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El calvario de “hacerse una casa” en el oriente de Cuba

El calvario de “hacerse una casa” en el oriente de Cuba
09 de febrero de 2017 – 13:02 – Por Jesús Jank Curbelo

Tras el paso del huracán Matthew, muchos habitantes de Maisí quedaron
sin casa. Esta es la historia de Juan, que con 80 años, trata de
levantarle un cuarto a su hija

Este reportaje fue publicado inicialmente en El Estornudo.

e llama Juan, tiene 80 años, y está en Maisí, Guantánamo, a fines de
noviembre, uniendo con soga unos tabiques grandes de madera para hacer
una casa. O “para levantarle un cuarto a mi hija, que desde que pasó (el
huracán) Matthew no tiene dónde estar.”

“Y ella no tiene esposo. Ella es solita.”

Juan Bautista Pileta Pileta tiene una hija de 58 años, un hijo de 60 que
está con él, levantando la casa, y un nieto de 40 que quería ser un
ingeniero agrónomo, pero ocupó los años cultivando en Maisí.

“A mi tía el Gobierno le aprobó una vivienda porque tuvo destrucción
total. Mientras, le estamos haciendo esto para que tenga donde estar con
sus cosas”, dice Adel González Pileta, el nieto de Juan.

“Esta casa tenía como cinco años de construida. Era de estructura
ligera, de fibro (fibrocemento), y todo eso el ciclón lo destruyó. La
madera era una madera mala, de palos blancos: una madera que se
deteriora cuando pasan los años.”

—¿Desde cuándo viven aquí ustedes?

—Nosotros somos de aquí. Yo vivo allá, mi hija vive aquí, y mi hijo vive
por allá arriba. Las casas todas están destruidas, ¿no?, pero esta la
destruyó total.

Juan tiene barbas y las manos duras. Y la casa ahora mismo es cuatro
palos puestos en las esquinas de un cuadrado dibujado en el suelo.

Adel: “A la casa mía le destruyó el techo, la viró, le rompió tablas; la
cocina y el piso también. Me dieron tejas negras (asbestocemento)… “

Juan: “Eso es para que nosotros nos camuflajeemos mientras… Porque esto
fue muy grande la destrucción que hubo. Y son muchas las casas. Entonces
están tratando de que uno tenga dónde encubrirse mientras llegan los
demás materiales.”

“Aquí quedó una casa que es de placa por allí, y una que hay más allá. Y
más ninguna.”

Adel: “Ahora hay viviendas que hay que demolerlas para después poder
enderezarlas, porque no se puede poner un techo sobre una vivienda
destruida.”

Llegar aquí es cruzar unos 200 metros de un trillito abierto en una loma.

La carretera que lleva a La Máquina (capital de Maisí) está lejísimo.

—¿Dónde fue que pasaron el ciclón?

Juan: “En una casa de placa por allá. Una casa grande, de cuatro
cuartos. Estábamos sentados todo el mundo.”

“Habíamos, no sé… Niños solamente había cuarenta y pico, menores de ocho
años.”

“Hombres había tres que estaban en la puerta principal, que estaba
clavada, y tres veces (el ciclón) intentó llevársela. Sí.”

Adel: “Habíamos puesto dos vigas para asegurar la puerta, para darle
potencia. Arrancó una de las vigas y hubo que hacerle fuerza, y
acomodarle sillones.”

Juan: “Y clavarla.”

Adel: “Las rachas de viento que golpeaban allí, si se hubiera tardado
media hora más, se hubieran llevado las persianas y todo. Y el agua
penetraba por debajo de la puerta.”

—Dicen que nunca hubo un ciclón tan feo como ese por aquí…

Juan: “No se puede comparar. Ninguno de estos (los hijos) existían
cuando el Lili. Yo sí. Yo viví toda la vida aquí. Y cuando el Lili
nosotros nos parábamos en cualquier alto ahí y se veía el yunque de
Baracoa. No había tantas casas ni tantos techos. Los que había eran de
guano.”

“Entonces mi papá y yo hicimos una brigada… porque quedó una casa, y la
de nosotros que la viró. Hicimos la brigada e íbamos desbaratando las
casas y armándolas de nuevo, mi papá y yo.”

—Y ahora están haciendo lo mismo…

Juan: “Ahora estamos haciendo lo mismo.”

Adel: “Nos estamos ayudando mutuamente ahí. Como el tiempo está tan
cabrón con la llovedera esa, el agua y qué sé yo, todo el mundo está
tratando de abrigarse; tratando las mismas familias de acoplarse ahí, de
ir resolviendo.”

Juan: “Ahora estamos a casa de la hija de mi hija, mira, que el ciclón
le llevó también el techo y todo. Lo que hubo fue que acomodarle las
tablas. Ahí habemos siete personas.”

Adel: “En la casa de placa estuvimos mientras hubo evacuación, tres días
creo que fueron; pero después cada cual tuvo que venir para su lugar.”

Juan: “Comida sí todo el mundo llevó un poco.”

Adel: “Y prácticamente había que comérsela cruda, porque la cocina no
estaba dentro de la casa. Era una cocina de madera afuera, y el viento
le tumbó tejas y fue terrible.”

Juan: “Y el ciclón se llevó casi todos los chivos. Algunos se salvaron.”

Adel: “Las gentes trataron de asegurar sus cosas. Lo material. Pero
muchas viviendas fueron arrancadas completas… El problema más grande
fueron las viviendas.”

Juan: “Y la vianda, compay.”

Adel: “Los cultivos sí fueron devastados. El café, la vianda, todo fue
abajo. Aquí se cultivaba mucho ñame, plátano, yuca… Ahora estamos
volviendo a sembrar cultivos de ciclo corto para ir sobrellevando más o
menos la situación; y más adelante, cuando haya buena producción, pues
seguir aportando al Gobierno y para nosotros subsistir.”

Juan: “Porque el café demora…”

Adel: “La mayoría de los terrenos se han hundido, y la mayoría de los
árboles grandes han destruido las plantaciones.”

“La agricultura hay que volverla a hacer. Pero nada, se sale adelante.”

—¿Y avanza esto que están haciendo aquí?

Juan: “Esto lo empezamos hoy. A mi hija le dieron una lona y cartón, e
intentamos cubrir el techo y los laterales. Las tablas sí son las que
quedaron de la vivienda, que no se partieron. Las tenemos ahí para
entonces forrar las paredes con las tablas esas y cubrir con la lona.
Los clavos son los mismos que tenía la casa.”

Adel: “De momento vamos a hacer un cuarto. Armamos el esqueleto, y
después le ponemos las tablas que quedaron, y terminamos con los
recursos que le han asignado a ella. Pero al techo hay que hacerle un
entable para poner el cartón.”

Juan: “Esto lo fuimos aprendiendo de la necesidad, de los problemas. No
hay mejor escuela que la vida. Yo de la vida he aprendido hasta a andar
en un radio.”

Adel: “Sí, sí, hay que aprender de todo. No es que será un trabajo
perfecto, pero bueno, hay que aprender.”

Juan: “Aquí uno da una idea y otro pone un palo. Porque hacer una casa
es algo grande, ya que esa persona no tiene dónde guardarse. Entonces
para uno es una buena impresión venir, y ponerle un lugar donde se pueda
controlar.”

Adel: “Se ve el cambio en la persona cuando ya tiene algo que dice:
bueno, estoy en lo mío. Se ve el cambio de espíritu, el deseo de vivir,
de salir adelante. Y eso llena a uno de tranquilidad.”

“Uno no puede estar durmiendo tranquilo sabiendo que hay alguien
mojándose. Y más si es alguien que es cercano a ti.”

Juan: “Y lo mismo que hacemos por un familiar lo hacemos por cualquiera.”

Juan tiene barbas y las manos duras.

Adel es seco, de cuerpo liviano.

Y esos palos clavados en el suelo después serán el techo de una mujer
que no se va a mojar.

FUENTE: EL ESTORNUDO

Source: El calvario de hacerse una casa en el oriente de Cuba | Cuba –
www.diariolasamericas.com/america-latina/el-calvario-hacerse-una-casa-el-oriente-cuba-n4114530

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