Cuban agriculture
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El hambre es cosa fea

El hambre es cosa fea
CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se
podría catalogar de “memorias de la revolución”
Eloy A. González, Fort Worth | 08/12/2016 12:06 pm

Hoy voy a escribir sobre el hambre. ¿Qué es esto y por qué? El hambre
precisamente es la sensación que indica la necesidad de alimento. El que
escribió esta exacta y breve definición en nada ha conocido del hambre.
¿Y por qué traer este tema? Ayer leía una noticia sobre el Chad, un país
árido y paupérrimo del norte de África donde las mujeres salen en la
mañana a procurar los alimentos para sus hijos y buscan con destreza y
afanosas los hormigueros que están debajo de las baldías arenas del
desierto. Cuando los encuentran, escarban de manera meticulosa evitando
perder aquello que de manera tan laboriosa las hormigas han almacenado.
Se trata de unos dos kilogramos de granos, que les pertenecen a las
hormigas, pero que ellas toman para macerar y mezclar con agua y aceite,
si es que tienen aceite, y con eso alimentan a sus hijos.
“El hambre es cosa fea, sí que lo es”. Repetía aquel campesino con el
que compartí más de una jornada en el desbroce de un cafetal que
intentábamos recuperar. “Juan Calandria” cada día tomaba como referencia
una frase para ir sentenciando una y otra vez y sustentar sus escasos,
pero sabios argumentos. “El hambre es cosa fea” decía. Eso sí, a él
había que verlo dando cuenta de un plato de ajiaco. Cercano al medio
día, cuando apenas si habíamos despejado un par de yardas, el miraba al
sol y decía: “Está haciendo hambre”. Entonces hacíamos un alto en el
trabajo para comer, si es que para aquel acto se podía usar tal apelativo.
Tener hambre es la cosa primera que se aprende. En la Cuba de los años
60 más de una vez vi de cerca el hambre, pero fue precisamente en el
primer año de estudios de Medicina y en aquel fin de semana de trabajo
“voluntario” que llegué a comprender lo compleja que es la sensación de
hambre.
Habíamos llegado al campamento el mismo viernes; antes en la Escuela de
Medicina nos había dado una “merienda fuerte” que consistió en unas
galletas, pastas en salsa de mayonesa y un refresco que le llamábamos
“la guaripolita”. Así que llegando y a trabajar unas horas
acondicionando el Campamento. En la mañana del sábado comenzamos el
trabajo fuerte en el campo a la espera de que llegara el desayuno a pie
de surco. Nada. Seguimos las labores, aquello se trataba de una tarea de
la Revolución y nosotros, pues “éramos hombres de Patria o Muerte”. Pero
en algún alto del trabajo preguntábamos por la comida que no llegaba,
pasada las horas del medio día no llegó nada y se dio la orden de
regresar al campamento.
Un hombre con hambre es un a hombre agotado, aunque se dice “enojado”, y
allí éramos cerca de medio centenar de hombres agotados, sudorosos y
enojados a la espera de algo con que mitigar las casi 24 horas de
obligado ayuno. Fue entonces que ocurrió “el milagro de los panes y el
azúcar”. Alguien acarreó un sucio saco de azúcar prieta donde había
apenas unas 10 libras en el fondo. Todos se abalanzaron sobre el saco y
alcancé a coger un puñado de azúcar que puse rápido en el jarro de
aluminio y diluí con el agua que sí estaba disponible. No apuré la
solución, la puse cerca de mi mochila. Unos minutos después otro
empleado del campamento llegó con una caja de cartón con panes, apenas
alcanzaba para dos docenas de personas; alguien golpeó la caja que salió
por el aire con los panes. Por un momento llegué a creer que los panes,
que se hicieron voladores, descendieron multiplicados y uno de ellos
cayó tan cerca como para alcanzarlo de inmediato y correr para evitar la
“arrebatiña”. Eran panes elaborados hacía varios días, algunos duros y
mohosos, pero eran un manjar delicioso dada las circunstancias. Bien se
dice que “a buena hambre no hay pan duro”, pero allí estaba el jarrito
de agua con azúcar para suavizarlo. Nadie puede ser sensato con el
estómago vacío, pero aquella tarde alguien dio la orden de regresar a La
Habana, seguro que había comido.
Durante los días de la Zafra del 70, estaba en la parte oriental de la
Isla, en aquel campamento, “Las 44”, de unos 180 hombres dispuestos a la
dura labor del corte de caña; más de una vez vi el hambre en aquellos
rostros curtidos por el trabajo y tiznados en los campos de caña
quemada. Llegaban al comedor para muchas veces no encontrar apenas
alimentos. El fornido cocinero con quien compartía horas de conversación
viajaba hasta el pueblo más cercano a buscar los huesos en el Matadero;
con esos huesos grandes y blancos, carentes de carne pero si con
tendones y grasa, hacia un abundante cocido humeante y negruzco al que
agregaba, si tenía, algunas viandas, arroz y agua una y otra vez a
medida que iban llegando los cortadores desde el campo. Se vencía así el
hambre con aquel caldo gris y algunas galletas ranciosas que aún
quedaban en los escasos sacos del almacén. Formábamos parte del
Contingente Lenin, y con este nombre, sí el del “viejito que inventó del
hambre”, nuestro contingente estaba preparado para los más grandes
sacrificios.
Desde esos días hay más de una anécdota que nos hace recordar los días
del mal llamado “Periodo Especial en tiempo de Paz”, esto en los 90; que
dejaré para próximas entregas o para sazonar alguno que otro artículo,
de esos que salen como así.
También hay barrigas satisfechas, al menos así creemos. Viviendo en el
país del bienestar, encantándonos con esto de la comida al alcance,
variada y abundante y de la comida que aquí llaman “chatarra”. Es bueno
saber que el hambre se hace distante. Saciado lucho yo, parafraseando al
poeta español que bien dice: “hambrientamente lucho yo”. Prueben a
brindarle a las mujeres “hormigueras” del Chad esto que aquí llamamos
con desdén “comida chatarra”.
Desde que rompe el día acompañamos los primeros pensamientos con una
humeante y escasa pero fuerte taza de café negro y aromático, al que
sigue el cereal que es casi ceremonia de avena y miel. Secuencia de
alimentos unos saludables y otros menos, que termina en la noche con una
manzana rebanada con deleite e ingerida despacio. No, no hay hambre, esa
cosa fea.
Hace unos años encontrándome en una ciudad de la frontera sur, ciudad de
contrastado bienestar, y a la espera de una invitación para comer en un
conocido restaurante; justo cuando esperaba en aquel estrecho, pero
agradable salón de espera, una mujer en los 50 llegó hasta mí para
pedirme dinero para comer. Estaba en la frontera sin dinero, deportada y
con hambre. “No tengo”, le dije, y se dio media vuelta para caminar por
el espacioso parqueo.
Tenía en mi bolsillo unos 150 pesos, no mucho pero sí suficiente para
mitigar el hambre, así que corrí detrás de ella y logré alcanzarla casi
cruzando la calle y le entregué el dinero que llevaba. Regresé al
restaurante donde di cuenta de un abundante plato de tostadas, fajitas
humeantes guarnecidas de cebollas, frijoles refritos, arroz, guacamole y
una jarra de agua de Jamaica. Tuve una buena digestión.

Source: El hambre es cosa fea – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-hambre-es-cosa-fea-327980

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