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El funcionario o el mendigo

El funcionario o el mendigo
[06-03-2014 11:50:48]
Tuixpadre
Pseudónimo

(www.miscelaneasdecuba.net).- “¡Por favor, regáleme una monedita. Soy un
nuevo desempleado y tengo una familia que mantener!” Así dice el cartel
que el hombre sostiene colgando de su cuello ayudado con una mano a
manera de darle énfasis para que los pasantes lo vieran.
Movía la diestra un poco adelante con la palma hacia arriba a medio
camino entre la timidez y la desesperanza. Sus ojos observan desde abajo
y pudiera decirse que hay bondad, si no fuera por los resquicios de
amargura y los amagos de tristeza.

¿Es una sonrisa lo que muestra o los labios apenas distendidos intentan
indicar que no es agresivo? Que si la vida lo lanzó a este quicio de
este gran supermercado donde permanece sentado, no ha sido por su culpa,
o por falta de apoyo de sus compañeros, o tal vez falta de esfuerzo o
eficiencia en su tarea. La mala suerte. Debió haber sido eso. Es alto y
corpulento. Tiene el pelo un poco largo y enmarañado que se le mete en
los ojos. A veces lo aparta con un gesto mecánico y cansado pero los
mechones desiguales vuelven a caer donde siempre han estado. Sus ropas
parecen caras como sus zapatos, pero resalta la suciedad de muchas
jornadas en el quicio.

En el trabajo le dicen Mona Lisa por esa sonrisa bonachona que aún
persiste a pesar de todo y que parte más bien desde los ojos. Muchas,
muchas personas pasan cerca con metálicas cestas atestadas, empujando
los carritos, o los menos con las jabas en las manos haciendo malabares.

Hay que escuchar lo que dicen algunos de los pasantes: “¡Métete en la
construcción para que te paguen un salario, o a la agricultura!” “Te voy
a dar algo, pero tú estás muy joven para estar pidiendo,” La primera
sabe lo que dice. No le entrega nada mientras apenas le observa despectiva.

Se lima las uñas mientras su marido, o su chofer de auto con matrícula
carmelita claro, carga las numerosas jabas. La segunda es una anciana
compasiva. La mayoría pasa de largo hacia sus autos sin expresar media
palabra. Estamos en 3ra y 70. Ya no hay sombra en el quicio norte, pero
es donde único le han dejado estar. Es el mes de julio, o agosto, o tal
vez septiembre. Da igual.

“¡Señora, me regala una monedita!” Insiste el desafortunado en especial
a las mujeres quienes se supone tienen un corazón más blando. Nadie le
mira a la cara. Un señor desde el otro lado del parqueo extrae su
celular y comienza a hacer una llamada. Camina cortito hacia ambos lados
evidentemente molesto. Cuelga y permanece debajo de una mata junto a la
cerca perimetral.

Segundos más tarde un patrullero entra con estridencia de neumáticos no
afinados hacia la zona del mercado, mientras el del celular les señala
discreto desde la distancia al alcance de su auto. Es el gordo alto del
cartelito. Dice más con su mirada que con su índice. Los dos jóvenes
agentes frenan, saltan afuera, y meten al mendigo de cabeza en la parte
de atrás cuando parecen apenas leerle sus derechos, o tal vez le decían
alguna palabra más gruesa como comemierda o algo así.

Dentro de otro coche más cercano y más viejo otro par de jóvenes graba
con una diminuta cámara digital cada uno el desarrollo de la escena.
Cuando el patrullero se marcha con el gordo dentro y el del celular
ingresa al mercado por sus compras, ambos apagan sus cámaras palmeándose
ruidosamente como lo hace la gente cuando está contenta.

Uno observa su reloj. “Aquí solo ha durado diez minutos. El record
continúa estando en San Miguel del Padrón donde no lo levantaron hasta
pasadas las dos horas. La afluencia de agentes de la seguridad y
funcionarios es obviamente aquí mucho mayor. Por supuesto que estamos en
su zona de residencia.

Llama a los abogados para que vayan a sacar al gordo de la estación de
policías. El sábado que viene nos toca continuar el programa en el
Supermercado Palco. Veremos qué sucede. Posiblemente necesitemos más
gente pues ahí puede haber jaleo. El experimento marcha bien.

El otro asentía con la cabeza: “¡El noventa por ciento de quienes acuden
a este mercado solo en CUC son funcionarios en algún nivel elevado
dentro del gobierno. Los tengo en cámara. Tengo sus matrículas, cómo
hablan y cómo se manifiestan. ¿De dónde sacarán el dinero? ¿Has visto lo
que cargan? ¿Te fijaste en los autos? El otro diez por ciento son
extranjeros o algún muerto de hambre que ha tenido suerte por alguna vez.”

Sobre el quicio el sol ya baña completo cada oquedad y algunas personas
han pasado por encima del cartelito el cual comienza a ensuciarse.
Algunas monedas abandonadas por el gordo comienzan a desperdigarse,
apartadas por las pequeñas ruedas de los carritos cargados con jabas
blancas.

Nadie se inclina a recogerlas. Sabe Dios qué tienen. Un par de obreros
de la construcción posiblemente del acuario cercano, atisban por entre
las rendijas de la cerca, tal vez indecisos de si podrían entrar a
gastarse unos quilitos con sus ropas manchadas de cemento.

El tipo del celular ha dejado la huella de su elegante zapato sobre el
pedacito de cartón. Por suerte el letrerito humillante está de la otra
parte y él puede pasar sin tener que percatarse de que existe un mundo
grande en esta ciudad que aún esgrime lejano su libreta de abastecimientos.

Source: El funcionario o el mendigo – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/531853083a682e0958c05147#.UxmR5_ldUx4

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