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La clase media en Cuba – una necesidad

La clase media en Cuba: una necesidad
DIMAS CASTELLANOS | La Habana | 4 Abr 2016 – 7:57 am.

El estancamiento económico y social de Cuba está relacionado con la
inexistencia de una clase media. A defender esa tesis y provocar el
debate expongo las siguientes líneas.

Las clases sociales, según Carlos Marx, se estructuran a partir de la
propiedad sobre los medios de producción. Mientras, para Max Weber lo
hacen a partir de la posición en un mercado que define el acceso a
bienes y oportunidades. Dentro de la estructura clasista, que va de la
alta burguesía al proletariado, el poder y la riqueza de la clase media,
que no dispone de grandes capitales, provienen de la participación
directa en la gestión empresarial.

Basada en una cultura del esfuerzo personal, el trabajo y la sobriedad,
y por su utilidad en el desarrollo económico y social, la clase media
surgida de las revoluciones liberales en la Inglaterra del siglo XVII se
extendió a otros países, hasta que en el siglo XX en Estados Unidos
—donde las novedosas técnicas de producción en línea permitieron
abaratar el costo de los productos, aumentar los salarios y generar una
dinámica económica que redundó en el mejoramiento de las condiciones de
vida—, surgió la clase media norteamericana.

En Cuba su germen data del siglo XVI. Paralelo a los grandes latifundios
ganaderos emergieron los pequeños agricultores que conformaron el
cimiento de la nacionalidad cubana. Su crecimiento numérico se aceleró
con la demanda de azúcar, provocada por la ruina de Haití a fines del
siglo XIX, que condujo a la conversión de una parte de los latifundios
ganaderos en haciendas comuneras y al aumento de la cantidad de
ingenios. Sin embargo, la introducción de maquinaria moderna y la
construcción de grandes ingenios arruinó a los pequeños productores. Se
produjo una separación del agro y la industria de la cual surgió la
figura del colono, dedicado exclusivamente a sembrar caña. Esa
concentración de la propiedad aumentó a principios del siglo XX con las
disposiciones dictadas por el Gobierno de ocupación que, en detrimento
de la pequeña y mediana propiedad agraria, autorizó la compra y
expropiación de tierras para el ferrocarril y los nuevos ingenios.

De forma paralela al proceso descrito fue surgiendo una infinidad de
pequeños talleres de producción, comercios y servicios, de los cuales
emergió un empresariado nacional que en la primera mitad del siglo XX
constituía un sector de importancia.

El empresariado nacional, con las bases establecidas por la Constitución
de 1940, donde la intervención del Estado no suplantó sino que
complementó la iniciativa empresarial, ubicó a Cuba entre los tres
países de América Latina con mayor estándar de vida. Su lado débil
estuvo en la ausencia de las leyes complementarias para realizar una
reforma profunda que diversificara la propiedad agrícola.

En la Cuba antes de 1959 predominaron las microempresas (hasta 10
trabajadores), las pequeñas (de 10 a 49) y la medianas (de 50 a 249). De
alrededor de 2.300 establecimientos industriales, la mitad eran
microempresas, lo que demuestra su extensión. Aunque en la década de
1950 las empresas transnacionales llegaron a representar un tercio del
total de inversiones realizadas, las microempresas constituían el 45%
del tejido empresarial y se estima que las pequeñas eran el 35,5%[1].

La Revolución

En octubre de 1960 la Revolución estatizó prácticamente toda la
industria nacional con más de 25 trabajadores[2]. Con las dos leyes de
reforma agraria (1959 y 1963) concentró en el Estado un volumen de
tierras superior al de los grandes latifundios. Y en 1968, con la
“Ofensiva revolucionaria” liquidó decenas de miles de pequeños
propietarios que habían logrado subsistir. Los dueños fueron sustituidos
por jefes y administradores sin intereses, conocimientos ni cultura
empresarial. El resultado lo conocemos.

El fracaso de la estatización obligó a implementar la actividad privada
bajo el eufemismo de “trabajo por cuenta propia”. En octubre de 2010 se
permitieron 178 actividades y hoy se continúa limitando a unas 200, casi
todas de servicios. La cantidad de licencias para el sector
cuentapropista, que en 1994 era de 121.000 y que en 2005 llegó a
165.000, es hoy de unas 500.000. Ese crecimiento, unido a algunas
flexibilizaciones posteriores, convierten a este sector en el embrión de
una nueva clase media nacional.

Y ahora…

El camino para convertir esa posibilidad en realidad transita por
liberar la economía de las trabas políticas; extender las micro,
pequeñas y medinas empresas a todas las actividades agrícolas,
industriales y de servicios; instituir el derecho de los cubanos a ser
propietarios; dotarlos de personalidad jurídica y libertades para
vender, comprar y relacionarse con otros productores internos y
externos; motivarlos con imposiciones fiscales bajas y créditos
bancarios; crear un mercado mayorista; propiciarle el acceso libre a
internet; e instituir el derecho de asociarse para la defensa de sus
intereses. Todo lo cual depende única y exclusivamente del Gobierno cubano.

La preocupación por la formación de una clase media fue constante en
todas las épocas.

En 1808 el Obispo Espada[3] elaboró un proyecto basado en una economía
diversificada de pequeños productores agrícolas. En 1832, José Antonio
Saco planteó la conversión de las plantaciones esclavistas en pequeñas
parcelas agrícolas. En 1857, Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces,
expuso que Cuba debiera ser por excelencia la patria de la pequeña
propiedad y de los cultivos en escala menor. Martín Morúa Delgado
planteó la democratización de la tierra. Enrique José Varona aconsejaba
promover la pequeña propiedad y fomentar una clase media nacional. José
Martí, quien consideraba que es rica una nación que cuenta muchos
pequeños propietarios, decía que “no es rico el pueblo donde hay algunos
hombres ricos, sino aquel donde cada uno tiene un poco de riqueza”.
Manuel Sanguily, quién comprendió que la desposesión de la tierra de
manos cubanas era un golpe contra la propia nacionalidad, presentó al
Senado, el 3 de marzo de 1903, un proyecto de ley “Contra la venta de
tierras a los extranjeros”[4].

La pregunta: ¿Cómo usted ve el panorama económico de Cuba?[5], realizada
en 1959 por Lisandro Otero a empresarios y gerentes del país, arroja luz
sobre la posición y el pensamiento de aquel sector que fue barrido por
la revolución. Por razones de espacio, reproduzco solo fragmentos de
cuatro de ellos:

-Pepín Bosch, Presidente de la compañía Bacardí, respondió: “He tenido
siempre una gran fe, Cuba no es un país pobre, los pobres han sido sus
gobiernos que por falta de honestidad y capacidad han sido incapaces de
desarrollarla ni siquiera al límite como lo han hecho la industria y la
agricultura privada”.

-Víctor Pedroso. Presidente del Banco Pedroso, expresó: “En reciente
reunión con el Primer Ministro Fidel Castro y los bancos se habló de la
Reforma Agraria, la Industrialización del país y el Instituto Nacional
de Ahorro y Viviendas”. “Indiscutible que todos esos planes llevados
adelante de forma previsora y bien estudiados lograrán mayor prosperidad
para los cubanos.” “Adoptándose medidas nuevas de inversión, aprenderá
el público a invertir y hacer buen negocio logrando la satisfacción de
haber cooperado al bienestar colectivo.”

-Enrique Godoy, Presidente Ejecutivo de la Organización Godoy y Sayán,
opinó que: “Honradez y capacidad es fórmula infalible para inspirar
confianza a los dos factores vitales para el fomento de la riqueza
nacional, capital y trabajo.” “Vislumbro ahora más que nunca antes, el
desarrollo de una clase media, gran consumidora de toda clase de
productos y servicios, disfrutando de un alto nivel de vida, de
elevación incesante y práctica eliminación del desempleo.”

Julio Lobo, accionista mayoritario de 11 centrales azucareros, dijo:
“Con honestidad, capacidad y progreso en la administración pública, Cuba
será una de las naciones más ricas y desarrolladas del mundo. Es natural
que los comunistas traten de infiltrarse en el nuevo Gobierno y en sus
organismos, como ha ocurrido en los propios Estados Unidos y en todas
partes del mundo, pero con una administración capaz, honesta y
progresista, los comunistas difícilmente encuentren una brecha.”

En el nuevo escenario, la existencia de micro, pequeñas y medianas
empresas y la existencia de una clase media nacional sin la cual no se
puede explicar el desarrollo alcanzado hasta 1959, se justifica por el
estancamiento actual, por el papel que desempeñó antes de 1959 y por la
falta de argumentos para su ausencia.

[1]PYMES en Cuba: ¿utopía o realidad?. Omar Everleny Pérez Villanueva.
Miradas a la economía cubana. LEditorial Caminos, Habana 2015, p. 31

[2] Fomento de las PYMES en Cuba. Repensando la empresa estatal
socialista. Juan Carlos Palacio Civico. Editorial Caminos, Habana 2015, p.44

[3] Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, Obispo entre 1800 y 1832

[4] H. PICHARDO. Documentos para la historia de Cuba. Tomo 2, p.261

[5]Manuel de Jesús Céspedes Fernández. Los curiosos apuntes de Liborio.
Libro inédito.

Source: La clase media en Cuba: una necesidad | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1459753072_21421.html

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