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Éramos esclavos, ¿quién iba a protestar?

“Éramos esclavos, ¿quién iba a protestar?”
En Cuba ha sido habitual el empleo de mano de obra infantil en los
planes económicos del gobierno
jueves, octubre 1, 2015 | Ernesto Pérez Chang

LA HABANA, Cuba.- “Pasábamos hasta una semana sin bañarnos (…), nos
obligaban a ir al campo y si no cumplíamos la norma [de trabajo
agrícola] nos dejaban hasta por la noche, traían un tractor para que
iluminara los surcos y, hasta que no cumplíamos la norma, no podíamos
regresar (…). La comida era un sancocho, pero había tanta hambre que uno
se comía cualquier basura que le pusieran delante. (…) La puerta del
albergue la cerraban con candado cuando daban el silencio a las 10 [de
la noche] y no la volvían a abrir hasta el de pie [a las 6 de la mañana]
pero por la madrugada nos escapábamos por las ventanas para robar pan en
el almacén, nos escondíamos en el sótano y cuando llegaba el carro,
salíamos sin hacer ruido y nos llevábamos el pan (…). Casi todas las
noches metían apagón y era peor. Con luz era horrible, imagínate sin luz”.

“Mi mamá iba a verme los fines de semana en un camión que salía de La
Habana, era un camión de volteo [de carga, sin cubierta], yo prefería
que no fuera porque a veces llegaba empapada y eran como tres horas de
viaje. (…) Hay fines de semana que [los padres] se daban el viaje por
gusto porque no nos dejaban verlos (…). Si no cumplíamos la norma
teníamos que recuperar los fines de semana. (…) Cuando la recogida [de
naranjas] se atrasaba o anunciaban que venía un ciclón, suspendían las
clases y nos llevaban para el campo hasta que no quedaba ni una naranja
en las matas. (…) Éramos esclavos, ¿quién iba a protestar?”.

Los testimonios anteriores pertenecen a dos ex estudiantes del antiguo
sistema de becas para niños de secundaria y preuniversitario que, bajo
el pretexto de la benéfica vinculación pedagógica del estudio con el
trabajo, se mantuvo vigente en Cuba, de modo generalizado, hasta el año
2009.

Según las declaraciones que funcionarios del Ministerio de Educación
hicieron en su momento a la prensa oficialista, la poca sustentabilidad
económica del proyecto ?puesto en práctica a mediados de los años 60 e
impuesto de manera obligatoria después del Congreso de Educación y
Cultura de 1971? fue la que finalmente forzó el cierre de las becas.

Sin embargo, basados en los testimonios de profesores, alumnos y padres
que vivieron la experiencia pero, sobre todo, en los mismos documentos
oficiales que sirvieron como base teórica a la misma, y donde
explícitamente se alude a lo que hoy en día los organismos dedicados a
la protección de la infancia reconocerían como “trabajo infantil”, hay
quienes afirman que la clausura de las becas en verdad es consecuencia
de las presiones que ejercen los tiempos actuales sobre un gobierno
desesperado por mejorar la imagen que proyecta hacia la comunidad
internacional. ¿Cuánto de cierto pudiera haber en esto?

“Las normas de trabajo eran casi las mismas que las de un campesino, la
diferencia era el tiempo en el campo, que era de media jornada pero
recuerda que después venían las horas de trabajo voluntario, que era
casi todas las semanas, la recogida de áreas verdes, la limpieza de los
albergues y las aulas, la preparación militar, eso ocupaba más tiempo
que la docencia”, dice Armando Serafín Nodarse, que entre los años 1976
y 1987 ocupara cargos de dirección en varias ESBEC (Escuela Secundaria
Básica en el Campo) e IPUEC (Instituto Preuniversitario en el Campo), en
la antigua provincia Habana.

“Era la idea de vincular el estudio con el trabajo, nada descabellada,
pero todo el que vivió el momento y ahora lo analiza fríamente a la
distancia de los años, se da cuenta de que fue la fórmula de la que se
agarraron para enfrentar lo que no podían cumplir y, como se dice, matar
varios pájaros de un tiro”, afirma la profesora jubilada Rosalía Puig,
que estuvo vinculada, desde el Ministerio de Educación, al proceso
inicial de implementación del sistema de becas: “Habían prometido
educación gratuita para todos pero eso implicaba gastos que ni el
gobierno más rico del mundo podía asumir, así que lo que hicieron fue
poner a los muchachos a producir, a trabajar. (…) Aparentemente la
educación era gratuita pero en verdad esos millones de niños se pagaron
sus estudios sudando bajo el sol, en los campos, y hasta puede decirse
que les pagaron los estudios a los hijos de papá, porque esos no iban al
campo sino a escuelas especiales (…). Fueron muy astutos, y las ideas de
Makarenko les llegaron en el momento justo. Ya en los 70 mucha gente
comenzó a desmarcarse del proceso y qué mejor modo de ideologizar a los
jóvenes que separándolos de sus familias, encerrarlos, aislarlos,
convertirlos en masa moldeable y a la vez en fuerza de trabajo. (…) Hay
que ver cómo se elaboraban los planes docentes, siempre inspirados en
las experiencias soviéticas, muy bien enfocadas en trabajar las mentes
de las masas (…). Esas cosas no se podían hacer en una escuela con un
sistema tradicional, había que aislar, desconectar. Si el país estaba
desconectado del mundo, esos niños estaban doblemente desconectados de
la realidad”.

“¿Quién dice que era trabajo infantil?, nadie estaba forzado a ir a
trabajar al campo”, dice Rogelio Chapeaux, un ex profesor de
preuniversitario que actualmente se desempeña como asesor en una Casa de
Cultura: “era un sistema bien estudiado que incluso aliviaba a los
padres con los gastos de transporte, de alimentación. (…) El gobierno no
ganaba nada con eso, el trabajo era solo para enseñarlos a ser fuertes y
que todo es fruto del esfuerzo (…). Yo no niego que hubiera directores
de escuela que abusaran o que llegaran a acuerdos con los de la
agricultura para beneficio personal pero son casos aislados. Nunca se
habló de trabajo infantil”.

En el discurso durante la inauguración de unas de las primeras ESBEC, el
7 de enero de 1971, el propio Fidel Castro revela una de las verdaderas
causas de la generalización del sistema de becas en el campo: la escasez
de mano de obra adulta: “Se acaba de realizar el censo de población. Y
de una población de ocho millones y medio de habitantes aproximadamente,
3 millones 443 mil tienen de cero a 16 años de edad; de ocho millones y
medio, casi 3 millones y medio tienen menos de 16 años, que visten,
calzan, consumen alimentos, hay que alojarlos, hay que educarlos, hay
que producir libros para ellos, hay que dedicar enormes recursos humanos
a su educación (…). Y eso tenemos que hacerlo dependiendo de una
economía en que su producción fundamental se realiza básicamente en
forma manual”.

En un informe para la Oficina Internacional de Educación, de la UNESCO,
elaborado por directivos del Ministerio de Educación en el año 1974,
titulado “La Escuela Secundaria Básica en el Campo: una innovación
educativa en Cuba” [Editorial de la Unesco, París, 1974], aunque
enmascarados en la retórica del discurso oficial del momento, los datos
ofrecidos descubren la clara intención del gobierno de beneficiarse del
trabajo infantil en un país donde la mano de obra adulta es escasa para
enfrentar los planes de producción con los que pretendían alcanzar, en
menos de una década, un crecimiento económico superior al de los Estados
Unidos:

“(…) prácticamente el 42% de los habitantes [de Cuba] están por debajo
de la edad laboral, y sólo el 32% de la totalidad está ocupada en
actividades económicas”, dice el informe citado que, más adelante,
señala: “Estas escuelas se construyen y organizan íntimamente
relacionadas a los planes de producción agrícola: cítricos, frutales,
cafetos, vegetales. (…) porque en las condiciones de nuestro clima, 500
hectáreas de cítricos ?por ejemplo? bien atendidas por 500 jóvenes que
integran la población escolar de cada centro, producirán más que
suficiente para sufragar todos los gastos de la escuela. (…) Esto obliga
a establecer una estrecha coordinación entre las actividades productivas
y las actividades educacionales. El responsable del plan agrícola forma
parte del Consejo de Dirección del Centro y el responsable de trabajo
productivo del Centro integra el consejo de administración del plan
[agrícola] (…). Los alumnos trabajan tres horas diarias en el campo, de
lunes a viernes (…). El valor de lo que producirán con energía y
entusiasmo (…) permitirá fundar nuevas escuelas y fomentar nuevos planes
económicos. (…) podemos hacer planes de construcción para 1 200
edificaciones en los próximos diez años”.

Entre los acuerdos adoptados en el Primer Congreso de Educación y
Cultura de 1971 se encuentran declaraciones, tomadas posteriormente como
normativas, que buscan disfrazar de método educativo lo que a la luz de
las propias concepciones de la época no era otra cosa que trabajo infantil:

“Es muy importante que [los estudiantes] se identifiquen con su papel de
productores. Ayuda mucho dentro de esta concepción, el establecimiento
de normas de trabajo para los alumnos de acuerdo al tipo de labor y a la
edad de los educandos. (…) Un joven que se habitúe al cumplimiento de
normas de trabajo, adquirirá un aprendizaje de gran valor moral para su
participación activa dentro de una sociedad sin explotadores”.

El empleo de mano de obra infantil en los planes económicos del gobierno
ha sido una práctica habitual desde los mismos inicios del proceso
político. Tal como se refleja en la prensa de la época, tan temprano
como 1962, miles de niños y adolescentes fueron involucrados en las
labores de recogida del café en las montañas del Oriente cubano.

Según cifras del propio Ministerio de Educación, en abril de 1966, en
granjas de Camagüey, laboraron cerca de 17 mil estudiantes, más de la
mitad de ellos provenientes de las escuelas secundarias básicas y de los
institutos preuniversitarios de la capital. Para finales de los años 90,
según datos del Centro de Estudios de Población y Desarrollo y la
Oficina Nacional de Estadísticas, existían en Cuba cerca de seiscientas
escuelas vinculadas a la producción agrícola, lo que permite calcular
que, cada año, cerca de medio millón de niños en Cuba fueron obligados a
trabajar como si fuesen adultos.

Source: “Éramos esclavos, ¿quién iba a protestar?” | Cubanet –
https://www.cubanet.org/destacados/eramos-esclavos-quien-iba-a-protestar/

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