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Historias de vida en la frontera

Historias de vida en la frontera
REINALDO ESCOBAR (ENVIADO ESPECIAL), Liberia, Costa Rica | Noviembre 28,
2015

Un policía uniformado resguarda la entrada del albergue en la iglesia de
Nazaret, en la región costarricense de Liberia. Está allí para proteger
a 70 cubanos que esperan que las autoridades de Nicaragua les permitan
seguir la ruta a Estados Unidos. No está permitido el acceso a
periodistas, entre otras razones porque la mayoría de los migrantes
prefiere no dar entrevistas.

No obstante, el acento cubano abre todas las puertas. Una vez dentro, un
joven pinareño explica que su familia no sabe que él está en esa
situación y no quiere preocupar a su mamá. “Ella me cree paseando por
las tiendas de Quito para comprar ropa y venderla luego allá en San Juan
y Martínez”. Algo similar le ocurre a María, camagüeyana entusiasta y
carismática, quien espoleada por las urgencias se ha convertido en la
voz del grupo.

María es la representante de los cubanos que están allí. Nadie le dio
ese cargo, nadie votó por ella, pero su manera de expresarse y el
liderazgo natural que muestra, la han llevado a hablar por los que
prefieren permanecer callados. No obstante confiesa a este diario que le
da un poco de miedo hacer declaraciones: “No vaya a ser que el día de
mañana el Gobierno cubano no me permitan visitar a mi familia”.

El albergue recuerda las escuelas al campo por los que pasó la
generación de María y del joven pinareño. La diferencia es que aquí no
están obligados a trabajar en la agricultura ni a escuchar la cansina
propaganda ideológica en el matutino. Son libres, pero tienen una
obsesión: seguir el camino hacia “tierra de libertad”, aseguran.

Sioveris Carpio salió el 3 de septiembre hacia Ecuador. Nunca imaginó
que su ruta se fuera a complicar de esa forma. Llegó a tierra tica el 12
de noviembre cuando ya la frontera estaba cerrada. Ahora, cuando se le
pregunta si no tuvo la tentación de dar marcha atrás, usa una consigna
escuchada mil veces al oficialismo cubano: ” Pá tras ni para coger
impulso. El objetivo mío es llegar”, remacha con una sonrisa.

Es músico aficionado, terminó el doce grado y ha trabajado como animador
y operador de audio en Trinidad, pero vive en el Condado, un rincón del
Escambray donde operaban los alzados en la década del sesenta. “Vivo
cerca de donde está el monumento a Manuel Ascunce, el alfabetizador
asesinado por los alzados”, cuenta y de inmediato aclara “que yo me vaya
para Estados Unidos no quiere decir que yo estoy contra la Revolución”.
En la conversación no hay nadie más que este reportero y el aguerrido
joven, pero por momentos habla como si mil oídos escucharan.

“Nací y me crié bajo un techo revolucionario, lo que pasa es que ando en
busca de una mejora económica”, aclara. Repite la letanía de tantos
sobre su decisión, que “no es política”, pero confiesa que ha elegido
Estados Unidos “porque es un país donde se puede encontrar una
oportunidad para prosperar”.

Si “la cosa se pone mala” y no puede proseguir hasta alcanzar su sueño,
Carpio valora quedarse en territorio tico. “Aquí mismo”, señala y
refiere que “la gente es buena y tenemos el mismo idioma, aunque la vida
es cara y no es fácil encontrar trabajo”.

En Cuba dejó a toda su familia y asegura que sus padres “están sufriendo
muchísimo porque saben que estoy aquí”. Su sueño, incluye sin embargo la
meta de volver algún día a Cuba. “Ahora no, porque desgraciadamente no
hay oportunidades, los salarios son mínimos al extremo de que si te
compras un pantalón no puedes comer en el mes”.

Carpio es un escéptico de los cambios económicos que se han operado en
la Isla en los últimos años. “Los resultados solo se verán a largo
plazo. Habría que esperar mucho y casi tengo 40 años”. El reloj de su
vida ha marcado una hora crucial y prefiere pasar su atardecer en
tierras extranjeras.

Pero Carpio es sólo una parte de este drama. Los pobladores de Nazaret
han visto cómo decenas de estos migrantes llegan a su territorio y han
salido a ayudarlos. Mauricio Martínez vive, desde que nació, frente a la
iglesia Betel en el barrio de Nazaret, aunque no forma parte de la
feligresía habitual del templo. Ahora le dedica muchas horas de su
tiempo a conversar con los cubanos.

“Nunca antes había pasado nada parecido a lo que ocurre hoy aquí. Al
principio teníamos cierta inquietud, pero se trata de gente muy
tranquila y muy bien educada. Son muy respetuosos”, confirma.

La ayuda que la comunidad ha brindado a los migrantes ha sido
espontánea. La gente trae ropa o comida, “según lo que cada cual pueda
porque somos personas humildes”, aclara Martínez. “Pero nos hemos dado
cuenta de lo que están pasando ellos y por eso colaboramos”, reflexiona.

La llegada de los cubanos también está dejando una honda impresión en la
manera que muchos ticos ven el mundo. “Conocerlos nos ha permitido
enterarnos de una realidad muy diferente a la nuestra y distinta también
de lo que podíamos imaginar”, asegura el solícito vecino. “Aquí en el
techo de mi casa tengo una antena para la televisión y ellos me cuentan
que en su país están prohibidas las parabólicas, entonces es que me doy
cuenta de que lo que están buscando en la libertad”, sentencia.

Un vehículo de la firma Movistar está parqueado frente al albergue. El
señor Benavides, agente de ventas se siente satisfecho del éxito que ha
tenido vendiendo teléfonos, tarjetas SIM y recargas a los cubanos.
“Desde que supimos que los albergues se habían llenado de estos
migrantes supusimos que seguramente querían comunicarse con su familia”.

El empleado aclara que “hay un interés comercial, pero lo primero que
nos trajo hasta aquí fue el deseo de ayudar”. “Es sorprendente cómo
conocen las marcas modelos, se ve que son personas modernas y que tienen
muchas ganas de prosperar”, apunta.

No es fácil ganarse la confianza de quienes han tenido que pasar
clandestinamente varias fronteras y temen que les quiten el poco dinero
que les queda o los engañen los traficantes, pero algunos hablan para
este diario como la familiaridad de viejos amigos.

Julio César Vega Ramírez de San José de las Lajas, no le tiene miedo a
nada. Salió de Ecuador hacia Colombia sin conocer el camino, luego a
Panamá en lancha y de ahí a Costa Rica, donde le dieron un salvoconducto
por siete días que le han prorrogado por quince más. “Con esa visa
podemos movernos por todo el país con entera libertad”, asegura.

El hombre cuenta que “aquí todo el mundo nos ha ayudado, la iglesia los
vecinos, las organizaciones. Nos traen sacos de naranja de yuca o
plátano sin cobrarnos un centavo. También cubanos que vive en San José
han traído donaciones”. Aunque también ha tenido el apoyo de su familia
de Miami. “Me han mandado el dinero poco a poco porque no es
recomendable andar con mucho dinero encima”, explica.

Julio César era operario en una recapadora de neumáticos. “Aquí vine con
mi esposa, pero allá dejé a mis cuatro hijos, dos nietos y mi madre”.
Cuenta que su familia estaba al tanto de lo que iba a hacer. “Aunque no
les dije nada a los del trabajo por temor a que alguien me fuera a echar
pa’lante y se me echara a perder el plan”.

Su esposa, Maritza Guerra, es licenciada en enfermería y tiene un máster
en atención integral al niño. Durante años ha sido enfermera en la sala
de pediatría del hospital Leopoldito Martínez en San José de las Lajas.
Es también intensivista pediátrica. “Aquí nos comunicamos con nuestras
familias y amistades gracias a que nos pusieron inmediatamente una zona
wifi a nuestro servicio completamente gratis. Yo quisiera pedirle a los
cubanos del exilio y a los de la Isla que nos ayuden, que por favor,
hagan algo por nosotros”, clama con insistencia.

En la tarde, cuando cae el sol, los árboles se llenan de pájaros. El
ruido que hacen es muy diferente al de los gorriones en los parques de
Cuba, porque aquí hay mucha variedad y todos cantan diferente. Pájaros
que conviven los unos con los otros y vuelan libremente de una a otra
frontera.

Source: Historias de vida en la frontera –
www.14ymedio.com/reportajes/Historias-vida-frontera_0_1897610221.html

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