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El año que se conoció la esperanza en Cuba

El año que se conoció la esperanza en Cuba
30 de diciembre de 2016 – 21:12 – Por IVÁN GARCÍA

El 2016 estuvo marcado por la visita del presidente de EEUU y la
esperada desaparición física del dictador, aunque ninguno de estos
sucesos cambió la vida de los cubanos

LA HABANA.- Una lluvia primaveral con ligeras rachas de viento caía en
La Habana metropolitana el domingo 20 de marzo, cuando a las 4 y media
de la tarde aterrizaba en la terminal uno del Aeropuerto José Martí, el
Air Force One que conducía al presidente Barack Obama a uno de los
últimos reductos del comunismo mundial.

Mientras un agente del Servicio Secreto le abría el paraguas a Obama
para que al pie de la escalerilla del avión saludara al canciller
cubano, Bruno Rodríguez, en Miramar, al oeste de La Habana, dos horas
antes, agentes de la Seguridad del Estado habían reprimido ferozmente a
un grupo de 40 mujeres y dos decenas de hombres que reclamaban
democracia y libertad para los presos políticos.

El movimiento disidente Damas de Blanco fue trascendental en las
calculadas reformas políticas de la autocracia verde olivo de cara a la
galería internacional.

Raúl Castro, gobernante designado a dedo en el verano de 2006 por su
hermano Fidel, quitó lastre a la escalada de violencia, y en
negociaciones a tres bandas con el canciller español Miguel Ángel
Moratinos y la Iglesia Católica cubana, liberó a 75 disidentes y envió
al destierro a la mayoría en 2010.

Castro II cambió las reglas del juego. El modus operandi represivo del
régimen comenzó aplicar detenciones breves y aumentó de manera
preocupante las palizas, amenazas de muerte y ofensas verbales a los
opositores.

La tarde en que La Bestia (auto presidencial estadounidense) rodaba
rumbo a La Habana Vieja, donde Obama cenaría con su familia en un
restaurante privado, el régimen enviaba un mensaje de ida y vuelta a
Washington: las reformas -si se le pueden llamar reformas- se harían a
la velocidad y conveniencia del Palacio de la Revolución, no de la Casa
Blanca.

El 17 de diciembre de 2014, Castro y Obama decidieron restablecer
relaciones diplomáticas y darle una vuelta de timón a las anacrónicas
políticas de Guerra Fría.

La estrategia de Obama resultó indescifrable para los talibanes del
castrismo. No amenazó con desplegar cañoneras, ni subvertir el estado de
cosas.

En su memorable discurso en el Gran Teatro de La Habana, el 22 de marzo,
simplemente ofreció cosas que la mayoría de los cubanos desean y, desde
luego, no renunció a las doctrinas que sostienen a la democracia
estadounidense: refrendar negocios privados y derechos políticos.

Obama dijo lo que pensaba mirándole a los ojos a Castro, apoltronado en
una butaca del segundo balcón del teatro y rodeado de la junta militar
que administra a Cuba desde hace casi 60 años.

Las 48 horas de su visita estremecieron La Habana. Ni las fuertes
medidas de seguridad ni la estrategia de Partido Comunista de minimizar
el impacto del discurso de Obama impidieron el agasajo de manera
espontánea de un segmento del pueblo habanero, que saludaba al
mandatario por dondequiera que transitaba el “Cadillac One”.

Pero las reacciones oficiales a la visita no se hicieron esperar. Fidel
Castro, retirado del poder, enfermo y esperando la muerte en su complejo
residencial de Punto Cero, opinó que la mano extendida de Obama era un
caramelo envenenado.

La maquinaria propagandística del régimen comenzó a carburar. Y algunas
señales de retroceso en materia económica contra intermediarios y
vendedores privados de productos agrícolas, a principios de enero, se
reforzaron en los meses siguientes.

La visita de Obama atrincheró al núcleo duro del totalitarismo criollo.
Se cerraron en banda, regresaron al gastado lenguaje soviético y a
“Castro I” empezaron a rendirle un culto a la personalidad calcado de un
manual norcoreano.

Se suponía que el arribo del Presidente estadounidense a La Habana sería
el acontecimiento del año 2016 en Cuba. Pero a las 10:29 p.m. del 25 de
noviembre, según el Gobierno, fallecía Fidel Castro.

Su deceso no fue una sorpresa. Con 90 años y diversos achaques, la
muerte del dictador era inminente. Para bien o para mal, Castro situó a
Cuba en el mapa político mundial, confrontando con sus estrategias de
subversión a Estados Unidos.

Su revolución fue más política que económica. Nunca pudo erigir una
economía robusta y la arquitectura y fábricas textiles durante su
extenso mandato solo produjeron chapuzas y mal gusto. Cualquier persona
razonable debiera analizar los beneficios y perjuicios del régimen de
Castro: soberanía y encendido nacionalismo barato; división de las
familias; polarización de la sociedad y crueldad con sus enemigos y la
oposición local.

La agricultura decreció, enterró la industria azucarera y es difícil
encontrar un renglón del sector económico, deportivo o social que no
haya ido en picada. No hubo honestidad política para reconocer sus
fracasos. Por el contrario, el régimen se atrincheró en lo que mejor
sabe hacer: odas, panegíricos e intentar escribir con letras góticas las
cantinfladas.

El 2016 fue el año del aparato diplomático de Raúl Castro, lo más
sobresaliente en su década como gobernante. En el último lustro han
cosechado éxitos. Las negociaciones secretas para el restablecimiento de
relaciones entre Washington y La Habana; la intermediación de la paz en
Colombia y con la Iglesia Católica de Roma y la Ortodoxa de Rusia; la
condonación de deudas financieras y la negociación de un nuevo trato con
el Club de Paris. Además, lograron dinamitar la Posición Común de la
Unión Europea. Esos fueron triunfos inobjetables de los asesores de
Castro en relaciones internacionales.

Pero esos mismos asesores equivocaron su estrategia frente a EEUU. Al
igual que le ocurrió a los medios y encuestadores estadounidenses, no
supieron discernir el fenómeno Donald Trump. Puede que ahora lamenten no
haber avanzado lo suficiente durante el mandato de Obama.

Trump es impredecible. Lo mismo deroga los acuerdos alcanzados con
Estados Unidos que logra concertar uno mejor. Pero algo le queda claro
al régimen: para negociar beneficios tiene que hacer concesiones. Se
acabaron los regalos.

En 2016 hubo mucho más. Mick Jagger desplegó su insólita energía física
en un megaconcierto de los Rolling Stones en La Habana; se filmaron
escenas de la película Rápido y Furioso en la capital cubana y casi
todos los días aterrizaba un famoso en la isla.

En mayo, Chanel ofreció en el Paseo del Prado un desfile de alta costura
en un país donde la mayoría de sus habitantes ganan 25 dólares mensuales
y no todos pueden ver a esas modelos en revistas de moda.

Comenzaron a arribar los cruceros desde Miami y se establecieron los
vuelos regulares desde EEUU. Los intercambios culturales y académicos
superaron los los 1.200 y el cruce de visitas de los pesos pesados de
ambos gobiernos fue numeroso.

Los encuentros y negociaciones han sido constantes. Igual que la
represión. Según la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación
Nacional, en el mes de noviembre se produjeron 359 detenciones
arbitrarias de disidentes, activistas y periodistas independientes.

La distención no acaba de aterrizar en la mesa del cubano. Continúan
desabastecidos los mercados; dos comidas diarias sigue siendo un lujo y
navegar una hora por internet equivale a una jornada y media de trabajo
de un profesional.

El 2017 será un año clave. En la Casa Blanca ya no estará Obama, el
conciliador. Pero en Cuba tampoco estará Castro, el viejo dictador.

Source: El año que se conoció la esperanza en Cuba | Cuba –
www.diariolasamericas.com/america-latina/el-ano-que-se-conocio-la-esperanza-cuba-n4111256

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