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Viaje a un “islote encantado” del comercio y la gastronomía en La Habana

Viaje a un “islote encantado” del comercio y la gastronomía en La Habana
febrero 4, 2015
Es preferible socializar la pobreza que capitalizar la riqueza. (Fidel
Castro)
Viciente Morín Aguado

HAVANA TIMES — Como por arte de magia es frecuente la aparición de un
islote encantado el último sábado de cada mes en La Habana. Esta vez
emergió en la calzada de Zanja, entre Belascoaín y San Francisco, donde
una multitud de carpas ofrecían cobertura a lo mejorcito de la
gastronomía en moneda nacional, algo de panaderías, varias tiendas de
ropas sobrevivientes a la debacle del sector y tal vez una decena de
camiones cargados de productos agropecuarios.

Al menos por unas horas los viejos edificios de este segmento habanero
se pavoneaban entre las improvisadas tiendas multicolores, destacándose
los anuncios identificativos de cada establecimiento presente en la
feria sabatina. Sin embargo, tratándose de comida, las cafeterías y
restaurantes reproducen sus habituales ofertas, sin opción a cambiar los
precios, determinados por el estado: Un señor con pizza y cerveza en sus
manos comentó:

“Somos cubanos, nos gusta el aire libre, compartir, llamar a gritos a un
amigo que pasa, no es nada nuevo, pero al menos es un cambio, ¡vaya!
como el cuento de sacar la mesa para el portal y decirle a la mujer que
hoy vamos a comer afuera.”

El reportero constató el trasfondo de las anteriores palabras al
corroborar el cierre, ese día, de “El Italiano” y “Las Avenidas”, dos
salones presentes en la feria. Un trabajador del primero, de guardia en
la sede del local orientaba a los preguntones: “Si desean cualquiera de
nuestros productos, váyanse a la feria de Zanja, allí está todo
concentrado”.

Sin embargo, el “plato fuerte” para los atribulados cubanos estaba en
los camiones, vendiendo al directo sus productos del agro:

“¡Tomates por sólo tres pesos la libra!”, tal era el llamado de un
tarimero en tanto otro colega pregonaba frijoles negros a 10 por igual
factura. Los mercados agropecuarios habituales nunca bajan de 5 para el
tomate y los granos están entre 15 y 18 sin la menor condescendencia por
parte de los atrincherados vendedores.

La vestimenta rústica de estos improvisados comerciantes, su presencia
en la cama de los transportes junto a la mercancía al por mayor,
indicaban a las claras que no eran los despiadados vendedores de
nuestros mercados agropecuarios habituales. El hombre de los frijoles
negros aclaró que ellos venían desde Matanzas, al preguntarle por qué no
repetían la aventura con más frecuencia ripostó:

“Lo hacemos porque es una excepción, lo normal es para nosotros el
surco, sembrar y cosechar, no podemos dedicarnos a venir hasta acá, para
eso están los compradores, ellos trasladan nuestra producción y se hacen
cargo de venderla.”

La propaganda estatal estigmatiza a los intermediarios, eternos
culpables a la hora de explicar los altos precios del agromercado, por
su parte, los manuales de economía política, especialmente la marxista,
explican detalladamente que la ganancia comercial es un desgajamiento
necesario del acto productivo, único capaz de crear riquezas.

El socialismo imperante precisa de chivos expiatorios ante el imperativo
de reconocer su fracaso. Otra variante es disimular, manipular, como en
el islote encantado donde podemos encontrarnos una vez al mes, pensando
que algún día será posible extender tal “abundancia” y hacerla realidad
cotidiana.

La tarde cae sobre las diez cuadras cerradas por la policía en la calle
Zanja, todavía es posible comprar boniatos a un peso la libra y,
sorpresa, apareció un mostrador con carne de cerdo a 21, pierna y lomo,
eso sí, no hay cortes especializados, es obligación comprarla en trozos,
con hueso y grasa incluidos, nada de protestas que bastante es si
comparamos las cifras con las prevalecientes más allá de esta tierra
prometida a fin de mes.

Para la mayoría de los presentes en la feria será obligado cruzar las
improvisadas fronteras de estas diez cuadras, volviendo de súbito a la
realidad. Otra vez aparecerán ante los ojos contrariados las tablillas
anunciando el bistec de cerdo a 40 pesos la libra, acompañado del rostro
indolente de los vendedores.

Bien lo dice el refrán, la felicidad dura poco en casa de los pobres.
—–
Vicente Morín Aguado: morfamily@correodecuba.cu

Source: Viaje a un “islote encantado” del comercio y la gastronomía en
La Habana – Havana Times en español –
http://www.havanatimes.org/sp/?p=103192

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