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Como el Mariel cambió al exilio

Como el Mariel cambió al exilio
La ocupación de la embajada del Perú en La Habana por miles de personas
que buscaban salir del país, el 4 de abril de 1980, dio inicio días más
tarde al éxodo del Mariel
Alejandro Armengol, Miami | 06/04/2015 2:04 pm

Aunque sus miembros tenían edades, orígenes y aspiraciones sociales y
económicas disímiles, la avalancha migratoria producida por el puente
marítimo Mariel-Cayo Hueso ha definido su destino al cumplirse 35 años
de llegar a las costas de la Florida. Constituyen un grupo intermedio
entre los exiliados políticos que los antecedieron y los que —en su
mayoría inmigrantes— llegaron después de 1990.
La tentativa de aproximación con quienes los recibieron —y en muchos
casos luego los rechazaron— marcó por años un afán necesario y
justificado de integrarse a la sociedad que vieron como una esperanza,
pero desde hace tiempo sus componentes marchan por un camino propio, en
que al tiempo de compartir valores y actitudes con quienes vinieron
después, manifiestan una mayor independencia que estos, respecto al
ámbito cotidiano de la situación cubana —en buena medida porque las
décadas transcurridas no solo han servido para una posible unificación
familiar en el exilio, en caso de que se produjera ruptura, y buena
parte de una vida transcurrida en el exterior—, lo cual indica su
autonomía con relación a la posteriores oleadas migratorias, en las
cuales los vínculos de pertenencia con la Isla —en particular en el
ámbito doméstico— son mayores, y las prioridades no se definen tanto en
función de criterios políticos e ideológicos sino por razones
familiares. Por otra parte, la asimilación no se tornó en mimetismo: más
bien extendió las fronteras de su nacionalidad, aunando valores y
actitudes que vistos desde el exterior pueden parecer incongruentes a veces.
Dos motivos fundamentales impulsaron a miles de cubanos a una travesía
incierta. El deseo de vivir en libertad y la necesidad de un mejor
futuro económico. Ambos aspectos se complementan, aunque no son
sinónimos. Con una audacia que en más de una ocasión se interpretó como
falta de agradecimiento, poca capacidad de adaptación e indisciplina,
los marielitos —la palabra se ha ganado el honor de poder rechazar las
comillas— se ganaron su lugar bajo el sol de Miami. Lo consiguieron con
trabajo y dedicación.
Ahora que se destaca el triunfo económico de quienes llegaron sin un
centavo —con apenas la ropa que traían puesta, hecha jirones por la
espera de varios días y el viaje— no debe olvidarse que su integración a
la sociedad norteamericana tuvo un carácter transformador. Miami es otra
ciudad 35 años después. No solo por el paso natural del tiempo y el
aporte de los inmigrantes procedentes de Latinoamérica y el Caribe,
además de la gran oleada de balseros en la Crisis de los 90 y el
continuo aunque limitado ingreso de inmigrantes por la misma vía
marítima, así como el arribo constante de quienes —para decirlo de una
forma estereotipada pero realista— “escapan del régimen”, tanto gracias
al pacto migratorio lograda en esa década como por la diversificación de
las formas de entrada a disposición de los cubanos. Pese a ello, fue la
llamada “generación del Mariel” quien cambió de forma irrevocable la
ciudad, al ampliar el consumo, la fuerza de trabajo y el uso del idioma
español hasta rincones que hasta ese momento habían resistido “la
invasión cubana”.
Los “marielitos”
Los marielitos llegaron cargando diversas “culpas”, de las que le costó
trabajo librarse. La primera fue el haber vivido hasta ese momento bajo
el régimen de La Habana. No importó que fuera por fecha de nacimiento,
ideales políticos o imperativos familiares. Durante los primeros años, a
cada momento se les recordó sus errores o los de sus familiares, que
imposibilitaron una “salida a tiempo del comunismo”. Si hoy en Miami es
normal que al iniciar una nueva vida cualquier cubano no tenga que
ocultar su pasado en la Isla, es gracias al Mariel.
Mientras que hasta ese momento la mayoría de los exiliados habían
llegado gracias a sus esfuerzos y los de sus familiares, luego de un
recorrido que podía incluir una estancia de varias años en un tercer
país y una larga espera —que para muchos significó también largos
períodos de trabajo obligatorio en la agricultura antes de lograr la
salida—, estos recién llegados habían simplemente aprovechado una
oportunidad única.
Tras tomar la decisión de abandonar la Isla —algunos fueron incluso
obligados a irse—, los habían montado en un bote, propiedad de unos
desconocidos la mayor parte de las veces y desembarcado en Cayo Hueso.
No habían venido, los “habían traído”. Esa fue la segunda culpa a
cargar. Lo ocurrido años antes —en el puerto de Camarioca y luego
durante los Vuelos de La Libertad— fue un éxodo escalonado que no llegó
a causar esa división tan precisa y repentina entre unos y otros: “yo
estaba aquí y tú acabas de llegar”.
También a diferencia de quienes salieron primero, los marielitos se
encontraron una estructura creada de negocios cubanos, que les facilitó
su inserción laboral —con mayores o menores ventajas, con un grado más
elevado o más moderado de explotación— e hizo posible que en cierto
sentido fuera menos “traumática” su nueva vida. Las diferencias
personales hacen que esta generalización sea imprecisa, pero se puede
decir que tuvieron que adaptarse a una comunidad antes que a un país. No
fue fácil y en su contra tuvieron la falta de una amplia o quizá
adecuada ayuda federal (en comparación con algunas situaciones
específicas anteriores y respecto a ciertos momentos de la inmigración
cubana que les precedió, aunque esto es siempre un punto de debate).
Pese a los esfuerzos por distribuir la carga que significó la llegada
repentina de un número tan grande de refugiados, el Mariel define el
momento en que la mayoría de los que llegan opta por “pasar trabajos” en
Miami y no marchar a otros estados.
Adaptación doble
Quien se estableció en esta ciudad en los primeros meses de 1980 tuvo
que pasar por dos procesos distintos de asimilación. Uno fue la
adaptación clásica a un nuevo país, nuevas costumbres y un nuevo idioma.
El otro fue el descubrir de que junto con una serie de principios
elementales —que en Cuba se habían ido deteriorando y continúan aún en
crisis—, en Miami subsistían una serie de valores caducos que el recién
llegado pensaba superados. Fue en parte una vuelta a los años 50 en el
mundo de los 80: el futuro en forma de pasado. Siempre hubo alguien que
le leyó el catecismo de la humildad: trabajar duro y honradamente en lo
que se presente, no volverse loco gastando dinero —si lo tenía, cosa
difícil— y no independizarse antes de tiempo. A ello se añadía el seguir
los consejos y obedecer a los que llegaron antes: ellos sabían más,
porque lograron irse primero del infierno y ya estaba establecidos. Esta
fue otra carga —económica y emocional— de la que en parte han conseguido
librarse quienes llegaron después.
Con relación al aspecto económico, los marielitos son unos triunfadores.
Su salario promedio provoca envidia no solo en La Habana sino incluso en
algunas capitales europeas. Un álbum fotográfico de lo ocurrido en los
días del Mariel y las imágenes de la vida actual de algunos de esos
miles de protagonistas constituye un poderoso instrumento de propaganda.
Entonces la historia se captó en blanco y negro. Fueron días extremos,
de grandes contrastes. Ahora el destino de quienes vinieron hacinados en
yates y barcos camaroneros no es posible sin el uso del color. ¿Una
comparación superficial y chillona? Es posible. Ello no la hace menos
verdadera.
Si se pregunta a los que vinieron por el Mariel su grado de asimilación
a Miami, casi todos responden rápidamente que es completa. La inmensa
mayoría no manifiesta interés en regresar a la Isla tras el aún en el
futuro “fin del castrismo”. Al mismo tiempo, esas respuestas seguramente
serán tanto en español como en un inglés que pese al tiempo transcurrido
se pronuncia con un fuerte acento (lo cual cualquier estadounidense de
origen acepta aquí, incluso con independencia de raza). Son
norteamericanos por adopción, pero sobre todo cubanos y más: miamenses.
Dos patrias: Cuba y Miami
El logro de convertir a esta ciudad en una nueva patria tiene sus
limitaciones. Es sumarse a una sociedad creada con anterioridad, en la
que la generación del Mariel participa pero en la que comparte muy poco
poder político. Aunque más moderada en sus opiniones que el llamado
“exilio histórico”, nunca ha ejercido una influencia política
considerable, si se juzga por la ausencia de miembros en las esferas
legislativas y de gobierno. Después de todo, la integración tiene un precio.
El cambio generacional inevitable, que viene aconteciendo tanto en la
política local como estatal y nacional no ha ocurrido mediante una
sucesión en las oleadas migratorias, sino dentro de las primeras
establecidas, aquellas que pueden considerarse a grosso modo que
precedieron al Mariel, que estableció una línea divisoria que se
mantiene, tanto a nivel de negocios como social y político.
La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter
contradictorio, aunque puede justificarse. A diferencia de los que
llegaron durante las décadas de 1960 y 1970, la Cuba que los marielitos
dejaron atrás no significó añoranza, salvo en los recuerdos personales.
Con el paso de los años, la esperanza de un futuro mejor para la Isla no
parece posible en lo que les resta por vivir. No hay tiempo para empezar
una tercera vida, y aunque no se desvinculan de ese futuro — algunos
manifiestan su deseo de invertir en el país tras el fin de los hermanos
Castro—, aceptan con agrado que su hogar definitivo está en Miami.
El triunfo del inmigrante es mayor en la medida que se integra más al
país de adopción. Los logros de los que llegaron por el Mariel han
contribuido en parte a la pérdida de la identidad cubana, en el sentido
más tradicional o decimonónico del concepto. No se puede decir que han
abandonado por completo el sentirse cubano, más bien han aumentado la
geografía de su patria. Este fenómeno ha encontrado un desarrollo
posterior, con las nuevas generaciones de inmigrantes que han creado no
una extensión geográfica sino una disolución de fronteras: Cuba y Miami
en particular están cada vez más unidas que nunca, pero no mediante una
integración de una en otra sino en una disolución de términos, que es a
su vez un fenómeno aislado. Así, lo que se diluye se extiende hacia el
sur o desde el sur, pero es incapaz de penetrar el norte.
Paradójicamente —en lo social y en parte en lo político— Mami crece como
isla y no hacia el continente.
Triunfos culturales
Además del terreno económico, la literatura y el arte son dos de los
campos en que los llegados por el Mariel han realizado una labor más
destacada. Durante ese éxodo por momentos caótico y siempre traumático
arribaron a esta ciudad un buen número de escritores y artistas en
general cuyos nombres son bien conocidos en la actualidad y por lo tanto
no hay que repetirlos ahora. Constituían una parte fundamental de una
generación “silenciada”, que llegaba al exilio dispuesta ocupar un lugar
en la cultura cubana que hasta entonces les había sido negado.
Precisamente en 1983 aparece una publicación con el nombre emblemático,
Mariel, para brindar la posibilidad de expresarse a varios escritores
—en el caso de Reinaldo Arenas con una presencia establecida, otros
desconocidos entonces— que hablaban no solo con voz propia sino también
como grupo.
Se trataba de escritores interesados en emprender otro comienzo para la
literatura posterior a 1959, quienes intentaban hacerlo desde “el
corazón del exilio”. Para conseguirlo, convirtieron su empeño en una vía
renovadora, capaz de abrir nuevas rutas y de transformar la visión que
hasta ese momento existía de la creación cultural en Miami. Ese fue su
mayor mérito: establecer la posibilidad de escribir en esta ciudad no
como una actividad marginal desde el punto de vista creativo; lograr la
necesaria inversión de términos y poder declarar sin pudor que había un
grupo de exiliados para el cual el principal interés es su obra, con
independencia de los oficios que desempeñen sus miembros para poder vivir.
No es que no existieran antes escritores en esta ciudad. Tampoco que en
la actualidad aquí se pueda vivir de los libros. Mucho menos que se
produzca un reconocimiento internacional hacia quienes tercamente
persisten en vivir más o menos cerca de La Calle Ocho, y alejados
—aunque no aislados— de los centros tradicionales de desarrollo
intelectual. Fue abrir la puerta a un empeño lleno de dificultades y
frustraciones: eso es lo que establece la importancia de esta
generación, más allá de los triunfos individuales de sus integrantes y
los esfuerzos que por supuesto no se limitaron a una publicación.
Marcada por una discordancia en la geografía y el tiempo, la generación
del Mariel se lanzó a desarrollar una obra como si viviera en el centro
de la Isla y el exilio. Fue un acto de fe y de locura, pues precisamente
estaba situada en la periferia de ambos cuando surge. Con los años y por
diversas vías, sus miembros han ido recorriendo una senda donde se busca
recuperar la memoria, trascender literariamente la inmediatez del exilio
y ocupar un lugar propio en la cultura cubana, sin dejar nunca de
transitar entre el silencio del pasado y la incertidumbre del futuro.
La adopción de Miami como patria nunca ha dejado de tener un carácter
contradictorio. Los que llegaron durante la década de 1960 impusieron
una Cuba mítica como modelo para la nostalgia. Entre esa imagen
tergiversada y la situación que encontraron quienes llegaron por el
Mariel comenzó a definirse el exilio actual —la añoranza para los
primeros exiliados, la realidad de la Isla para los que viajaron
después— y hoy inexorablemente la balanza se inclina hacia los segundos
por una razón biológica.
Sin embargo, el predominio demográfico no se ha traducido en poder
político. En parte por la saturación política que vienen arrastrando
varias generaciones de inmigrantes, y que se ha acentuado con los años,
y en parte por las naturales dificultades y desventajas del proceso de
adaptación. El hecho de que quienes vinieron después del Mariel
triunfaran relativamente en actividades como la literatura y el arte,
pero nunca en política, obedeció tanto a circunstancias del momento como
a motivos personales.
Ese apartarse de lo circunstancial, en favor de una mayor
transcendencia, fue un logro que no dejó de implicar desventajas: el
abandono de lo cotidiano, para que pudiera ser administrado por los
políticos tradicionales, que en su mayoría aún deben su elección a
votantes del llamado “exilio histórico”; políticos que pueden o no
cumplir su función en mayor o menor grado, pero cuya actuación en muchos
casos ha dejado fuera los intereses de quienes llegaron posteriormente.
Lo que cambió con el Mariel
Si bien el germen de todo ello puede rastrearse hasta los años del
Mariel, no es válido considerarlo como un problema surgido durante esa
época. Su desarrollo actual es consecuencia de las generaciones de
inmigrantes llegadas a partir de los años 90. En primer lugar porque el
éxodo Mariel-Cayo Hueso fue en buena medida un proceso de reunificación
familiar —los familiares de aquí fueron a buscar en bote a los de allá—
y en segundo porque las diferencias hasta ahora enunciadas no implican
una división partidista sino social. En buena medida quienes vinieron
por el Mariel comenzaron a votar como republicanos una vez que se
hicieron ciudadanos —en gran medida por convicción pero también por ese
afán de integración ya señalado— y lo continúan haciendo en la
actualidad. Lo que ocurrió en el Mariel, incluso sin que se lo
propusieran los protagonistas de ambas orillas, fue el enfrentamiento
entre dos visiones: la Cuba de ayer y la Cuba de hoy. Con cambios y
matices, con una transformación profunda, esas dos visiones continúan
hoy día. En ocasiones se oponen y en otras se complementan, pero nada de
eso hubiera sido posible si no es por la decisión desesperada de un
reducido grupo de cubanos, de entrar en una embajada y pedir asilo, y la
respuesta prepotente de un gobernante. Los unos y el otro cambiaron la
vida de miles, y luego de millones.

Source: Como el Mariel cambió al exilio – Artículos – Cuba – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/como-el-mariel-cambio-al-exilio-322433

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