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Tractores en Cuba, de fantasmas a orishas

Tractores en Cuba, de fantasmas a orishas
REINALDO ESCOBAR, La Habana | 25/02/2016

“No me pongan en lo oscuro a morir como un tractor”
(parodia popular de un verso de José Martí)

Dos noticias han despertado ilusiones entre los campesinos cubanos. Una
de ellas es que la empresa estadounidense Cleber instalará en la Zona
Especial de Desarrollo Mariel (ZEDM) una fábrica de tractores, a la que
se le ha unido el anuncio de que China abrió una línea de financiación
para que la Isla compre este tipo de vehículo de la marca YTO, con
destino al programa arrocero.

Para animar más las esperanzas, el diario Granma dedica hoy un artículo
en el que explica la situación de los 62.668 tractores registrados en el
país, el 95% de los cuales tiene más de tres décadas de explotación. El
texto incluye el número de estas maquinarias, distribución por
territorios, forma productiva que las gestiona y cuántas tienen gomas o
esteras. Pero nada dice sobre el futuro de esos vehículos obsoletos ni
de los nuevos que llegarán.

Sin embargo, los cubanos aprendieron hace tiempo que cuando el río suena
es porque trae piedras, pero cuando no suena también. Hace ya mucho
tiempo que nadie ha vuelto a repetir desde una tribuna o en una reunión
con altos funcionarios que arar con bueyes es mejor que hacerlo con
maquinaria agrícola motorizada.

Los mil tractores pequeños que propone producir anualmente la firma
norteamericana son óptimos para usarse bajo los métodos de cultivo
organopónico y se ha sugerido que serán vendidos a agricultores
independientes en Cuba. El nombre con el que saldrán al mercado es
Oggún, uno de los principales orishas de la religión yoruba que se
vincula con la tecnología y los cirujanos.

Una leyenda rural, narrada por viejos operadores de tractores ya
jubilados, cuenta que a finales de los años setenta por la zona del
vivero de San Juan y Martínez se llegó a abrir una enorme fosa para
enterrar centenares de tractores destruidos. Equipos enteros pasaron a
chatarra antes que entregarlos a los campesinos. La propiedad del Estado
“estaba dispuesta a morir” antes de transferirse a las callosas manos de
los productores privados.

Pasó el tiempo y llegó el Período Especial y solo entonces se tomó la
decisión de ceder lo que fuera inservible. Alfredo Pérez, operador de un
Ford del año 56 perteneciente a la finca La Isleña en Pinar del Río,
cuenta cómo funcionaba ese traspaso. “Hasta donde yo sé, en los años
noventa comenzó aquello de que las empresas del Estado empezaron a dar a
los agricultores privados alguna maquinaria agrícola”, dice.

El campesino recuerda que se trataba en la mayoría de los casos de
tractores que estaban considerados de baja, por lo que en todo el
papeleo burocrático, aparecía como la venta de un equipo desahuciado, no
una propiedad. A partir de ahí le tocaba al campesino encontrar la forma
de lograr lo que el Estado no había podido hacer a pesar de todos sus
recursos, que era ponerlo a funcionar. “Entregaban un fantasma que había
que resucitar”, recuerda Pérez.

A pesar del mal estado técnico del equipo, era necesario contar con una
carta de aval del presidente de la cooperativa y el compromiso de
prestar servicio con aquel vehículo a cuanta entidad lo necesitara,
incluyendo a la policía.

La práctica actual es que cuando una empresa del Estado recibe un parque
nuevo de maquinaria le traspasa la propiedad de los equipos viejos a las
cooperativas. A veces son máquinas destrozadas, otras en mejor estado e
incluso la propia empresa puede facilitarle a la cooperativa las piezas
para que los pongan a funcionar.

Otra forma de adquirir un tractor es tener la enorme suerte de conocer a
un propietario de un equipo de fabricación norteamericana que quiera
venderlo. Los soviéticos otorgados por el otro sistema no están
autorizados a comercializarse. El precio de estos “almendrones
agrícolas” puede oscilar entre los 100.000 o 150.000 pesos en moneda
nacional, en dependencia del estado técnico y los aperos de labranza que
incluya.

Alfredo, hermano de Pérez, solo conoce a un campesino al que le
vendieron “hace diez años un tractor nuevo y fue Alejandro Robaina”, el
célebre tabacalero de Vueltabajo. El agricultor guarda algunas reservas
y se pregunta si “los americanos” van a distribuir de forma centralizada
sus productos a través del Estado o los comercializarán libremente.

Con esa sabiduría del hombre del campo que sabe que hasta que no recoja
la cosecha nada está seguro, Alfredo cree que hacerse ilusiones con los
tractores Oggún es muy prematuro “porque ni siquiera está confirmado que
podrán hacer la fábrica” y “eso solo lo dirá el tiempo”.

El aumento de la producción de alimentos es una prioridad para el
Estado, para sustituir importaciones y satisfacer la demanda. El
desabastecimiento y la consecuente alza de los precios genera
controversias de todo tipo, pero en algo todo el mundo se pone de
acuerdo: la solución es producir más y para eso no basta con la
voluntad, hacen falta herramientas. Los agricultores necesitan mejorar
sus recursos y comercializar tractores pone a prueba viejos prejuicios
gubernamentales; enfrenta al campo cubano, detenido en el siglo veinte,
con la modernidad que necesita.

Source: Tractores en Cuba, de fantasmas a orishas –
www.14ymedio.com/blogs/desde_aqui/Tractores-Cuba_7_1951074875.html

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