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Diplomacia por la puerta trasera – los diálogos secretos entre Cuba y EEUU

Diplomacia por la puerta trasera: los diálogos secretos entre Cuba y EEUU
NORA GÁMEZ TORRESNGAMEZTORRES@ELNUEVOHERALD.COM
10/05/2014 8:00 AM 10/05/2014 9:26 AM

Pese a la habitual retórica de confrontación, durante estos 55 años
Estados Unidos y Cuba han sostenido discusiones secretas para intentar
normalizar sus relaciones, según revelan documentos secretos
desclasificados y recopilados en el reciente libro Back Channel to Cuba,
The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana, de
Peter Kornbluh y William LeoGrande.

“En más de 55 años de historia dominada por hostilidad, acritud y
agresión, entre bastidores, Estados Unidos y Cuba se han comunicado
consistentemente sobre tópicos específicos como la lucha contra el
terrorismo, el secuestro de aviones y la lucha antinarcóticos”, explicó
Kornbluh, quien dirige el proyecto de documentación sobre Cuba del
Archivo Nacional de Seguridad.

Kornbluh dijo a el Nuevo Herald que los lectores se sorprenderán también
al descubrir que “lo cubanos se han comunicado con cada nuevo presidente
hacia el comienzo de su mandato para explorar si sería posible mejorar
las relaciones, incluyendo a aquellos de línea dura como Richard Nixon y
Ronald Reagan”.

Las conversaciones secretas se mantuvieron incluso en momentos de gran
tensión. Por ejemplo, en 1981, el gobierno cubano ofreció al gobierno de
Reagan buscar una solución política al tema de las guerrillas en
Centroamérica y utilizó al presidente mexicano José López Portillo para
enviar el mensaje.

Con la mediación del presidente mexicano, el vicepresidente Carlos
Rafael Rodríguez y el Secretario de Estado. Alexander Haig, tuvieron una
reunión secreta en el Distrito Federal en noviembre de 1981, en la que
Rodríguez comunicó el apoyo de Cuba a un acuerdo en el Salvador. Pero
Haig pidió el cese total del apoyo a las guerrillas y a la intervención
cubana en Africa, puntos en los que los cubanos no estaban dispuestos a
ceder.

Esta es solo una de las muchas conversaciones de este tipo que están
documentadas en las más de 500 páginas del libro. En última instancia,
el texto ilustra cómo una mezcla explosiva de incomprensiones,
características personales, errores de cálculo, presiones domésticas,
intereses contrapuestos, nacionalismos exacerbados y agendas puntuales
de política exterior dieron al traste con cada una de las oportunidades
abiertas para la normalización.

Comienzo del conflicto

En sus primeros capítulos, los autores documentan las fricciones y el
gradual deterioro de las relaciones entre ambos países a partir de 1959,
pese a que los Estados Unidos intentan en un primer momento establecer
una relación “amistosa” con el gobierno de “los barbudos” y envían a La
Habana de embajador a Philip Bonsal, un liberal con experiencia en
América Latina, que había criticado el apoyo de Washington a las
dictaduras latinoamericanas de la época.

Fidel Castro también intentó mejorar inicialmente la imagen del régimen
ante la opinión pública estadounidense, tras las noticias sobre
fusilamientos y juicios sumarios.

Pero aunque su viaje a Estados Unidos en abril de 1959 fue un éxito
mediático, su reunión de dos horas y media con Richard M. Nixon, en ese
entonces vicepresidente, “fue horriblemente mal”, resaltaron los
autores. Castro salió insultado de la reunión, por lo que consideró una
actitud paternalista de Nixon, quien estuvo todo el tiempo “regañándolo”.

Por su parte, Nixon escribió en un memorando que Castro era
“extremadamente ingenuo con respecto a la amenaza comunista” pero poseía
“esas cualidades difíciles de definir que lo hacen un líder”, por lo que
predijo se convertiría en el futuro en un “gran factor” para los asuntos
cubanos y latinoamericanos.

Económicamente, el viaje tampoco dio dividendos. Aunque el gobierno
estadounidense estaba dispuesto a dar un préstamo inicial de $25
millones al nuevo gobierno, Castro dio instrucciones al equipo económico
que lo acompañaba de no pedir ningún tipo de ayuda, con la esperanza de
que Estados Unidos la ofreciera sin pedirla, lo que nunca llegó a ocurrir.

Irónicamente, Castro se reunió en secreto también con el agente de la
CIA que luego dirigió la operación política de la invasión de Bahía de
Cochinos, Gerry Droller, quien concluyó erróneamente que el líder cubano
era un “fuerte luchador anticomunista”. El Departamento de Estado fue
más cauteloso y alertó que el cubano continuaba siendo “un enigma”.

El “período de prueba” que la administración de Dwight D. Eisenhower le
otorgara al nuevo gobierno y a los que proponían una relación
“constructiva” entre ambos países pareció expirar a mediados de 1959.

Pese a esfuerzos tras bambalinas del canciller Raúl Roa y del embajador
de Estados Unidos en Cuba para mejorar el clima de las relaciones, la
destitución de moderados en el gabinete y del presidente Manuel Urrutia,
la reforma agraria dictada por miembros del círculo más cercano a Fidel
y no por el ministro de la Agricultura, así como los constantes ataques
a Estados Unidos en los discursos de Fidel Castro, “agotaron la
paciencia” de Washington.

En una reunión privada con Bonsal, arreglada por Roa, Castro aseguró al
embajador que Cuba no estaba interesada en la Guerra Fría y sugirió que
Estados Unidos debía implementar un Plan Marshall para América Latina.
Pero cuando Bonsal transmitió el mensaje de que los cubanos serían
receptivos a la ayuda estadounidense, la administración ya había
determinado un cambio en su política hacia Cuba.

En general, los autores encontraron varios patrones en los vaivenes de
esta diplomacia tras bambalinas.

Por ejemplo, los cubanos han respondido a demandas de Estados Unidos
cuando estas parecen iniciativas de La Habana y no concesiones. De ese
modo, el gobierno cubano liberó a tres mil prisioneros políticos como un
“gesto humanitario” hacia el presidente Jimmy Carter, aunque
anteriormente había rechazado hacerlo cuando fue presentada como una
condición para la normalización.

De hecho, los autores concluyen que los líderes cubanos esperan que
Estados Unidos no solo dé el primer paso, sino “muchos primeros pasos” y
argumentan que un enfoque más “exitoso” ha sido la realización de “pasos
unilaterales positivos”. Tomar una acción unilateral positiva y luego
sugerir a funcionarios cubanos qué pasos podrían dar que serían vistos
de modo favorable por Washington, sería un modo de avanzar en las
negociaciones, explican.

LeoGrande y Kornbluh también critican lo que denominan “un enfoque
gradual” en las negociaciones, que fue propuesto, por ejemplo por Henry
Kissinger sin éxito. “Cada paso en el camino puede generar oposición
interna”, escriben los autores quienes sugieren que un gesto “audaz”,
como el viaje de Nixon a China, podría obtener resultados más ambiciosos.

Cuba por su parte, no ha sabido reconocer “gestos” de Estados Unidos,
mientras que la Casa Blanca, sobre todo durante administraciones
demócratas, usualmente ha demandado que el gobierno cubano dé pasos
significativos para tener una cobertura ante las críticas internas y
mostrar que una política de diálogo da resultados concretos.

Periodistas y expresidentes como “canales de comunicación” secretos

Según un memorando secreto escrito tres días después de la muerte de
Kennedy por el asistente de seguridad nacional de la Casa Blanca para
América Latina , Gordon Chase, este acontecimiento hacía más difícil la
solución del conflicto con Cuba pues el nuevo presidente Lyndon B.
Johnson no tenía el historial anticastrista de Kennedy, quien podía
haberse sentado a negociar con menos costo político que su sustituto.

Una oferta de diálogo de La Habana estaba en tránsito a Nueva York
cuando asesinaron a Kennedy y Castro estaba interesado en sondear a
Johnson sobre el tema.

La periodista de ABC Lisa Howard sirvió como un canal de comunicación
entre ambos gobiernos en 1964, cuando viajó a Cuba a entrevistar al
líder cubano. Este le envió a Johnson un mensaje verbal que revela el
pragmatismo político con el que Castro manejaba las relaciones con los
Estados Unidos:

“Si el Presidente cree necesario hacer declaraciones belicosas sobre
Cuba durante la campaña o incluso ordenar alguna acción hostil, si él me
informa de manera no oficial que una acción específica es necesaria
debido a consideraciones de la política doméstica, yo entendería y no
tomaría ninguna represalia”, comunicó Fidel a Howard.

Si Johnson decidía mantener el canal de comunicación que había iniciado
Kennedy, el líder cubano prometía absoluto secreto. Pese a la postura
intransigente en el discurso político interno, Castro le aseguraba a
Johnson que creía que “no había áreas de conflicto entre nosotros que no
pudieran ser discutidas y resueltas en un clima de entendimiento mutuo”.

“Dile al Presidente que no debe tomar mi actitud conciliatoria, mi deseo
de entablar discusiones como un signo de debilidad”, agregó, preocupado
por no parecer suficientemente firme.

A pesar de las discusiones en la Casa Blanca sobre la posibilidad de
escuchar la oferta de los cubanos, finalmente el presidente Johnson
decidió “enfriar” el asunto por un tiempo, por temor a parecer “suave”
en este tema, ante las próximas elecciones.

Esta comunicación, afirman los autores del libro, se mantuvo secreta por
35 años.

Un canal secreto más enrevesado se creó a partir de la crisis de los
balseros en 1994.

Pese al rápido anuncio de la administración de Willian Clinton de que
quienes fueran detenidos en el mar no iban a pisar suelo americano, el
flujo de balseros no paraba. Clinton anunció medidas “duras” contra el
régimen de La Habana como la reducción de las remesas a la isla, a
petición de Jorge Mas Canosa, presidente de la Fundación Cubano
Americana, a cambio de su apoyo a la decisión de negar refugio a los
balseros.

Pero la situación siguió escalando y la Casa Blanca optó por entablar un
diálogo con la Habana, donde coincidentemente se había llegado a una
conclusión similar. Fidel Castro propuso a Jimmy Carter como negociador
y ambos se comunicaron a través de una cadena de mediadores telefónicos
que incluyeron en la Habana al fallecido Alfredo Guevara, del círculo de
confianza de Fidel, y en Miami, a los cubanos emigrados Max Lesnick y
Alfredo Durán.

Pero según Peter Tarnoff, en ese entonces subsecretario de Estado,
Clinton decidió conferirle después esa misión al presidente mexicano
Carlos Salinas de Gortari pues no confiaba que Carter fuera un
intermediario neutral. Carter podría presionar su propia agenda a la
administración. Clinton, sobre todo, no quería discutir más allá del
tema migratorio, mientras Castro le interesaba negociar también sobre el
embargo.

“Altos oficiales en Washington, que lo habían aprobado previamente, han
pedido que termine mi comunicación con usted”, informó Carter a Castro,
a quien le agradeció por su “franqueza y respuestas constructivas”. La
nota, entregada a través de la misión cubana en la ONU, sale por primera
vez a la luz pública en el libro Back to Channel, de venta en librerías
online a partir del 13 de octubre.

Puede seguir a Nora Gámez Torres en Twitter por @ngameztorres

Source: Diplomacia por la puerta trasera: los diálogos secretos entre
Cuba y EEUU | El Nuevo Herald –
http://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/america-latina/cuba-es/article2514880.html

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