basa en eso”.

René es un mulato de veinte años que nació en Santiago de Cuba. Asegura
que el color de su piel ha sido una ventaja en el giro de la lucha:
“Ellos vienen con el morbo de estar con los negros y los mulatos, porque
dicen que somos más bonitos y calientes que los blanquitos y que un
mulato como yo no se encuentra en Europa. Uno me dijo a la cara que
quería tener la experiencia de penetrar a un negro cubano”.

El testimonio de René se enlaza con una serie de prejuicios que conectan
la raza con procesos de “exotización” y mitologización de la
masculinidad caribeña (Jafari Allen, “Means of Desire’s Production: Male
Sex Labor in Cuba”, Identities: Global Studies in Culture and Power,
Vol. 14, No. 1, 2007, pp. 18-202; Deborah Pruitt y Suzanne LaFont, “For
Love and Money. Romance Tourism in Jamaica”, Annals of Tourism Research,
Vol. 22, No. 2, 1995, pp. 422-440). Los procesos de endogamia social que
tienen lugar en otros países determinan que, efectivamente, mucha gente
no tenga relaciones con personas fuera de sus círculos de clase. Sin
embargo, en contextos de turismo, estos sujetos experimentan un cambio
de actitud. Amalia Cabezas señala que -aunque la industria turística
esté montada a partir de hoteles, comidas, entretenimiento, souvenirs,
entre otras cosas- los turistas pagan sobre todo por una “experiencia”,
por un juego de sentimientos. El turismo, dice, es la mercantilización
de la experiencia que permite a las personas ejercitar sus fantasías y
dejarse llevar en muchos casos por los placeres corporales (Amalia
Cabezas, Economies of Desire. Sex and Tourism in Cuba and the Dominican
Republic, Temple University Press, Philadelphia, 2009, p. 93).

‘Hay pingueros y pingueros’

Los pingueros no conforman una unidad homogénea, sino que existen
diferentes tipos de experiencias y gradaciones que influirán
notablemente en los modos de interacción con los extranjeros. El tipo de
relación dependerá, en gran medida, de la situación económica por la que
estén atravesando en cada momento, de los proyectos de vida que tenga
cada sujeto, del modo de encarar la sexualidad y de la procedencia social.

Para estos jóvenes, la llegada a La Habana parece ser un momento
difícil, como le sucedió a Mario: “Yo vine para acá sin nada, tenía
sesenta pesos cubanos nada más. Vine en la parte de atrás en un camión
como si fuera un animal, llegué negro de churre, vine con unos zapatos
prestados y directo pal’ Malecón. Ahí hice treinta dólares y ya empecé a
respirar, pero tuve que ahorrar mucho, dejaba de comer, alternaba, si
almorzaba hoy no comía, si comía no almorzaba, para tratar de ahorrar un
poco y no estar tan presionado”.

Estos muchachos, sin redes de amistad creadas, debido a la necesidad de
dinero rápido, instauran relaciones más comerciales y tienen tarifas más
bajas que perjudican “el negocio”. Andrés explica la diferencia del
siguiente modo: “Hay pingueros y pingueros. Están los baratos, los que
se van con cualquier cosa, hasta por tres dólares se acuestan con
cualquiera, pero esos son mayormente los palestinos[1] que en su vida
han visto treinta dólares juntos. No se dan su lugar y nos afectan a
nosotros, porque los yumas después quieren coger mangos bajitos, quieren
pasar una noche de lujo y pagar una miseria. Pero también los entiendo
porque hay quien llega a La Habana sin un medio en el bolsillo y
necesita dinero rápido, eso también me pasó a mí. Eso depende mucho del
momento que esté viviendo, si debo una semana de alquiler, si debo
dinero, me voy por lo que sea con tal de saldar todas las deudas”.

Otros, en cambio, aseguran que casi siempre establecen una tarifa previa
para interactuar con turistas y que el romance lleva implícita una
incertidumbre que ellos no están dispuestos a correr. Algunos, como
Ramón, no son tan estrictos en sus demandas y se contentan con
determinados artículos, a los que atribuyen un gran valor: “A veces
negocio con la ropa que tienen los extranjeros, les cobro algún dinero y
les pido alguna ropa. La ropa también tiene su valor, si es de marca yo
lo veo como una inversión, y cuando esté atacado la vendo, si es de
Dolce & Gabbana o de Diesel o Levi’s aquí esas marcas tienen mucha
demanda y más pal campo, cuando yo llego a Camagüey con esos trapos los
guajiros se vuelven locos, y a lo mejor no saben si es o no una
imitación, yo se las vendo como si se los estuvieran comprando en una
Boutique exclusiva”.

El modelo de éxito creado a partir de los altos niveles de consumo y de
acceso a bienes y servicios, vedados en gran medida a la mayoría de la
población, despierta en muchos jóvenes el deseo de imitar a aquellos
que, involucrados en este tipo de actividades, hacen ostentación de su
poder adquisitivo. Así lo confiesa Alejandro: “Llegué a La Habana en el
2000, tenía diecisiete años. No había estudiado, solo italiano con la
ilusión de poder trabajar en el turismo. Mis padres eran obreros y no
podían darme lo que yo necesitaba. Como todo joven quería salir,
divertirme. Conocía a socios míos que estaban en el mundo del jineteo,
los veía con dinero, comprándose motos, ropa buena, manteniendo varias
mujeres y yo quería ser como ellos, tener lo que ellos tenían”.

Al tiempo que los pingueros participan activamente en una economía de
placeres ligada al turismo, también forman parte de la venta de ropa y
otros artículos electrónicos como celulares que les dejan los turistas,
y luego ellos los llevan a sus pueblos para venderlos en momentos de
apuros. Los pingueros son jóvenes con un marcado interés en las marcas y
tienen un culto al cuerpo a partir de referentes transnacionales
difundidos por estrellas globales del mundo del espectáculo.

El impacto de la globalización en la Isla no solo se ha traducido en el
desarrollo de una economía emergente ligada al turismo que aporta
grandes dividendos a algunas elites y estratos sociales, en complejos
procesos de desigualdad social y descapitalización de la mayoría de la
población cubana, sino también ha generado una economía de placeres para
turistas gays, ajustada a diferentes posibilidades económicas.
Paralelamente a la existencia de un mercado sexual barato y callejero en
La Habana Vieja y en El Vedado, se ha desarrollado uno exclusivo de
pingueros que asisten a fiestas privadas y aparecen en catálogos
clandestinos para un público gay internacional con mayor poder adquisitivo.

Ángel es un joven capitalino que no “hace la calle”. Su actividad es
personalizada y restringida a una reducida clientela de empresarios,
intelectuales o artistas extranjeros que desean una experiencia
homoerótica con jóvenes cubanos. Sobre estas dinámicas comenta: “Mi
tarifa empieza a partir de cien dólares y en un mes puedo llegar a ganar
mucho dinero. A veces hay temporadas flojas pero con lo que gano no
necesito marcarme en El Vedado ni en ningún lugar. Eso es mejor porque
en mi barrio nadie sabe que yo estoy en esto. Yo voy a esas reuniones o
fiestas privadas de empresarios y de personajes que no te puedo ni
contar. Me llaman al móvil y ya está”.

‘Yo soy un hombre independientemente de lo que haga en la cama’

Muchos de los pingueros se consideran heterosexuales y ostentan la
masculinidad como una entidad inmutable y estática sobre la que no
habría ningún cuestionamiento, a partir de establecer una dicotomía en
entre la conducta sexual en la “lucha” y el deseo sexual. De hecho,
algunos vinieron primeramente a La Habana como chulos de sus propias
novias, antes de establecer ellos mismos relaciones sexuales con
turistas, mujeres u hombres. Luego, las cosas no funcionaron como
esperaban y las novias se fueron de la Isla casadas con extranjeros o
bien los dejaron solos en “la lucha”.

Esta es la experiencia de Reinier: “Nunca imaginé que tendría que
acostarme con hombres y mucho menos que iba a vivir de eso. Para mí todo
era muy extraño, los hombres besándose, yo no estaba adaptado a esa vida
ni a esas formas, fue un impacto muy fuerte, hasta que me acostumbré. Si
la homosexualidad no existiera yo me muriera de hambre”.

Asegura Reinier que el sexo con hombres no cambió en nada su modo de
concebir la homosexualidad, porque la ve como algo ajeno a sus deseos y
sentimientos más íntimos, pero, sobre todo, porque sus ideas sobre la
homosexualidad están asociadas con la adquisición de una identidad y no
con el terreno exclusivo de lo sexual. Esto sugiere otra lectura más
allá de lo genital como punto nodal para calificar la experiencia y las
prácticas. Para él, la adquisición de una identidad homoerótica lleva
implícito un rechazo al sexo con mujeres y está asociada con un proyecto
común con un hombre: “Para mí ser homosexual es otra cosa, hay que tener
una relación, vivir con un hombre ¿me entiendes? Me acuesto con hombres
por necesidad; no por eso soy homosexual porque a mí me gustan las
mujeres y en algún momento quisiera formar una familia y tener hijos.
Hay amigos míos que sí, que descubrieron en la lucha esa parte y tienen
sus compromisos, pero yo no”.

Las percepciones que tienen sobre la homosexualidad varían entre estos
sujetos. Para algunos, los prejuicios no solo están expresados en
términos de género, sino también de competencia económica. Yamel siente
una especial aversión hacia los travestis:

“A los travestis sí no los soporto, yo pienso que son unos payasos, eso
no lo entiendo. Se puede ser homosexual, pero no loca. En este mundo hay
mucha competencia y no sé qué le ven a los travestis los yumas, pero lo
cierto es que levantan un montón de extranjeros”.

El rechazo a lo femenino parece estructurar los discursos de algunos
pingueros. Lo femenino parece constituir un sitio de diferenciación y de
cotejo de la masculinidad. Yamel afirma: “Yo vine aquí a luchar, no a
estar con mujeres como hacen otros; las mujeres son unas chupadoras, te
quitan todo el dinero y cuando se te acaba, te la dejan en los callos”.

Para algunos, el significado del término hombre está más adscrito a una
ética que a la sexualidad en sí misma. Por tal motivo, tratan de
distanciarse de los pingueros y establecer otras redes y conexiones.
“Muchos homosexuales son más hombres que muchos pingueros”, señala Ángel.

“Yo soy un hombre independientemente de lo que haga en la cama, no me
gustan esas definiciones, eso me parece cheo, anticuado”, señala Arturo.
Y reflexiones similares han sido recogidas por Carlos Ulises Decena
(Tacit Subjects: Belongin and Same-Sex among Dominican Immigrant Men,
Duke University Press, Durham, 2011) en su trabajo con inmigrantes
dominicanos en EEUU, para quienes el macho no solo significa una falta
de modernidad y representa relaciones menos equitativas en lo sexual,
sino que es visto sobre todo como un obstáculo para la movilidad social.

De acuerdo con algunos testimonios recogidos por mí, el contacto con
extranjeros, así como la socialización dentro del “ambiente”, han
influido en que las nociones de estos sujetos sobre la sexualidad sean
más abiertas y modernas. Sin embargo, aunque traten de distanciarse de
la configuración del macho, reproducen un modelo “feminizado” de
dependencia económica, anclada a una visión del hombre como proveedor.
Para algunos, la idea del triunfo se traduce básicamente en ser
mantenidos por extranjeros desde el exterior, o salir del país a través
de ellos. Otros, en cambio, aspiran a reunir lo más pronto posible el
dinero suficiente para montar un negocio que les permita salir de la
“lucha”. Sin embargo, la mayoría son jóvenes anclados al presente, con
altos niveles de consumo y sin planificación, lo que hace que no puedan
subvertir los procesos de subalternidad en los que se encuentran
inmersos, porque los resultados económicos de “la lucha” rara vez se
traducen en proyectos de vida que puedan cerrar los ciclos de pobreza e
inmovilidad social.

Epílogo

El contexto cubano contemporáneo se ha convertido en un escenario
postsocialista neoliberal muy a tono con las políticas globales de
recortes de presupuestos en el sector estatal, incluso en sectores como
salud pública y la educación, que han sido pilares fundamentales de
legitimación política. Con la intención de “actualizar” el modelo
económico para preservar la continuidad del socialismo en Cuba, el
Estado comenzó “un reordenamiento laboral”, eufemismo estratégico para
designar la política de despidos masivos. Aparejado a esto, se ha
promovido la emergencia del sector privado en el área de los servicios y
la legalización de determinados oficios fuera del mercado de trabajo
estatal. Sin embargo, la mayoría de los negocios no están en manos de
los sectores excedentes del sector estatal, sino de determinadas élites
asociadas con el turismo o con personas que han recibido el capital de
sus familiares emigrados. El salario medio, de 450 pesos cubanos,
alrededor de 20 dólares, no ha variado en años y se estima que el costo
de la vida ha subido en un 20% en los últimos tiempos.

En un panorama donde el turismo se ha convertido en un sector económico
clave, y se fomentan políticas internas de desarrollo limitado, no es de
extrañar que muchos de los jóvenes más descapitalizados, económica y
culturalmente, sigan recurriendo al sexo no solo como un modo de
satisfacer sus necesidades básicas, sino de acceder a otros bienes y
servicios.

[1] Definición racista que se utiliza en Cuba para referirse a las
personas que provienen de la región oriental del país.

Este texto es una versión reducida de “Cuerpos en venta: pinguerismo y
masculinidad negociada en la Cuba contemporánea”, publicado en la
revista Nómadas, Universidad Central de Colombia No. 38, abril de 2013.

Abel Sierra Madero es Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad
de La Habana (Cuba). Especialista en estudios de género, sexualidad y
procesos de construcción de la nación, en 2012 recibió el premio Martin
Duberman otorgado por City University de Nueva York, en reconocimiento a
su trabajo en el campo de los estudios de género y sexualidad.
Actualmente trabaja de manera independiente en Cuba.

Source: “Cuerpos en venta: Pinguerismo y masculinidad | Diario de Cuba”
- http://www.diariodecuba.com/cultura/1373417121_4154.html

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