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El fracaso de ‘Robin Hood’

El fracaso de ‘Robin Hood’
MIRIAM CELAYA, La Habana | Enero 26, 2016

En la esquina de las calles Estrella y Árbol Seco, en Centro Habana, una
carretilla dedicada a la venta de naranjas y mandarinas es lo que resta
de la media docena de artefactos similares dedicados al comercio de
productos del agro que pocas semanas atrás pululaban por toda la ciudad.

La última razia oficial contra estos comerciantes, orquestada a finales
de diciembre, ha llevado prácticamente a la extinción la venta de
viandas, frutas y otros vegetales, dejándola solo en las ineficientes
gestiones del sector estatal y algunos establecimientos vinculados a las
cooperativas.

La nueva batida gubernamental contra los carretilleros –un sector de los
trabajadores por cuenta propia que hasta ahora se había mantenido
relativamente estable, pese al frecuente acoso de inspectores y
policías– tuvo su preludio en los “debates” que se desarrollaron en el
marco del más reciente periodo de sesiones del parlamento cubano, en
diciembre, cuando (¿ingenuamente?) un diputado hizo mención a los
astronómicos precios de los alimentos y señaló a los comerciantes e
intermediarios como la causa del problema.

“La agricultura produce más, pero la gente ve menos comida en su mesa,
pues los precios están cada vez más altos, porque la están
mercanchifleando muchas manos que no son precisamente las del
productor”, expresó el diputado.

Entre las propuestas de soluciones que emergieron en las sesiones
parlamentarias destacó la idea de establecer precios topados para los
productos del agro, y el general-presidente aprovechó la ocasión para
lanzar una cruzada contra los pillos especuladores que lucran a costilla
de las necesidades de alimentación de la población. La acusación alcanza
por igual a los transportistas privados que acarrean los productos desde
el surco hasta los puntos de venta y a los comerciantes particulares, en
especial los carretilleros, quienes son el rostro más visible y
vulnerable del elevado costo de los productos del agro.

De inmediato fueron activados los cuerpos represivos –única institución
eficiente en Cuba– y durante los días finales de diciembre de 2015 se
realizaron numerosos operativos por los barrios más populares de la
capital en un desenfreno de multas, decomisos y supresión de licencias
de venta a los comerciantes minoristas privados. En breve, la ciudad
quedó sumida en una aguda crisis de desabastecimiento.

No solo se decomisaron carretillas y mercancías, sino también numerosos
camiones de transportistas privados, con sus correspondientes cargas. En
las carreteras de acceso a La Habana, fuerzas combinadas de la policía e
“inspectores de decomiso” bloqueaban el acceso de estos vehículos y
requisaban la carga. Las viandas, frutas y vegetales decomisados eran
vendidos después, a bajos precios, en los Mercados Agropecuarios
Estatales (MAE) y en los puntos de venta del Ejército Juvenil del
Trabajo (EJT), tal como si hubiesen sido producidos por las inoperantes
cooperativas del gobierno.

Sin embargo, esta práctica –donde un controvertido Robin Hood que nada
produce se dedica a robar y en vez de regalar a los pobres les vende el
producto de su saqueo– no solo resultó insuficiente para satisfacer
siquiera medianamente la enorme demanda de alimentos de la población
habanera, sino que quebró de golpe el flujo de éstos, produciendo un
mayor desabastecimiento y, en consecuencia, una nueva elevación de los
precios.

Si anteriormente la especulación de “los privados” condujo en alguna
medida a un alza artificial de los precios, la solución oficial la
incrementó, al crear una falsa burbuja de “oferta” que el Estado no es
capaz de sostener ni de producir. La expectativa inicial surgida por el
arribo de productos menos costosos a las tarimas de los agromercados se
disipó rápidamente al dejar tras de sí las mismas carencias y mayores
costos de los alimentos que los que se proponía “combatir” con este
golpe de efecto.

Como es habitual, los diputados cubanos hicieron de caja de resonancia
del Palacio de la Revolución, apuntando a las consecuencias y no a las
causas de la crisis alimentaria en Cuba. Sin embargo, uno de los
factores que más profundamente ha afectado en la producción agrícola y
en la distribución de los alimentos ha sido la cadena de impagos del
sector estatal a los productores y los incumplimientos de sus empresas
de transportación y acopio.

Por otra parte, el Estado asigna muy bajos precios a la producción de
los campesinos privados, aunque no les garantiza semillas, insumos,
plaguicidas, fertilizantes ni los instrumentos de trabajo. En
consecuencia, los productores prefieren negociar directamente con los
intermediarios privados a fin de obtener las ganancias por su labor.

Miguel tiene 72 años, vive en la actual provincia de Artemisa y era
todavía un adolescente cuando “la Revolución” le entregó un trozo de
tierra a su padre, en 1960, que más adelante heredó él. Ellos nunca
quisieron trabajar en cooperativa, así que hasta hoy Miguel sigue
sacándole frutos a su “finquita” por sí solo, o con la ayuda de su
sobrino. Eventualmente, cuando es necesario, contrata uno o dos peones
para trabajar en su tierra, a los que paga 200 pesos (CUP) diarios. “Al
día de hoy nadie te trabaja la tierra por menos que eso”, asegura.

Hace cuatro años, animado por los aires “reformistas” que soplaban,
Miguel decidió firmar un contrato con el Estado. Debía producir una
cantidad fija de viandas y hortalizas, y cobraría por ello un pago que
le pareció razonable. El contrato garantizaba además el transporte de
sus producciones desde el surco hasta la empresa de acopio, y le evitaba
las negociaciones “ilegales” con compradores informales, como los
intermediarios.

“Los intermediarios pagaban más, pero siempre es un riesgo ese trapicheo
sin papeles, así que yo pensé que con el Estado estaría más seguro y más
tranquilo”. Y, en efecto, una vez cumplido su compromiso de producción
con el Estado, Miguel recibió un cheque por poco más de 100 mil pesos
cubanos (CUP), equivalentes a unos 4.583 dólares, por varios meses de
duro trabajo.

Sin embargo, al presentarse en el Banco a cobrarlo resultó que, aunque
el cheque era auténtico y le daba el derecho a cobrar su dinero, “lo que
tenía asignado” como respaldo en ese momento eran solo 2.000 pesos. El
resto del dinero lo iría cobrando gradualmente a medida que el Estado le
destinara fondos, hasta alcanzar la cifra total. ¿Y cuándo le asignarían
el dinero completo? La amable directora del Banco no lo sabía, “pero eso
normalmente demoraba, había que tener paciencia”.

Casi un año después, Miguel pudo cobrar otros 1.000 y algo más, y así ha
estado recibiendo a cuentagotas el pago de un contrato que él cumplió
puntual y honestamente. Hasta la fecha, y a contrapelo de las muchas
cartas y reclamaciones que ha elevado este agricultor particular, solo
ha podido disponer de una fracción minúscula de aquel contrato porque el
Banco no tiene autonomía para disponer de los fondos: forzosamente
Miguel tiene que esperar a que el Estado vaya liberando las cantidades
que decida destinar al pago de la deuda que tiene con él.

De manera que Miguel retornó a su antiguo sistema: vende a los
intermediarios lo que produce con tanto esfuerzo, cobra más y recibe el
dinero inmediata y directamente en sus manos. “No hay papeles, no hay
bancos y no hay estafas. Ni yo engaño a los compradores ni ellos me
engañan a mí. Yo tengo mis clientes más o menos fijos y nunca se me ha
echado a perder ninguna cosecha en el campo, cosa que me pasó algunas
veces con Acopio, cuando no venía a recoger a tiempo. Cuando se echaban
a perder las viandas yo cargaba con las pérdidas. En cambio, los
particulares siempre pagan”.

Entretanto, los precios de los alimentos mantienen sus cotas más altas,
más elevadas aún que las de los mercados agropecuarios que comenzaron a
proliferar en los años 90, tras la caída del bloque soviético. Mercados
aquellos que comenzaron a desaparecer al llegar la era de los subsidios
petroleros desde Venezuela.

Ahora algunos pocos optimistas de lo intangible especulan sobre una
posible solución de la crisis alimentaria en los umbrales del VII
Congreso del Partido Comunista de Cuba, o a partir de los debates que,
esperan, se produzcan en ese cónclave.

Por el momento, el programa de la magna cita de los comunistas solo ha
anunciado una “conceptualización” del modelo de socialismo cubano. Así,
pues, no hay garantías de que en los tiempos venideros tengamos más
alimentos. A cambio, con toda seguridad tendremos toda una nueva batería
de conceptos para redefinir lo que en perfecto español tiene un solo
nombre: fracaso.

Source: El fracaso de ‘Robin Hood’ –
www.14ymedio.com/nacional/fracaso-Robin-Hood_0_1932406755.html

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