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Socialismo ‘bueno’ de autogestión?

¿Socialismo ‘bueno’ de autogestión?
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 30 Jul 2014 – 10:13 am.

A diferencia de Pedro Campos, el autor no ve como solución para la
economía cubana y mundial el cooperativismo.

Respeto el derecho de Pedro Campos, y de cualquier académico, a creer y
afirmar que un socialismo virginal y aséptico basado en el
cooperativismo y la autogestión será la sociedad ideal del futuro en
Cuba y en todo el planeta.

Sin embargo, Campos debiera considerar que antes que él muchos ilustres
pensadores propusieron o llevaron a la práctica experimentos sociales
—todos fallidos— idénticos a los que él esboza en su artículo publicado
en este diario.

Por cierto, que dicho artículo haya sido publicado en La Habana por la
revista Temas, que como todos los medios cubanos es controlada por el
Departamento Ideológico del PCC, me sugiere que un ala más pragmática
dentro de la burocracia partidista parece ir ganando espacio, pues el
trabajo de Campos es un rechazo teórico al “viejo socialismo”
estalinista aún vigente en la Isla.

Según el autor, Karl Marx ha sido siempre mal interpretado, incluso por
Lenin. Asegura que el marxismo nadie ha sabido aplicarlo, que el
“socialismo de Estado” no tiene nada que ver con Marx, y que el
verdadero socialismo concebido por el filósofo germano es el
cooperativista y de autogestión.

Es cierto que Marx inicialmente solo hablaba de la toma del poder por
los obreros, sin precisar bien el papel posterior del Estado, pero luego
de la derrota de la Comuna de París, en 1871, basándose en su percepción
de que “la violencia es la partera de la historia”, promovió la
revolución iconoclasta para arrasar con el orden burgués e implantar la
dictadura absolutista del proletariado en un Estado de nuevo tipo, y no
para fomentar comunidades autogestionarias.

Impide la innovación

El cooperativismo fue una necesidad imperiosa desde los orígenes de la
civilización. ¿Cómo habrían podido nuestros ancestros primitivos matar a
un mamut sin organizarse como grupo para un ataque coordinado y efectivo
contra el gigantesco animal?

Para cualquier tarea, en los albores de la humanidad la cooperación era
cuestión de vida o muerte. Pero muchas vueltas ha dado el mundo desde
entonces. Con la perspectiva histórica de los milenios transcurridos,
hoy vemos que desde el modelo diseñado por Platón en La República hasta
el “socialismo de autogestión” del mariscal Josip Broz Tito en
Yugoslavia 2.384 años después, el cooperativismo socialista no ha
funcionado.

¿Por qué? Porque como forma de gobierno, o de organización
socioeconómica, el colectivismo —ya sea comunitario, obrero
autogestionario, o estatal— niega o limita la libertad del individuo
para innovar, crear riquezas y beneficiarse directamente de su aporte a
la sociedad. Es decir, el cooperativismo se contrapone a la naturaleza
humana, todo lo contrario de lo que sostiene Campos.

Nunca he comprendido por qué resulta tan difícil para algunos analistas
percatarse de que si en un grupo humano los más talentosos, productivos
y esforzados en el trabajo tienen que sostener con el fruto de sus
innovaciones, su abnegación y su trabajo “fuera de serie” a los menos
capaces y a los que no se esfuerzan demasiado, desaparece el incentivo
para seguir poniendo ese “extra” ingenioso y eficiente. Y sin ese
“extra” los terrícolas no habríamos podido caminar por la Luna, o
navegar por internet.

Todos no halan parejo

Recuerdo cuando a mediados de los 60 fui con un grupo de colegas
estudiantes de periodismo a las montañas de la Sierra Cristal, en
Oriente, a entrevistar campesinos cafetaleros para ver si querían
entregar sus parcelas de tierra e integrarse a cooperativas.
Entrevistamos a alrededor de 40 campesinos, y salvo uno que dijo que se
lo iba a pensar, los demás se negaron. Uno de ellos fue tan sincero que
me dijo: “en una cooperativa todo el mundo no ‘jala’ parejo”.

No obstante, de acuerdo con Campos, “el predominio mundial de las formas
autogestionarias y cooperativas será la revolución social mundial
socialista”. Lo dudo. Ese camino ya ha sido transitado, siempre
infructuosamente. Y como decía Albert Einstein, repetir lo mismo una y
otra vez esperando tener resultados diferentes es una inequívoca
expresión de locura.

La propiedad comunal o estatal (su estadio superior) y el cooperativismo
han sido la espina dorsal de todas las utopías de los soñadores sociales
a lo largo de la historia. Pero, o no han podido ponerse en práctica por
irrealizables, o llevadas a la realidad han resultado inviables.

El cooperativismo fue útil mientras pudo serlo. En Babilonia había
cooperativas de servicios funerarios, y en Grecia y en Roma las había de
seguros. Era colectivista la vida agraria entre los germanos y las
organizaciones de trabajo entre los pueblos eslavos, y había
cooperativismo en los asentamientos precolombinos, las Reducciones de
los jesuitas en el Paraguay, o las Cajas de Comunidad durante la
colonización española en América.

Pero, mucho ojo, la productividad era bajísima, y no solo por el escaso
desarrollo tecnológico y de la organización del trabajo, sino porque
faltaba el “extra” laboral individual creativo e innovador antes señalado.

Salto en la productividad

Por el contrario, el laissez faire (dejar hacer a las fuerzas
productivas), la inteligente consigna de los fisiócratas franceses que
en el Siglo de las Luces sirvió de música de fondo en Europa a los
inicios del respeto institucional a la libertad individual, la propiedad
privada, el librecambismo y la “mano invisible” de Adam Smith, fue lo
que disparó la tecnología, la productividad del trabajo y sepultó el
ancien régime estatista de las monarquías absolutas. Al compás de esa
Revolución Industrial, fue la propiedad privada y no el colectivismo
platónico la palanca de Arquímedes que movió el mundo hacia la modernidad.

Con su socialismo autogestionario Campos paradójicamente abraza a Lenin,
el hombre que “hundió” a Marx. En enero de 1923 el líder bolchevique
escribió en el diario Pravda, con fuerza de dogma: “siendo la clase
obrera ya dueña del poder… en realidad solo nos queda la tarea de
organizar a la población en cooperativas. Consiguiendo la máxima
organización de los trabajadores en cooperativas, llega por sí mismo a
su objetivo el socialismo”.

El mariscal Tito le tomó la palabra y puso en práctica en Yugoslavia el
cooperativismo “entre buenos hermanitos”. Las empresas, aunque propiedad
del Estado, fueron confiadas a los trabajadores para que las gestionaran
y obtuviesen parte de las ganancias. La autogestión cooperativa
descansaba en la asamblea, el consejo obrero, el comité de gestión y el
director. Recuerdo que dicho modelo fue rechazado por Fidel Castro, y
que el Che Guevara lo calificaba de “traición al socialismo”.

¿Resultado? Yugoslavia se quedó muy atrás de las naciones capitalistas
de Europa, que en la posguerra dieron un salto espectacular en su
desarrollo socioeconómico y tecnológico.

Aristóteles lo previó

Aristóteles ya previó el error de los clásicos del marxismo-leninismo
cuando rechazó la propiedad comunal propuesta por su maestro Platón y
afirmó que la propiedad privada era superior porque “la diversidad de la
humanidad es más productiva”, y porque “los bienes cuando son comunes
reciben menor cuidado que cuando son propios”.

Antes, Demócrito había ensalzado las ventajas de la propiedad privada,
pues “permite el desarrollo y facilita el progreso”. Y en plena Edad
Media, en el siglo XIII, Tomás de Aquino advirtió que sin propiedad
privada no hay economía, y escribió: “el individuo propietario es más
responsable y administra mejor”.

En el polo opuesto socializante, luego de la larga noche medieval,
Thomas Moro (Utopía), Francis Bacon ( La Nueva Atlántida), John Bellers
( Asociación de Trabajo de todas las Industrias Utiles y la Agricultura)
y otros, entre los siglos XVI y XVIII imaginaron sociedades basadas en
la propiedad colectiva y el cooperativismo. Luego lo propusieron el
inglés Robert Owen, el suizo Leonard Sismondi y los franceses Charles
Fourier, Henri de Saint Simon y Étienne Cabet. Este último, en su Viaje
a Icaria se adelantó a Marx al dar una imagen idílica del comunismo.

No son ‘islas socialistas’

Con respecto a nuestros días, Campos destaca que en Occidente crece el
número de cooperativas industriales. Sí, son miles, pero funcionan
porque no tienen nada que ver con Marx, Lenin, Owen, o Tito. No son
“islas socialistas”, sino empresas capitalistas muy similares a las
compañías por acciones. Una de ellas, la Corporación Mondragón, de
España, es una transnacional con 256 empresas y 80.000 trabajadores. Hay
cooperativas en las que hasta un 70% de sus trabajadores no son socios,
sino simples asalariados que son menos propietarios que los miles de
accionistas de Coca-Cola.

No dudo que esas cooperativas al constituirse estén inspiradas en el
mismísimo Platón. Comienzan con unos cuantos socios que aportan dinero y
se reúnen para tomar decisiones. Pero se van incorporando nuevos socios
y, como no pueden ya reunirse todos, delegan en un Consejo Rector y un
Gerente. Y contratan asalariados. El personal de oficina gana hasta tres
veces más que quienes laboran en los talleres. Si un obrero
“propietario” se destaca en su trabajo igualmente recibe dos veces más,
y el oficinista asalariado recibe seis veces más.

En fin, las cooperativas occidentales tienen formas organizativas y de
gestión que las alejan de sus iniciales principios de “hermandad”
socialista. Los tecnócratas con su know-how imprescindible, y las
gerencias, con sueldos enormes, constituyen una elite que toma
decisiones por encima del conjunto de los cooperativistas.

Semáforos reguladores

Por lo demás, Campos tiene razón en que el capitalismo a “lo bestia” no
es un paradigma a seguir. Pero los propios padres de la teoría económica
liberal clásica, Smith, David Ricardo y John Stuart Mill (contemporáneo
de Marx), británicos los tres, ya advirtieron que los defectos del
mercado hay que corregirlos mediante la intervención de las autoridades
públicas.

La experiencia revela que la autorregulación espontánea del mercado no
es suficiente para evitar desastres cuando se produce lo que Alan
Greenspan —expresidente del Banco Central de EEUU (Junta de Reserva
Federal)— llama “exuberancia irracional del mercado”, como la que generó
la burbuja hipotecaria y financiera (recordar los “bonos basura” de
altos riesgos de impago) que, al estallar en 2008, sumergió a la
economía estadounidense en la peor crisis desde los años 30. Los bancos
en EEUU llegaron a decirle a la gente: “¿Quieres comprar una casa? bien,
págame solo los intereses por tres años, y luego ya veremos”. Sin
investigar mucho la solvencia del cliente.

Es decir, el librecambismo no significa ausencia de políticas económicas
y de regulaciones. Estas son necesarias, pero no para constreñir o
sustituir el capitalismo, sino para precisamente garantizar su buen
funcionamiento. Como dice un amigo mío, las regulaciones son como los
semáforos, cuya función es la de evitar el caos vehicular y no la de
impedir que circulen los automóviles.

Además, las crisis económicas realmente son inevitables debido a la
libertad económica, y funcionan como un purgante para neutralizar los
excesos “exuberantes”.

‘El ojo del amo engorda el caballo’

En los años 60 hubo economistas, entre ellos John K. Galbraith, que
creyeron encontrar la sociedad perfecta. Formularon la Teoría de la
Convergencia, una hibridación de lo mejor del capitalismo con lo mejor
del socialismo. Pero la muerte natural de la URSS y del “socialismo
real” sepultó la propuesta.

Ciertamente, el capitalismo de hoy no es igual al de hace un siglo. La
libre competencia entre las empresas se ha modificado y algunas dominan
ramas completas de la economía. Y la distribución de las riquezas es
desigual.

Pero pongamos los pies en la tierra. No hay alternativa viable al
sistema económico basado en la propiedad privada. La economía de
mercado, con sus contrastes sociales, desigualdades y todos sus
defectos, es la única que funciona porque se corresponde con la
naturaleza del homo sapiens. No sé en otros planetas, pero aquí en la
Tierra así es: “el ojo del amo engorda el caballo”.

Solo por la fuerza podría imponerse el cooperativismo socialista que
vaticina Campos. Si ello ocurriese, la humanidad probablemente
regresaría a los difíciles tiempos del Cid Campeador y Doña Jimena.

Source: ¿Socialismo ‘bueno’ de autogestión? | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1406707990_9727.html

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