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Añejas polémicas cubanas – el Palacio Municipal de Santiago de Cuba (I)

Añejas polémicas cubanas: el Palacio Municipal de Santiago de Cuba (I)
Trabajo en dos partes. La segunda aparecerá mañana miércoles
Félix J. Fojo, Miami | 25/10/2016 10:32 am

Hay una especie de destino, un hado, benéfico o maléfico, que lleva a
ciertas ciudades a convertirse en capitales, y que lleva a otras, que
quizás lo merecían más, a que a despecho de desearlo con fuerza sus
habitantes, no lo logren, y la isla de Cuba, y algunas de sus comarcas,
no han escapado a ese sino geográfico e histórico.
Cuando la villa de Santiago de Cuba ya era la capital de Cuba (una Cuba
que primero se llamó Juana, en algún momento Alpha, aunque a usted le
parezca raro, y luego Fernandina) entre 1514 y 1515 —Baracoa lo había
sido primero, en 1511, pero esa villa, “La Primada”, no ha manifestado
nunca, que el autor sepa, sus ansias capitalinas— La Habana, la
predestinada a ser capital, no existía, o si existía era un pueblucho de
maltrechos ranchos de guano de palmas en un punto (probablemente dos
sitios diferentes, uno primero y otro después) que ni tan siquiera ha
podido ser ubicado sobre el terreno con absoluta certeza.
Esa Santiago de Cuba naciente, pero pujante, sería el punto de partida
del alcalde mayor de la propia villa, Hernán Cortés Monroy (1485-1547),
para la Conquista del México de Moctezuma (1518), eje, a su vez, este
señor Cortés, de otra polémica con el Adelantado Diego Velázquez de
Cuéllar (1465-1524), el fundador de la villa; una disputa que se ha
contado de varias formas distintas, todas desagradables, y también fue
Santiago de Cuba el punto de llegada para los primeros esclavos negros
(unas 300 “piezas de ébano” en 1521), un feo baldón pero muy propio de
la época. Pues bien, Santiago seguiría siendo, por unos cuántos años
más, la capital de la Isla, por lo menos hasta que un gobernador civil,
el magistrado Gonzalo Pérez de Angulo, comenzando, o continuando, un
éxodo a goteo de santiagueros hacia otras partes que aún hoy no ha
terminado, decidió —o muy probablemente decidió el distante gobierno
central en España, o ambos— trasladarse con todos sus matules a La
Habana. Una Habana que ya estaba bien establecida alrededor de su bahía
—y justo frente por frente a la Corriente del Golfo, no olvidemos esto—
desde 1519. Lo cierto es que la “deserción”, llamémosle así a esta un
poco precipitada mudada, de Pérez de Angulo ocurrió aproximadamente en
1550, pero eso no significó automáticamente que La Habana se convirtiera
en la capital oficial, pues no fue declarada ciudad (y de hecho
capital), por el Emperador Felipe II (1527-1598), hasta el 20 de
diciembre de 1592. Téngase en cuenta que Santiago de Cuba había sido
declarada ciudad tan temprano como en 1522, entre otras cosas porque
para esa fecha ya tenía catedral, algo que le debe al energético obispo
Fray Juan de Umite.
Resumiendo:
En teoría, Santiago de Cuba era la capital de la Isla, pero el
gobernador escogido por el gobierno central vivía —todos los sucesores
de Pérez de Angulo siguieron haciéndolo así— en La Habana, y desde allí
gobernaba, o trataba de gobernar, toda la Isla. Una manera como otra
cualquiera para los santiagueros de ver como el poder se desvanecía y
pasaba a otras manos, unas manos para ellos ajenas pues el concepto de
cubanía, identidad cubana diríamos hoy (si es que se ha completado, que
ese es otro tema que no cabe aquí), distaba mucho, varios siglos, en el
tiempo.
Si miramos el mapa de 1515 poco hay que objetar en cuánto a la elección
de Santiago de Cuba como capital de la isla de Cuba: una buena ubicación
en la costa sur, igual que Santo Domingo, la capital de la Española; una
soberbia bahía de bolsa o de botella para ofrecer eficaz protección
climática y militar a los barcos; una zona periférica escarpada
satisfactoria para la defensa en caso de ataque por tierra; agua dulce
abundante, maderas, cultivos, y las facilidades, cosa muy importante
entonces, para relacionarse favorable y rápidamente —por mar, se
entiende— con el eje caribeño, ese Caribe, ese “Mar de las lentejas”
(Antonio Benítez Rojo) que era el centro del mundo del conquistador
hispano de aquel momento.
Como lo describía, muchísimos años después, el intelectual santiaguero
Dr. García Baylleres en la revista Acción Ciudadana (1940 y reproducido
nuevamente en 1943):
(…) por su población, situación geográfica, medios de comunicación y
equidistancias a los centros interiores y exteriores del Mar Caribe,
cultura, riqueza agrícola e industrial, como centro de atracción
turística de la zona antillana e intelectual y financiero de las
repúblicas del Caribe y de las colonias angloamericanas.
Muy cierto. La ubicación ideal. Pero lo ideal a veces no resulta,
lamentablemente, ser lo más práctico o lo más viable, o, seamos
esotéricos por un momento, lo que los hados deciden.
Pues bien, si saltamos un poco hacia adelante en nuestra historia y
miramos nuevamente con atención el mapa, pero ahora fechado en 1561
—menos de cincuenta años después— justo el año en que Felipe II emitió
su edicto (16 de julio de 1561) prohibiendo toda navegación hacia y
desde España que no fuera dentro del sistema de “flotas” o como
comenzaron a denominarle a esas agrupaciones bianuales de naves de
guerra y cargueros: “La carrera de Indias” de Sevilla, nos daremos
cuenta inmediatamente el por qué el sol habanero ascendía y el
santiaguero continuaba su lenta pero imperturbable declinación. La
soberbia ubicación geográfica de La Habana era el secreto, un secreto
que muy probablemente no vislumbró el que la fundó, el señor Pánfilo de
Narváez (1470?-1528?), un individuo que hoy se hubiera ganado un
tribunal militar por genocida y sobre todo por perdedor, pero que de
todas maneras pasó —sin proponérselo, que él solo quería oro y nada más
que oro— a la historia.
Santiago apuntaba hacia el Caribe, que disminuía ostensiblemente en
importancia geográfica y económica comparativa, mientras que La Habana,
justo a la entrada del Golfo de México, apuntaba hacia el continente,
que aumentaba cada vez más en importancia, tanto militar como económica,
sobre todo esta última, que el comercio, y sobre todo la descocada
rapiña metalífera del gobierno imperial eran la razón última de las flotas.
Fue la Corriente del Golfo, ¿se acuerdan?, con su facilidad para
impulsar aquellos frágiles barquitos —pequeñitos, sí, pero cargados de
oro, plata y pedrerías hasta los topes— hacia España la que le dio a La
Habana su preeminencia y la convirtió (¡prosopopéyicos que eran los
españoles!) en “Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias
Occidentales”, un nombrecito que hizo famoso el habanero José Martín
Félix de Arrate (1701-1765) pero que ya venía dando vueltas desde
bastante antes. O como escribió el historiador Manuel Moreno Fraginals:
“La Habana fue un fenómeno aparte cuya relación con el exterior fue
mucho más importante que su conexión con el resto de Cuba”.
La Habana estaba, como diría un norteamericano —que no existían los
gringos en aquel momento y les faltaba bastante para existir, valga la
aclaración— en el lugar correcto en el momento correcto, y Santiago de
Cuba, pues Santiago estaba ya, desde tan temprano, en el lugar equivocado.
Y tanto lo estaba que corrió el riesgo cierto de verse despoblada:
ataques de piratas y corsarios de por medio, salida de muchos de sus
habitantes a exploraciones y conquistas (Hernando de Soto hacia La
Florida, por poner un solo ejemplo), desplazamiento de muchos de sus
vecinos a Bayamo (situada en el interior y por tanto con más
oportunidades de huir de los depredadores) y para terminar, el último
clavo en la tapa, la cédula de fecha 8 de octubre de 1607 que supeditaba
el gobierno de Santiago al de La Habana, una ciudad desde la que
resultaba casi imposible —distancia, bosques inmensos, ríos crecidos y
falta de caminos mediante— conocer y suplir las necesidades de los
santiagueros y que muy probablemente tampoco tenía mucho interés —que la
distancia, la riqueza y el poder vuelve ingratos a la gente— de
ayudarles, que pretextos para no hacerlo sobraban y seguirían sobrando
hasta hoy.
Pero Santiago, mal que bien, sobrevivió, y hay que reconocerle a los
santiagueros que a despecho de los malos tiempos, las penurias
económicas y las catástrofes de todo tipo, incluyendo temblores de
tierra y terremotos, hay entre ellos un núcleo duro ciudadano, un apego
al terruño, una patrilocalidad que se aferra siempre a su ciudad, por
muy del interior —“el interior”, le llaman los habaneros, con cierta
arrogancia, a todo lo que no sea La Habana—que sea, que esa
“interioridad” le cayó encima casi desde el principio y aún hoy persiste
sobre ellos como una pesada losa.
En 1762, durante la Guerra de los Siete Años, los ingleses tomaron por
la fuerza la ciudad de La Habana, un hecho que pudo haber despertado la
ilusión de un renacimiento político y económico de Santiago —que
paradójicamente había sido atacada y muy bien defendida de esos mismos
ingleses por el gobernador español Francisco Antonio Cagigal de la Vega
veinte años antes, durante la Guerra de la Oreja de Jenkins, 1739-1742—
pero si es que la hubo, esa ilusión duró muy poco, pues los ingleses,
después de solo once meses de ocupación, una ocupación que no fue más
allá de los alrededores de la ciudad, cambiaron La Habana por una parte
de La Florida (¡Habrase visto cosa igual de tonta!) y todo volvió a ser,
más o menos, como antes.
Después vino la revolución haitiana (1790-1809) y el arribo a Santiago
de Cuba y sus periferias montañosas, en cuatro oleadas bastante bien
diferenciadas, de los colonos franceses en fuga y algunos de sus
esclavos. Una época de alza que marcó a Santiago, y a los santiagueros,
de muy diversas formas, casi todas positivas (ver: La emigración útil y
varios artículos más, Alain Yacou, 1987, 1990, 1996 / Historia del café,
Francisco Pérez de la Riva, 1952 / El otro Corso, F. J. Fojo, 2014 y
muchas otras investigaciones sobre el tema), entre ellas, además del
cultivo avanzado del café, el ímpetu comercial, el arte, la música, la
gastronomía, la medicina, las buenas maneras, etc. con la construcción
del folklórico barrio santiaguero del Tivolí, donde se dice nació el
otrora famoso carnaval de la ciudad y donde también, andando el tiempo,
vieron la luz el creador del bolero, José (Pepe) Sánchez (1856-1918), el
trovador Sindo Garay (1867-1968), el popularizador del son, Miguel
Matamoros (1894-1971), y el purista de la guaracha, Antonio Fernández
(Ñico Saquito) (1902-1982) (ver los estudios de los historiadores Olga
Portuondo Zúñiga, Rafael Brea, José Millet y Alejandro Pichel Verdasco
sobre los carnavales de Santiago de Cuba / sobre la música santiaguera,
el bolero y el son existen centenares de excelentes trabajos).
Pero no, no alcanzó el impulso de la abundante migración francesa para
que Santiago de Cuba, tan maltratada por la perenne y crónica partida de
muchos de sus hijos, a veces los más dotados artística y/o
intelectualmente, y la siempre presente corrupción y lenidad colonial,
superara sus limitaciones.
Y así sigue la historia.
Vino, ya mencionamos algo de la música, la cultura escrita: Los poetas y
escritores José María Heredia (1803-1839), Luisa Pérez de Zambrana
(1835-1922), Pedro Santacilia Palacios (1834-1910), Enrique Hernández
Miyares (1859-1914, uno de los tantos que se fue para La Habana y no
volvió), José Manuel Poveda (1888-1926) y ya en el siglo XX la familia
dominicana, radicada en Cuba, Henríquez Ureña, sobre todo Max(imiliano)
(1886-1968). Debe mencionarse también el político, empresario,
intelectual e historiador Emilio Bacardí Moreau (1844-1922), una de las
personalidades más interesantes y prolíficas que ha dado, genuinamente,
la ciudad de Santiago de Cuba. (Recomendamos el interesante estudio
sobre la lírica santiaguera del investigador de la Universidad de
Oriente, Ronald Antonio Ramírez Castellanos, UO, 2016 pero la
bibliografía sobre el tema cultural es abundante).
Y vinieron las conspiraciones separatistas y anexionistas (el
santiaguero Porfirio Valiente y unos pocos más) que, cosa curiosa, no
prendieron tanto en Santiago como en otros lugares de la Isla —¿Sería
acaso la gran cantidad de españoles y otros extranjeros avecindados en
la ciudad la causa?— Es posible, pero pensamos que merece estudiarse el
asunto. (Ver, por ilustrativos, los estudios de la investigadora Maritza
Pérez Dionisio). Luego vino la llamada Guerra Grande, desencadenada
fundamentalmente en Bayamo, en el norte de Oriente y en Camagüey, pero
que fue acercándose a la ciudad de Santiago de Cuba sin llegar a
penetrarla nunca de una manera eficaz (salvo en las ideas, claro),
aunque sí destruyendo la agricultura y la incipiente industria en sus
alrededores, lo que incrementó el éxodo de muchos santiagueros hacia La
Habana o hacia tierras más lejanas, como España, Tampa, Cayo Hueso (Key
West) y New York, un éxodo muy justificado en este caso pero que,
lamentablemente, ha herido el caudal humano de Santiago aún en tiempos
menos dramáticos, y lo sigue haciendo.
Como escribía en su artículo Pobre Santiago el abogado santiaguero Dr.
Tomás Puyans, publicado en el Periódico Oriente y luego reproducido en
la revista Acción Ciudadana # 33 de 1943:
(…) como no criticar a aquellos santiagueros que parten a La Habana, se
olvidan de su ciudad, viven de sus rentas en esta ciudad oriental y en
realidad son absentistas… para mí no son más que mal emigrados.
Por cierto, y esto es un comentario al margen, el autor de este ensayo
ha observado, y tiene familiares santiagueros, que el victimismo (¡Pobre
Santiago! ¡Pobre Cuba! ¡Pobre yo!) suele ser consustancial a la
identidad santiaguera. ¿Es ese victimismo congénito, caso de ser real,
una secuela de los avatares de la ciudad o es el victimismo una parte de
la causa de esos avatares? No lo sé, pero, por supuesto, esto sería tema
de una discusión mucho más profunda y de otro —u otros— ensayo.
Y más adelante la Guerra del 95, que sí tuvo una participación
santiaguera mucho mayor, trascendental diríamos (Los hermanos Maceo,
Guillermo Moncada, Donato Mármol, Quintín Banderas, etc.), sobre todo
entre su población de ascendencia africana. Una guerra que culminó con
la capitulación del general español José Toral y Velázquez, jefe militar
de Santiago de Cuba y de toda la isla de Cuba, ante el general
norteamericano William Rufus Shafter (16 de julio de 1898). Una derrota
que puso a un general de segunda fila (Toral) en la difícil y penosa
situación de asumir, en interinatura, el mando de un ejército en vías de
descomposición, pero todavía activo y peligroso (¿Más activo y peligroso
que los propios mambises?). Fue uno de esos extraños momentos en que
Santiago de Cuba volvía al primer plano nacional —el final de una
guerra, de todo un período histórico y el impetuoso nacimiento de un
nuevo imperio— para regresar después, como siempre, a la persistente y
malhadada interioridad.
Ya en la república, Santiago de Cuba vivió momentos políticos violentos,
como la matanza de alzados negros rendidos (unos 3000 según algunos
autores, pero algo menos para otros) en el sitio de Loma Colorada, cerca
del Morro, y en el cercano poblado del Caney (1912), colofón de la
denominada “guerrita de los negros o guerrita de las razas”. Después
Santiago vivió algunas acciones (pocas) contra el gobierno de Gerardo
Machado y luego un período de relativa calma —el político, orador y
demagogo santiaguero Eduardo Eddy Chibás Ribas (1907-1951), un hombre de
arengas inflamadas y actos epatantes, entre ellos el de su propia muerte
radiotransmitida, hizo toda su carrera en La Habana— que fue roto por el
general Fulgencio Batista y Zaldivar (1901-1973), oriental pero no
santiaguero, el 10 de marzo de 1952, generando un movimiento de
resistencia que, ahora sí, involucró de forma importante a una parte de
la población de Santiago.
Este período, el de la insurgencia contra Batista, ha sido, casi con
seguridad, el más promocionado de la historia rebelde de la ciudad (el
tópico: “Rebelde ayer, hospitalaria hoy, heroica siempre”, ha hecho
cierta fortuna). Comenzó con el asalto fallido al Cuartel Guillermón
Moncada, en plena ciudad, por un grupo de jóvenes, muy pocos de ellos
santiagueros, asalto que proyectó a Fidel Castro al primer plano de la
política cubana (una vez más Santiago trabajó para “el inglés” como
suele decirse en Cuba), y luego continuó con una feroz lucha urbana,
actos terroristas, movimientos cívicos y alzamientos hasta la huida de
Cuba del dictador (primero de enero de 1959). No es necesario entrar en
detalles de esta fase de la historia, por demás de sobra conocida (¿será
verdad que es tan conocida?), pero lo cierto es que de Santiago de Cuba
salieron una serie de revolucionarios (pistoleros dirían otros) que
tuvieron mucho que ver con el triunfo de Fidel Castro, otro oriental no
santiaguero, en 1959, y que luego tuvieron también mucho que ver con el
mantenimiento y radicalización de la revolución, y también, claro que
sí, con el enfrentamiento armado a la misma.
Fue este —enero-febrero de 1959— el momento culminante de la gloria de
la ciudad y la última vez en que los sueños de capitalidad aparecieron
fugazmente (un tema casi desconocido hoy en día y que merece, eso
creemos, ser investigado).

Source: Añejas polémicas cubanas: el Palacio Municipal de Santiago de
Cuba (I) – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/anejas-polemicas-cubanas-el-palacio-municipal-de-santiago-de-cuba-i-327339

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