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Reformas o reciclaje de la pobreza?

¿Reformas o reciclaje de la pobreza?
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 30 Sep 2014 – 9:18 am.

‘¿Si alguien es encarcelado injustamente y luego es excarcelado debe
agradecer y elogiar a las autoridades por haberlo puesto en libertad?’

La economía de todo país se compone de dos grandes mundos
interdependientes que se alimentan recíprocamente: producción y
servicios. Este axioma, sin embargo, es rechazado por la dictadura
cubana, al punto de que casi todos los oficios autorizados para el
trabajo por cuenta propia son de servicios y no para la producción de
bienes materiales que el país necesita desesperadamente.

Salvo algunos amagos tímidos en la agricultura, toda la “actualización”
raulista es un reciclaje de la pobreza, pues fomenta el timbiriche de
precarios servicios que ya pululaban en Europa antes de que Leonardo
daVinci pintara la Mona Lisa.

Hasta hace poco los servicios se ubicaban solo en el sector terciario de
la economía, integrado por las actividades no creadoras de bienes
tangibles: comercio, transporte, comunicaciones, finanzas, hotelería,
gastronomía, turismo, cultura, entretenimiento, servicios públicos
(salud, educación, seguridad social, etc.). Pero hoy los servicios se
agrupan también en otros dos sectores: el cuaternario, o “del
conocimiento” (la gestión de la información y los servicios
tecnológicos), y el quinario, compuesto por servicios sin fines de
lucro, también sustraídos del sector terciario.

En el sector primario se hallan la agricultura, la minería, la
ganadería, la caza, la pesca y toda transformación de recursos naturales
en productos primarios no elaborados. Y el sector secundario abarca la
actividad industrial y artesanal, la construcción, la obtención de
energía, o sea, la creación de nuevos productos, de consumo, o
maquinarias, etc.

Pero no importa las clasificaciones, la clave aquí es que sin producción
de bienes no hay servicio posible. No se puede comerciar, transportar u
operar lo que no existe. No hay software si primero no hay hardware.

Servicios a capella, no

Es cierto que el avance económico y tecnológico conduce a sociedades en
las que los servicios predominan porcentualmente sobre la producción de
alimentos, materias primas y bienes manufacturados. Así ocurre en el
Primer Mundo, pero se trata de naciones que tienen una altísima
productividad industrial debido a la automatización de los procesos
productivos, que permite crear los bienes de capital o de consumo
necesarios para el país, o proporcionan el dinero para importarlos. Ese
no es el caso de Cuba.

Los servicios no pueden funcionar a capella, o sea, si antes no se crean
los medios materiales para que funcionen. Al colocar los bueyes
detrás de la carreta, el propio régimen invalida de origen a las
reformas, limitadas a los servicios y no a la industria, que sigue
monopolizada por el asombrosamente improductivo sector estatal. Este
genera cada vez menos valores agregados, por lo cual el Producto
Interno Bruto (PIB) del país no crece, las exportaciones tampoco, y el
pueblo cubano es cada vez más pobre. Es uno de los más sufridos de
Occidente.

La economía cubana no emergerá de su estado calamitoso con afeites
cosméticos en el sector terciario, cuaternario o quinario. Los “cambios”
raulistas incluso están a años luz de los concebidos por Lenin hace 93
años, cuando lanzó la Nueva Política Económica (NEP) para poner fin a la
hambruna que mataba a cientos de miles de rusos. Y se encuentran a
notable distancia del modelo aplicado por los Partidos Comunistas de
China y Vietnam, que ha sacado de la pobreza a millones de personas.

Síndrome de Estocolmo

El Gobierno recientemente anunció, como una gran cosa, que aspira a que
los servicios gastronómicos estatales pasen gradualmente a ser
gestionados por cuentapropistas, aunque aclaró que solo como un
“complemento” del sector estatal, que mantendrá la propiedad. En la
Isla hay 11.750 establecimientos gastronómicos estatales. Además hay
1.260 arrendados a cuentapropistas y 215 administrados por cooperativas,
que realmente funcionan como estatales. O sea, 9 de cada 10 restaurantes
o cafeterías son del Estado.

Que muchos fuera y dentro de Cuba califiquen de “edificante” la noticia
de esta privatización de los servicios gastronómicos recuerda el
síndrome de Estocolmo: ¿si alguien es encarcelado injustamente y luego
es excarcelado debe agradecer y elogiar a las autoridades por haberlo
puesto en libertad?

¿En qué parte del planeta, que no sea Corea del Norte, los restaurantes
son propiedad estatal y administrados por empleados públicos? ¿Nos
podemos imaginar a funcionarios de Washington administrando los
restaurantes de Manhattan, o al gobierno de Francois Hollande a cargo de
los cafés que bordean el río Sena en París?

No hay por qué felicitar a la dictadura cubana por colocar en manos
privadas lo que nunca debió ser estatal. Además, con restaurantes no se
reconstruye la economía. A Raúl Castro hay que exigirle que devuelva
al sector privado todas las industrias y los servicios (excluyendo los
sociales) de la nación, como lo eran cuando Cuba registraba uno de los
más altos niveles de vida en América Latina.

Por otra parte, lo que el país necesita no son reformas, sino que los
Castro sean apartados del poder y respondan ante los tribunales por los
crímenes cometidos y por haber hundido a Cuba hasta niveles africanos
de pobreza, y que se desmantele de una vez el socialismo.

Como eso no se vislumbra en el horizonte, lo menos que debe hacer el
régimen es liberar las fuerzas productivas y que cesen las triquiñuelas
que encubren el entrenamiento de militares y jerarcas partidistas como
futuros “burgueses revolucionarios” del capitalismo de Estado que ya
se cocina a fuego lento.

Cuba no saldrá de la pobreza y del atraso económico y tecnológico, ni su
población se alimentará mejor con el concurso de masajistas,
amoladores de tijeras, maniseros, payasos para fiestas, “paladares”,
afinadores de piano, peluqueras, taxistas, reparadores de colchones
viejos o floreros (oficios todos muy respetables y útiles); ni tampoco
con la venta de casas y automóviles de uso, alquilando habitaciones y
apartamentos a turistas extranjeros, o entregando tierras en usufructo y
no en propiedad.

Vía libre al sector privado

Los Castro tienen la obligación de autorizar el trabajo libre de todo
cubano que lo desee, incluyendo a los profesionales universitarios y
todos aquellos que tienen ganas y conocimientos y puedan obtener
financiamiento, bien de familiares en el exterior, o créditos de la
banca nacional. Que se creen negocios y empresas privadas de todo tipo,
sobre todo para la producción de bienes, la agropecuaria, y servicios
productivos y de asesoramiento técnico y de mercado.

No puede hablarse de reformas en Cuba mientras el Partido Comunista no
derogue los “Lineamientos” que prohíben “la concentración de la
propiedad en personas jurídicas o naturales”. No hay progreso posible
si a los ciudadanos se les prohíbe crear capital. Ello es, en rigor, un
crimen de lesa humanidad.

La reconstrucción de Cuba y su desarrollo solo será posible con el
restablecimiento de la propiedad privada generalizada, la inversión
extranjera, nuevas tecnologías, entrega de la tierra en propiedad a
quien la quiera trabajar, empleos mejor remunerados, y la elevación
constante de la productividad del trabajo, una de las más bajas del mundo.

Y todo ello con el apoyo en experiencia y capital de la diáspora
empresarial cubana. Eso fue lo que hicieron Beijing y Hanoi cuando
rompieron con el estalinismo, se abrieron al capital extranjero y
atrajeron el know how y el dinero de chinos y vietnamitas residentes en
el extranjero.

Mientras todo eso no ocurra, las reformas en Cuba son de “mentiritas”.

Source: ¿Reformas o reciclaje de la pobreza? | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1412061498_10616.html

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