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Fin de los delirios?

¿Fin de los delirios?
La historia es lenta, pero no tiene vuelta atrás: algo ya ha cambiado en
Cuba
jueves, diciembre 25, 2014 | CubaNet
Por Jorge Edward *

Tuve las primeras noticias de la revolución cubana en la universidad de
Princeton, en Estados Unidos del presidente Eisenhower y del
vicepresidente Richard Nixon, cuando había terminado mis estudios en
Chile y hacía un posgrado en asuntos internacionales. Había un profesor
de origen cubano, casado con una norteamericana de fortuna, y por su
mansión, alrededor de una piscina hollywoodiense, pasaban
revolucionarios en ciernes, miembros del movimiento 26 de julio,
exiliados diversos y opositores de todas las tendencias a la dictadura
de Fulgencio Batista.

Algunos de esos personajes, el juez Manuel Urrutia, presidente de la
república en los años iniciales del castrismo; Felipe Pazos, joven
economista que después desempeñó cargos importantes, salieron pronto al
exilio. Pero las simpatías por la revolución eran universales; los
primeros exiliados, bautizados por Fidel como gusanos, salían de la isla
y no eran bien acogidos en ninguna parte, con la improbable excepción de
la península de La Florida. Pasaban a ser exiliados apestados. ¡Qué
fácil es ser exiliado chileno, me dijo un intelectual cubano en los
tiempos del pinochetismo, y qué difícil, qué porvenir oscuro, tiene el
exilio del Comandante Castro, el de la gusanera!

Viajé en enero de 1968 a La Habana, invitado por las instituciones
culturales de la revolución. Era entonces diplomático chileno de carrera
y mi país había roto relaciones con Cuba en 1964. Pero el ministro del
Gobierno demócrata cristiano de esos días me autorizó con gusto. Había
partidarios militantes de la revolución castrista, pero también
abundaban por todos lados los simpatizantes discretos y más o menos
secretos. El generalizado espíritu antiyanqui facilitaba las
extravagancias ideológicas de todo orden: desde gaullistas y franquistas
hasta liberales y centristas mexicanos y sudamericanos.

Cuando regresé a Cuba a finales de 1970, como diplomático encargado de
abrir la Embajada chilena, la situación era radicalmente diferente. Una
parte influyente del Gobierno recién instalado de Salvador Allende
pensaba que la panacea política y económica era Cuba: la respuesta
frente a la dependencia y el subdesarrollo de nuestras democracias
mediocres.

Me tocaron días difíciles, intensos, marcados por el fracaso monumental
de la zafra de 10 millones de toneladas de azúcar que había prometido el
Gobierno del Comandante Castro. No tardé mucho en entender que había un
desfase completo entre la visión externa de Cuba y las realidades
internas. En la noche de mi llegada conversé tres horas, entre las dos y
las cinco de la madrugada, en las oficinas de la redacción del diario
oficial, Granma, con Fidel Castro en persona, que mientras conversaba
conmigo escogía las fotos suyas que debían publicarse en
la primera plana del día siguiente, y que de repente, al pasar, con un
gesto rápido, me advertía de que eso no era “culto de la personalidad”.

Al final de la mañana siguiente, un sábado, me visitaban en el bar de mi
hotel escritores cubanos que había encontrado en mis viajes o que me
conocían como lectores. Después del segundo daiquiri, con medias
palabras, haciendo gestos, apuntando a los posibles micrófonos, me
contaron una historia diferente, de sospechas, delaciones, censuras. Me
hablaron de las UMAP, las unidades militares de ayuda a la producción, y
de colegas suyos, acusados de vagancia, de homosexualidad, de delitos
comparables, que habían pasado temporadas en esos infiernos.

Como venía de un país optimista e ingenuo, utopista y mal informado,
donde algunos dirigentes pensaban que la alta inflación serviría para
destruir el poder de la burguesía, decidí escribir mi testimonio. Ya
sabía, a muy poco andar, que si un régimen parecido se instalaba en
Chile, yo sería uno de los primeros en salir al exilio. Lo dije hace
poco, en una conferencia pública, en Santiago de Chile, y un viejo amigo
de izquierda se retiró de la sala, indignado. Es decir, el conflicto
continúa, y después del restablecimiento de las relaciones entre Cuba y
Estados Unidos, seguirá vivo, pero con una posibilidad de apertura y de
evolución interna que son nuevas, que saludo con el optimismo mitigado,
reservado, que las circunstancias permiten.

Cuando salí de la isla al cabo de sólo tres meses y medio, y cuando
publiqué en España mi memoria del caso, Persona non grata, me dijeron
que mi obsesión por la vigilancia policial cubana era una forma de
paranoia. Y recibí en esos días una larga carta de Guillermo Cabrera
Infante, exiliado cubano en Londres, y que me decía textualmente: “No
hay delirio de persecución ahí donde la persecución es un delirio”.

Como pueden apreciar ustedes, el uso correcto del lenguaje es una virtud
esencial. Ahora se ha producido la conjunción de tres personas adaptadas
a la circunstancia: Raúl Castro, más racional, menos impulsivo que su
hermano Fidel; Barack Obama, que desearía terminar con esta herencia
postergada de la guerra fría; y el papa Francisco, que tiene una visión
humanista latinoamericana. No es poco, pero no hay que esperar
resultados rápidos. Pasaron los años del fidelismo, de la diplomacia
impulsiva, de las carreras presidenciales para ir a rendirle pleitesía
al Líder Máximo. Nada cambiará, nos asegura en la prensa la hija de
Raúl, pero algo ya ha cambiado. La historia es lenta, pero no tiene regreso.

PUBLICADO EN EL PAÍS
* Jorge Edward, Premio Cervantes de Literatura, escritor, novelista,
periodista, sus columnas de opinión se publican en El País, Le Monde y
Corriere de la Sella, fue embajador en Cuba del gobierno chileno de
Salvador Allende. En el 2010 fue nombrado embajador de Chile en Paris,
por Sebastián Piñera

Source: ¿Fin de los delirios? | Cubanet –
http://www.cubanet.org/opiniones/fin-de-los-delirios/

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