Cuban agriculture
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Caras largas y bolsillos cortos

Caras largas y bolsillos cortos
REINALDO ESCOBAR, La Habana | 01/11/2014

Uno de los rasgos distintivos de los nuevos tiempos en Cuba es que ya no
es la escasez sino la carestía lo que explica la dificultad para
adquirir los alimentos que se cultivan en la Isla, pero en el fondo de
la cuestión pervive la misma causa de siempre: la improductividad.

Durante décadas los cubanos “se acostumbraron” a la no existencia de
ciertos productos agrícolas. Especialmente en los años 60 y 70 cuando
era más fuerte la dependencia del mercado racionado y los consumidores
se sentían más usuarios que clientes. Los planes productivos estaban
concebidos para satisfacer, a duras penas, lo planificado por el
racionamiento y no existía ni siquiera la forma de comercializar los
excedentes. Todas las veces que surgieron políticas más o menos
aperturistas, como el mercado campesino de los años 80, reaparecían en
las tarimas las frutas, vegetales y viandas, ausentes de la libreta de
racionamiento, pero junto al feliz regreso de mameyes, lechugas y
malangas asomaban también las caras largas de quienes ni siquiera se
metían las manos en los bolsillos frente a los precios desorbitantes.

Entonces el afán justiciero del máximo líder, su voluntarismo sin freno,
determinaba prohibir aquellas manifestaciones de mercantilismo y se
volvían a perder los frijoles, las cebollas y desde luego los cárnicos.
Como el errático andar de Ruperto, un personaje humorístico de nuestros
días, cada dos pasos hacia delante conllevaba necesariamente al menos un
paso atrás. Así anduvimos hasta que el general presidente aseguró que
los movimientos realizados en el marco de la actualización de nuestro
modelo económico serían irreversibles.

Pero las caras largas de “los menos favorecidos” siguen reclamando que
algún Robin Hood ponga orden en este bosque de Sherwood. En las cartas
de los lectores del diario Granma o en el programa Cuba Dice de la
Televisión Nacional, los indignados se rasgan las vestiduras ante “los
abusivos precios que inescrupulosos intermediarios imponen para lucrar
ante las necesidades de la población”. Se reconoce que los productores y
vendedores están amparados hoy en la ley de oferta y demanda y por tanto
están autorizados a poner los precios que ellos quieran, pero otros
piensan que “hasta un límite” porque debe primar la protección al
consumidor.

Sobre este tema la comentarista Talía González ha dicho esta semana en
la revista televisiva Buenos Días : “Hay que reconocer que el
experimento que se realiza en las provincias de La Habana, Artemisa y
Mayabeque desde hace un año ha posibilitado ampliar la oferta y la
variedad en los mercados, pero ahora el fenómeno es otro: los productos
están allí, pero en muchos casos inaccesibles…”

Los funcionarios del Ministerio de la Agricultura afirman que ha habido
un aumento de la producción del 18 por ciento en relación al año
anterior, pero eso no llega a reflejarse en los precios porque los
supuestos incrementos están destinados principalmente a la sustitución
de importaciones o a completar compromisos no siempre bien cumplidos con
escuelas, hospitales y otros sectores sociales.

La culpa de los problemas se le achaca a cuestiones eminentemente
subjetivas, como la falta de control y exigencia; a los atrasos en los
pagos o al incumplimiento de contratos, pero hay algo más profundo,
íntimamente relacionado con la naturaleza de un sistema que, por mucho
que intente actualizarse o perfeccionarse, sigue teniendo la misma esencia.

Cuando un campesino se da cuenta de que 100 libras de cebolla, vendidas
a 40 pesos la libra, le aportan lo mismo que 800 vendidas a 5 pesos ha
descubierto, sin necesidad de ser economista, sociólogo o político, que
en la sociedad cubana actual, por cada consumidor económicamente
favorecido, hay 8 que no lo son. Es decir, si en Cuba hay
aproximadamente un millón y cuarto de personas con la suficiente
capacidad adquisitiva para absorber lo poco que se produce, al precio
que se lo pongan, no habrá interés en aumentar la producción, a menos
que por algún milagro se cumpla la profecía comunista donde se augura
que el trabajo habrá de convertirse en la primera necesidad humana, más
allá de los mezquinos intereses materiales.

¡Ah qué descubrimiento! El sistema no puede funcionar mientras pretenda
mantener una política de equidad y justicia, al tiempo que aspira a una
economía eficiente y sostenible. No se trata de que se haya dado
demasiada libertad a los productores, sino que no se le ha dado la
suficiente. Al menos la necesaria, para que, de entre las ruinas de un
proletariado, forzado a la corrupción para sobrevivir y de un
campesinado temeroso de mostrar su prosperidad, surja una clase media
empoderada y emprendedora. Pero semejante idea, tan liberal, no cabe en
la camisa de fuerza de los lineamientos del 6º Congreso del Partido
Comunista.

Está históricamente comprobado que la productividad crece no solo cuando
están presentes los requerimientos tecnológicos y científicos, que hacen
más eficiente el desempeño de las fuerzas productivas, sino también
cuando existe una necesidad de aumentar la producción, pero una
necesidad respaldada por la capacidad adquisitiva de los consumidores.
De no ser así los países más hambrientos serían los más productivos
pero, lamentablemente, ocurre lo contrario.

En todos los niveles jerárquicos, académicos y políticos conocen a esta
serpiente que no deja de morderse la cola, pero en el inaccesible
recinto donde se toman las grandes decisiones temen reconocer que la
inviabilidad es una regularidad de aquel sistema socialista aprendido
como un catecismo en los manuales soviéticos. No lo van a reconocer
nunca, a menos que las caras largas de los insatisfechos dejen de
irritarse ante las tablillas de precio en los mercados y canalicen su
rabia y frustración hacia donde corresponde.

Source: Caras largas y bolsillos cortos –
http://www.14ymedio.com/blogs/desde_aqui/Caras-largas-bolsillos-cortos_7_1661903794.html

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