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Sociedad Económica de Amigos del País – lo que fue y lo que es. Y lo que deberá ser

Sociedad Económica de Amigos del País: lo que fue y lo que es. Y lo que
deberá ser
Hoy, la SEAP es la caricatura de lo que fue, pero también un posible
boceto de lo que podría volver a ser en otra situación política, social
y económica de la Isla
Alejandro González Acosta, Ciudad de México | 16/01/2017 9:38 am

La Real Sociedad Económica de Amigos del País fue una meritoria
iniciativa, concebida, realizada, proyectada e impulsada por un grupo de
los más notables pensadores ilustrados y preclaros empresarios en Cuba a
finales del siglo XVIII, comprometidos con el avance y progreso de la
industria y las ciencias, y con el bienestar de la Isla, cuando ésta
comenzaba a perfilarse como “la colonia más próspera del orbe”, gracias
a su posición estratégica dentro de las líneas del comercio mundial, la
fertilidad de su tierra, su clima benigno, su activa y laboriosa
población multirracial, y los productos —suntuarios o de primera
necesidad— que ofrecía, como el azúcar, el café y el tabaco, con una
amplia aceptación y demanda internacional.
Ya Cuba no era sólo un lugar de paso, el sitio de escala, reparación y
aprovisionamiento de la Gran Flota de Indias, sino se había transformado
en un crisol de empeñosos emigrantes que procuraban hacer fortuna, no
para regresar de inmediato a sus países de origen, sino para
establecerse y formar familias en el nuevo suelo: primero conquistadores
y luego colonos, ya se asumían como pobladores, y más tarde se
aceptarían a sí mismos como nativos y finalmente ciudadanos.
Constituida por Real Cédula de Carlos IV del 15 de diciembre de 1792, la
Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP)[1], en realidad provenía
del impulso reformador que su padre, Carlos III, “El Rey Organizador”,
promovió con sus llamadas “Reformas Borbónicas”, empero algo atenuado
por las limitaciones de una época temerosa de realizar demasiadas
innovaciones: muy cerca estaba aún el eco del terrible estallido de la
Revolución Francesa, y la sutil pero persistente labor renovadora de los
antiguos ministros Aranda[2], Floridablanca[3], Campomanes[4] y después
el fugaz Jovellanos[5], había sido contenida por la prudencia, pero
comenzaba a brillar un nuevo astro de la corte hispana: el valido José
Godoy, Príncipe de la Paz, quien, según rumoraban sus enemigos, por
servir mejor a su rey, se puso a la entera disposición de la reina… Pero
como además de sus otras prendas era un político hábil y de genuino
talante liberal, apoyó fuertemente a las Sociedades Patrióticas desde su
puesto como “Ministro Universal”, cargo al que fue designado en
noviembre de 1792. La Sociedad de Amigos del País de La Habana fue una
de las primeras que apadrinó decidida y determinantemente.
Con una rapidez llamativa, pocos días después de su ratificación real
(aunque el proceso venía desde unos meses antes), el 9 de enero de 1793
(hermoso regalo del Día de Reyes, tres días antes), se realizaba la
primera sesión para el establecimiento de la SEAP, presidida por el
propio Gobernador y Capitán General (1790-1796) Don Luis de las Casas y
Arragorri (1745-1800) en un Salón del Palacio de Gobierno, quien, para
simbolizar el Patronato Real representado en su persona, recibió los
títulos de Primer Presidente de Honor y Socio Protector del Cuerpo
Patriótico. En la nómina de los 27 Padres Fundadores se registraron
entre otros magnates y notables, el sacerdote y filósofo José Agustín
Caballero (1762-1835), el abogado y economista Francisco de Arango y
Parreño (1763-1837), el Alcalde de La Habana Francisco José Basabe y
Cárdenas, el hacendado y editor Juan Manuel O’Farrill y Herrera
(1756-1825), el propietario y hacendado Ignacio Montalvo y Ambulodi
(1748-1795), Primer Conde de Casa Montalvo (1779), el periodista Diego
de la Barrera (1746-1802), el astrónomo gallego Antonio Robredo
(¿?-1830), el médico Tomás Romay (1764-1849), y quien fue su primer
Director, el religioso Luis Ignacio de Peñalver y Cárdenas (1749-1810),
primero Obispo de Nueva Orleans (1795) y luego Arzobispo de Guatemala
(1801). Como puede comprobarse, la composición profesional era diversa,
pero todos eran hombres maduros y con buena formación, y sus edades
oscilaban entre los 30 y los 55 años: estaban preparados, eran activos y
se encontraban dispuestos. Ellos sabían, podían, y querían hacer.
Existían muchos vínculos de parentesco entre estos fundadores, y,
además, varios de ellos tenían un origen común vasco, especialmente del
partido comarcal de Vergara, lo cual explica la influencia directa que
en la habanera tuvo la Sociedad Bascongada de Amigos del País (fundada
en 1772), que le sirvió muy posiblemente de antecedente e inspiración,
pues además, tomando su ejemplo, en 1775 se fundó tres años después la
Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, iniciativa que el
ministro Campomanes procuró extender de inmediato a todas las provincias
españolas, de la Península primero, y de Ultramar después. A su vez,
esta antepasada brotó del ejemplo trazado por el grupo tertuliano
llamado “Los Caballeritos de Azcoitia” (1748), también un conjunto de
esforzados notables ilustrados vascos.
Este poderoso sentido tribal de los vascos, se condensó en varias obras
palpables por todo el mundo hispánico, como también lo fue el Colegio de
Vizcaínas de la Ciudad de México, consagrado a proveer educación y dotes
a las doncellas pobres para, como dijeron “que no hubiese mujeres vascas
en la miseria y la mendicidad”. En México, curiosamente, no hubo una
Sociedad de Amigos como tal con fuerza propia, pero muchos novohispanos
se adhirieron como miembros eminentes de las entidades vascas
directamente, como Socios Honorarios.
Quizá, en el caso de la SEAP habanera, aunque muchos eran familiares, no
fueran necesariamente amigos todos entre ellos, pero tampoco se
proclamaban como tales, sino del país, con un fin superior que los
juntaba en una lógica positiva: el progreso del país iba emparejado con
el provecho propio. En la medida que mejorara aquel, ellos estarían
mejor. Y apelaron a todas las sutilezas y gestos persuasivos que los
llevaran a triunfar en este propósito: se dice que la carta firmada con
el seudónimo “El Amante del Papel Periódico de La Havana” aparecida un
tiempo antes en esa misma publicación, el 4 de septiembre de 1791, donde
se sugería la conveniencia de crear tal Sociedad, fue enviada al propio
Gobernador Don Luis de las Casas, acompañada del obsequio de un ingenio
azucarero, comprado entre varios de los después socios, como un decisivo
argumento de persuasión.
Aunque tuvo un referente anterior con la Sociedad de Amigos del País de
Santiago de Cuba, establecida en 1787, fue la habanera la que en gran
parte impulsó la creación de una red de entidades afines por toda la
Isla, como las sedes que se distribuyeron por Puerto Príncipe
(Camagüey), Trinidad, Cárdenas, Cienfuegos, Remedios, Sancti Spíritus y
Matanzas; es decir, las ciudades con mayor empuje productivo e intereses
culturales, formaron un tejido que cubría los puntos más interesantes de
la colonia caribeña y demostraban su interés para participar activamente
en la vida nacional. Más que filiales o corresponsalías, cada una de
ellas tenía sus propios fines e intereses, adecuados a sus circunstancias.
La Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) fue la hija cubana de la
tardía ilustración española, que a su vez heredó la práctica proveniente
de otras cortes europeas como la inglesa, la francesa y las de algunos
principados autónomos alemanes. El origen de todas se encuentra en las
tertulias de los espíritus más avanzados e inquietos del siglo XVIII,
pero también se remite igualmente a las acreditadas y consolidadas
agrupaciones de comerciantes y artesanos de los Países Bajos, antiguos
miembros de la Liga Hanseática (1358), así como el espíritu de los
gremios medievales y las loggias de las ciudades-estados italianas del
Renacimiento: heredaban de todos estos antecedentes su decidido y
empeñoso “espíritu corporativo”, así como muchas de sus reglas y métodos
de operación. Era una eficaz combinación del incipiente sentido
especulativo burgués con el consolidado prestigio benefactor
aristocrático: el interés y el honor, unidos en una causa común de
compromiso social y nacional. Aquellas comunas itálicas heredaban a su
vez el sentido de la stoa griega, y tal parece que 155 años después de
fundada la Sociedad, cuando los arquitectos Félix Cabarrocas Ayala
(1887-1961) y Evelio Govantes Fuertes (1886-1981), de la célebre firma
“Govantes y Cabarrocas”, construyen la sede de la SEAP habanera en 1946,
hacen un cortés homenaje a este remoto origen con el breve peristilo del
edificio que hoy lo identifica.
Esta asociación criolla condensó los brillos del Iluminismo tropical, y
fue un incipiente anuncio del liberalismo insular, que alcanzaría su más
amplia y contundente expresión el siglo siguiente. En términos
contemporáneos, podría decirse que fue uno de los primeros intentos de
agrupación de lo que hoy se llama “sociedad civil”, una suerte de
“organización no gubernamental” ilustrada, aunque esto último sólo debe
asumirse de manera muy aproximada, pues en realidad varios funcionarios
oficiales formaron —conveniente e inevitablemente— parte de ella.
Se conoció al inicio como Sociedad Patriótica de la Havana (1793-1795) y
con otras diversas denominaciones bajo distintas variantes más o menos
sustanciales, hasta que, en 1899, con el fin de la dominación española,
se designó finalmente como Sociedad Económica de Amigos del País de La
Habana. No fue un gesto gratuito que, en 1892, desde su periódico
Patria y al reseñar el ingreso en la SEAP del intelectual cubano negro
Juan Gualberto Gómez, el propio José Martí la considerara “la más alta y
meritoria de las sociedades de Cuba”, y añadiera que era “la casa
ilustre donde han tenido asiento los hijos más sagaces y útiles de Cuba”.
Fue quizá la única institución no cultural, profesional o religiosa, que
sobrevivió a la colonia y duró durante toda la República, hasta que en
1962 fue intervenida y clausurada por el llamado Gobierno
Revolucionario. Sin embargo, después de 32 años de clausurada, proscrita
y confiscada, se ha pretendido resucitar a partir de 1994, pero sobre
bases muy distintas y hasta contradictorias con sus genuinos orígenes.
Las Memorias de la Sociedad, donde se daba cuenta de los trabajos
realizados por la misma, así como de los propósitos y proyectos que la
ocupaban, comenzaron a publicarse desde 1793 (año muy importante en
Europa, especialmente en Francia, cuando se guillotina al depuesto rey
Luis XVI), y luego se editaron en varias series durante toda su dilatada
existencia.
La reescritura oficial de la historia cubana, maquillada y disfrazada,
oculta —o al menos, trata— la decisiva participación de dos presidentes
cubanos electos democráticamente para apoyar a la SEAP y concederle una
sede digna de ella, adecuada con sus principios y propósitos, sin pedir
a cambio la sumisión ni la pleitesía de sus miembros: Fulgencio Batista
Zaldívar y Ramón Grau San Martín. Y los principales promotores de esta
gestión fueron otros dos intelectuales también borrados durante muchos
años de la historia oficial: los historiadores —y entonces senadores de
la República— Jorge Mañach Robato (1898-1961) y Emeterio Santovenia
Echaide (1889-1968), ambos después fallecidos en el exilio.
Una de las acciones fundacionales de la SEAP fue establecer su sede
social y con especial desvelo su biblioteca, la primera con carácter
público en el país, (hoy muy abandonada y en situación precaria), en la
casa del socio fundador quien la brindó para ese objeto, el astrónomo
gallego Antonio Robredo, ubicada en la calle de Oficios Nº 90, en la
Habana Vieja. Luego se trasladó provisionalmente al Claustro del
Convento de Santo Domingo, donde funcionaba la Universidad de San
Jerónimo, ya entre estertores, y después al Convento de San Francisco,
en la Avenida del Puerto. Finalmente, el 6 de julio de 1856 se
estableció en la Calle de Dragones Nº 62 (más tarde, Nº 308 al ampliarse
la calle), cerca de la Plaza del Vapor, en el segundo piso, pues la
planta baja estaba ocupada por la Academia de Bellas Artes de San
Alejandro (nacida en 1818 como Academia Gratuita de Pintura y Dibujo de
La Habana, rebautizada en 1832 en homenaje al Intendente Alejandro
Ramírez, y al año siguiente adscrita a la Real Academia de Bellas Artes
de San Fernando). El hecho de cambiarse hacia la Habana Extramuros ya
indicaba una nueva etapa en su devenir. Allí estuvo casi un siglo, hasta
que el 9 de enero de 1947 fue reinaugurada en la sede que aún ocupa en
la Avenida de Carlos III, la cual han llamado inútilmente “Salvador
Allende”, pues todos la conocen por su nombre original.
Durante su primer Gobierno constitucional, Fulgencio Batista Zaldívar,
receptivo a las solicitudes presentadas por los miembros de la SEAP,
decidió favorecerla con un Sorteo de la Lotería Nacional —dedicada a
financiar causas de utilidad pública, como la Beneficencia de Expósitos—
en 1943, donde se obtuvieron 59.850 pesos (con paridad al dólar
entonces), los cuales resultaron insuficientes para la dimensión que
alcanzó el proyecto; tres años más tarde, el presidente siguiente, Ramón
Grau San Martín, en 1946, otorgó 131.098 pesos (“con 42 centavos”) para
terminar la obra, lo cual permite su culminación. Los gobiernos
posteriores (el de Carlos Prío Socarrás y el propio Batista, de nuevo)
dispensaron a la SEAP su apoyo y simpatía mediante diversos medios. Sin
embargo, nunca se le exigió a sus miembros y directivos que se afiliaran
a partido alguno, ni que se comprometieran con un credo político,
respetando su autonomía y gestión como auténtica organización civil: la
diversidad profesional e ideológica continuó siendo un rasgo esencial de
la corporación.
La SEAP fue clausurada por el régimen actual en 1962, y se trató de
“resucitar” en 1994. Lo absurdo y grotesco es que hoy la SEAP resulta la
mejor negación puntual de su nombre original, pues no es “Sociedad”,
sino institución de Gobierno (aunque lo nieguen, basta ver la nómina de
“miembros”); ni es “Económica” (porque sus integrantes no pueden, ni
quieren, ni saben incidir en la vida económica del país, donde no hay
libertad para proponer ni hacer nada que sea distinto a la política
única de monopartido y uniguía); ni es de “Amigos”, sino de súbditos,
como fieles funcionarios y burócratas culturales, y mucho menos responde
al “País” sino a un Partido, el Comunista o lo que sea eso que está
allí, que “no es chicha ni limoná”.
Sería patético y hasta risible si no fuera para llorar, pues es
realmente lamentable el estado de esa “Sociedad” así como del país del
que dice ser su amigo. Su valiosa biblioteca se está perdiendo por
carencia de los más elementales cuidados, haciendo peligrar colecciones
históricas como las de José María Chacón y Calvo, Fernando Ortiz,
Nicolás Guillén, Camila Henríquez Ureña y la Familia Borrero, entre otras.
La de la SEAP no sólo fue la primera biblioteca pública en la historia
de la isla, sino también fue el origen y asiento de la primera
Asociación Cubana de Bibliotecarios (1948). Recuerdo con melancolía su
grata sala de lectura: amplia y de altos techos, bien iluminada y
ventilada por los ventanales que ocupaban todo un costado de la misma
(que colindaba con la estrambótica mansión del millonario Alfredo
Hornedo), con espaciosas mesas de cubiertas inclinadas que facilitaban
la lectura de los grandes volúmenes, y sus lámparas con luz indirecta
para cuando ya el día comenzaba a oscurecer. Los mullidos y cómodos
asientos originales estaban hechos para lectores de fondo. Sus puntuales
y amables empleados, solícitos y amistosos, siempre estaban bien
dispuestos para encontrar y ofrecer el material solicitado. Y desde la
franja superior de las paredes que formaban el salón, los rostros de los
próceres benefactores observaban con mirada severa pero simpática, a los
lectores de siglos después, en un nutrido y armonioso conjunto. Era una
valiosa colección de retratos que formaban la “Galería de los
Forjadores” (a los cuales Emeterio Santovenia dedicó un precioso
tomito[6]), realizados por el gran pintor Esteban Valderrama, Director
de la Academia de San Alejandro. Ellos representaban lo mejor del
pensamiento cubano desde el siglo XVIII, pero ni aún su bien ganado
lugar en la historia los protegió de ser víctimas también de la censura
y de la nueva historia oficial: poco a poco se fueron clareando sus
filas, y resultaron “expurgados” por una nueva Inquisición Cubana, que
los condenó, en el mejor de los casos, al oscuro almacén, si no a la
destrucción, y ahora pueden verse con triste sorpresa los espacios
impúdicamente vacíos donde estuvieron, pues no han tenido ni la
delicadeza o el tino de reacomodarlos, o siquiera sustituirlos por
otros, sino todo lo contrario, como declarando con cinismo que han
alterado la historia, y no les preocupa a los fiscales ideológicos dejar
las huellas de su miserable trabajo de verdugos, como advertencia para
los remisos e insumisos. Tal como se muestra hoy, los restos purgados de
la antigua Galería de forjadores es un monumento elocuente a la censura
y la represión que ellos ejercen en Cuba desde hace casi seis décadas.
Todavía en el ambiente evocado de esa biblioteca recuerdo la locuaz y
siempre divertida presencia del exiliado español republicano Francisco
Martínez Mota, “Motita”, hijo de un primo hermano de “Azorín” y esposo
de la entrañable poetisa Rafaela Chacón Nardi (elogiada por la parca
Gabriela Mistral), y de otros fantasmas del pasado, que daban una nota
especial y grata al lugar, aunque con sus sabrosas anécdotas dispersaran
la concentración e impidieran la lectura que uno iba a hacer. Hoy esa
desolada sala violada es una melancólica sobreviviente que también
espera un mejor futuro, cuando se repongan los retratos sustraídos al
sitio de honor que les corresponde en la memoria y la gratitud de los
cubanos.
En realidad, la SEAP fue una entidad paralela, formada por la “sociedad
civil”, según se dice ahora, por miembros ilustrados y solventes unida
en estrecha alianza, con una comunidad de intereses por promover la
prosperidad y el progreso material y espiritual de la Isla, mediante
programas no sólo económicos, sino culturales, científicos y
especialmente educativos, para complementar desde la expresión
organizada de la iniciativa privada, la acción oficial de los sucesivos
gobiernos: “Institución de Asistencia Social” se le llamaría hoy,
asépticamente. La SEAP fue también una madre fértil de instituciones, el
adelanto de un gran Ministerio de Fomento Nacional, formado a su vez por
una suma de entidades con objetivos muy específicos: en síntesis, una
coordinadora de voluntades y esfuerzos. E igualmente, una suerte de
conjunto de microministerios —de Educación, de Hacienda, de Agricultura,
de Salud— que desarrollaba su propio programa de beneficio, con un claro
sentido práctico en la búsqueda del ideal del “bien común”, y para un
“país” que ya empezaba a considerarse como una “patria”, en el tránsito
hegeliano de “nación en sí” a “nación para sí”. Por eso su inevitable
conflictividad, y de ahí su permanente estado de alerta, esperando el
golpe oficial, que no llegó nunca durante el mandato español, ni tampoco
durante la República, sino, precisamente, con la detallada destrucción
generalizada impuesta a partir de 1959, pues había que borrar
literalmente todas las obras, logros y triunfos del odioso pasado: el
nuevo poder ya no admitía ninguna competencia y menos oposición, pues
sólo había una verdad, emanada además de un individuo omnisciente,
omnipresente y omnipotente, e instrumentada por sus incondicionales lacayos.
Ante todo, la Sociedad original era una acción de la iniciativa privada,
en un Estado de respetuoso orden a la propiedad, que buscaba el
progreso, el bienestar y el mejoramiento humano, es decir, el bien
común. Lo de hoy es una superchería, una caricatura, una burla, que se
aloja, parasitariamente, en la concha del cadáver fosilizado de lo que
fue: vive de glorias ajenas. ¿Cuáles son las iniciativas sociales,
económicas, empresariales, financieras o industriales que realiza hoy
para justificar usar un nombre que no le corresponde?
También la SEAP fue la expresión de una utopía ilustrada, pero dentro de
una noción conviviente con el Gobierno y el status quo, que de inmediato
ofreció frutos: en abril del mismo año de su fundación se le traspasaba
a la corporación el Papel Periódico de La Habana (su órgano de prensa),
y apenas en junio establecía la biblioteca, su espacio natural de
proselitismo y dispersión de conocimientos, primero privada, pero al año
siguiente ya abierta para todos los lectores, como la primera pública en
la Isla.
Y de inmediato, “con prisa y sin pausa”, crearon las Escuelas de Química
y de Botánica, para un país agrícola y especialmente azucarero, dando
argumentos de peso para un pragmatismo nacionalista que generaría
riquezas y bienestar; en definitiva, progreso, esa palabra tan olvidada
por los cubanos desde hace tantos años.
Sus fundadores y seguidores tenían autoridad moral, no política.
Disfrutaban del prestigio de sus buenas obras y sus muchos servicios, no
del poder ni sus prebendas: servían, no se hacían servir. Impulsaron
como su primera gran campaña social, la vacunación, de tal suerte que
cuando entró a la bahía de La Habana la corbeta “María Pita” con la
“Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, el 26 de mayo de 1804,
comandada por Francisco Javier de Balmis, (uno de los capítulos más
gloriosos de la historia universal), resultaron agradablemente
sorprendidos y admirados porque desde el anterior mes de febrero ya Cuba
era territorio libre de la epidemia, gracias a la encomiable labor de
Tomás Romay y el decisivo respaldo de la Sociedad Económica de Amigos
del País.
También crearon diversas comisiones y otorgaron nutridos premios para
impulsar proyectos y fortalecer vocaciones; crearon el Jardín Botánico
(1817), y Juntas de Educación, Economía, Náutica, Dibujo y Obstetricia
(nótese la preclara y temprana inclusión de la mujer en sus
preocupaciones) y en 1818, pusieron al frente de la Academia Gratuita de
Pintura y Dibujo a Juan Bautista Vermay, distinguido discípulo de
Francisco de Goya. Todavía asombra la intensa y profusa actividad que
desempeñaron estos próceres en beneficio del país en muy poco tiempo.
Quizá los ayudó para ello encontrarse al margen de los trámites y trabas
burocráticas, pues eran empresarios expeditos y decididos, que no
pensaban en elecciones ni puestos.
Al tratar de resucitar en 1994 ese cadáver, ya no se levanta y anda,
como Lázaro, sino se arrastra patéticamente, usurpando un nombre que le
queda, necesaria e inevitablemente, muy grande. Y quizá no por falta de
posibles méritos ni presumibles buenas voluntades de algunos de sus
actuales “empleados” (ya no son “miembros”), sino porque la SEAP sólo
podía alcanzar su culminación —su raison d’etre— en las condiciones de
la libertad de pensamiento, acción y producción, donde el programa y
lema era “orden y progreso”, incentivo de la industria y el bienestar, y
no la sempiterna “conciencia revolucionaria”, el permanente “sacrificio”
y el cotidiano sometimiento. Hoy, la SEAP es la caricatura de lo que
fue, pero también un posible boceto de lo que podría volver a ser en
otra situación política, social y económica de la isla, pues sigue ahí,
soportando a una dinastía familiar como antes sobrevivió a los espadones
españoles, desde Tacón a Balmaceda, desde Vives a Martínez Campos, desde
Velázquez hasta Weyler. Prevalecerá. Tomará tiempo, pero se hará.
Bibliografía:
Max Henríquez Ureña, Panorama histórico de la literatura cubana. La
Habana, Ediciones Revolucionarias, 1967.
Homenaje a la Benemérita Sociedad Económica de Amigos del País de La
Habana. La Habana, Municipio de La Habana, 1936. 54 pp. Cuadernos de
Historia Habanera, Nº 4.
Diana Iznaga y Yolanda Vidal, “Apuntes para la historia de la Sociedad
Económica de Amigos del País de La Habana durante la época colonial”.
Revista de la BNJM, La Habana, Año 73, 3ª Época, Vol. XXIII, Nº 1,
Enero-Abril, 1981. pp. 153-174.
Leví Marrero, Cuba: economía y sociedad. Editorial San Juan (San Juan de
Puerto Rico)-Editorial Playor (Madrid), 1971-1992. 17 vols.
Carlos Martínez Sánchez, “Vida y espíritu de las Sociedad Económica de
Amigos del País”. Revista Bimestre Cubana. La Habana, 71: [5] – 21,
enero de 1956.
Rafael Montoro y Adrián del Valle, Compendio de la historia de la
Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana. La Habana, Imprenta
y Librería El Universo, 1930. 79 pp.
Fernando Ortiz Fernández, Recopilación para la historia de la Sociedad
Económica habanera. La Habana, Imprenta y Librería El Universo,
1929-1938. 5 vols.
Manuel Valdés Rodríguez, “La Sociedad Económica”. Cuba y América, La
Habana, 13 (29) [68] – 70, 1909.
Varios, Diccionario de la literatura cubana. La Habana, Instituto de
Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, 1980. 2 tomos.

[1] En realidad, tuvo varias denominaciones a través de la historia, con
cambios mayores o menores, pero en síntesis el apelativo fue
relativamente el mismo, y así es como resulta hoy más conocida.
[2] Pedro Pablo de Abarca y de Bolea (1719-1798), X Conde de Aranda.
[3] José Moñino y Redondo (1728-1808), I Conde de Floridablanca.
[4] Pedro Rodríguez de Campomanes y Pérez (1723-1802), I Conde de
Campomanes.
[5] Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez (1744-1811).
[6] Emeterio Santovenia, Galería de forjadores. La Habana, Banco de
Fomento Agrícola e Industrial de La Habana-Editorial Cenit, 1950.

Source: Sociedad Económica de Amigos del País: lo que fue y lo que es. Y
lo que deberá ser – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/sociedad-economica-de-amigos-del-pais-lo-que-fue-y-lo-que-es-y-lo-que-debera-ser-328363

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